El PJ bonaerense y el dilema de Palacio

Por Agustín Alejandro Cesio

 

La reconstrucción de una fuerza política que perdió las últimas tres elecciones en una provincia en la que siempre fue mayoría, plantea muchos desafíos

 

Julio 13 de 2014. Estadio Maracaná de Río de Janeiro. El partido final por la Copa del Mundo realizada en el país vecino estaba con el score en cero. Minuto 6 del primer tiempo suplementario, antes del fatídico gol teutón marcado por Mario Götze que nos dejó sin mundial a los argentinos, en especial a una generación que vimos a Diego y a Kempes por You Tube.

Por la banda izquierda Marcos Rojo, desde tres cuartos de cancha, envió un centro pasado que el central alemán Matts Hummels no pudo despejar con la cabeza. La pelota le quedó a Rodrigo Palacio, que sorprendido por el yerro del alemán se aprestaba a definir el campeonato. La pelota se le fue larga luego de su parada de pecho. El arquero Manuel Neuer salió a taparle el arco con la inmensidad de su cuerpo pero con un movimiento de arquero de handball.

Seguramente Palacio estuvo ante un dilema en esa fracción de segundos en la que, desde el punto del penal, tuvo que escoger cómo debía definir la jugada, por arriba o por abajo.El resto lo conocemos: estiró la pierna con la timidez de alguien que está jugando un partido de entresemana con amigos y no quiere complicarse la vida con una lesión innecesaria. La pelota, luego de ser picada por encima del arquero, se fue besando el palo con la misma timidez con la que fue impulsada.

“¡Era por abajo!”, fue el legado hecho meme en redes que nos dejó aquel delantero que en Boca supo ser picante por los costados y luego hizo su camino en la Serie A italiana. Sin dudas, esta jugada lo hace formar parte de un grupo al que pertenecen Pedro Monzón y, porque no, Gonzalo Higuiaín.

El peronismo es oposición, fue el año pasado a una elección y comprobó que el 2015 no fue sólo un mal sueño. La primera derrota electoral de Cristina Kirchner género que quienes la acompañaron por mero tacticismo –ese fetiche de esta realpolitik edulcorada- en el armado de Unidad Ciudadana, por fuera de la estructura formal del justicialismo, retomasen la discusión sobre la renovación iniciada por el randazzismo.

En el año de los homenajes al ex gobernador, el imperativo en un peronismo“ conurbanizado” –Martín Rodríguez dixit- fue que había que “cafierizarse”. En parte por esto, y en parte porque de vez en cuando es necesario tirar a algún “mariscal de la derrota” por la ventana, una coalición de intendentes de la Primera y la Tercera sección electoral, cuyas principales figuras son Martín Insaurralde –de Lomas de Zamora- y Gustavo Menéndez –de Merlo-, desplazó a Fernando Espinoza de la conducción del PJ bonaerense.

En la maniobra concurrieron una serie de razones –un fenómeno siempre es multicausal-. Una de ellas es filosófica: en el justicialismo los roles dentro del movimiento tienen que ver con las responsabilidades institucionales. Además del hecho de que el territorio manda. En tiempos extraños ya que, más que ser oposición, existe un debate horizontalizado por la derrota, los argumentos del hoy diputado nacional se iban achicando. Y lo hacían más por las razones del orden de las intrigas: salvo Verónica Magario, todos los alcaldes le atribuyen responsabilidades en decisiones que consideraron, más que desatinadas, motivadas por intereses particulares.

“La mejor batalla es la que se gana sin ser librada”, repetían durante esos días en Merlo, una vez logrado el cogobierno entre las secciones aludidas que se materializó en la presidencia de Menéndez y la vicepresidencia de Fernando Gray (Esteban Echeverría), con enroque entre ambos. Si lo descripto fue el cierre del 2017, el comienzo del 2018 fueron las habituales fotos del peronismo veraniego, a cargo del merlense.

Fotos con Massa, con Bossio, venideras rondas de reuniones con gobernadores del tacticis
interior, revelan que lo acordado entre la nueva conducción bonaerense tiene que ver con la búsqueda de suturar la grieta que la ex presidenta introdujo al interior del movimiento que fundase Juan Perón, como condición necesaria –pero no suficiente- para delinear una oposición competitiva para alguno de los turnos electorales.

El peronismo enfrenta el dilema de Palacio en el punto del penal. ¿Sirven las fotos entre popes en la playa?  ¿O la labor pasa por unir a militantes y dirigentes intermedios antes que a los líderes? Las preguntas no son arbitrarias, sino más bien forman parte de la hoja de ruta de este proceso en el que se embarcó el peronismo en general, y el bonaerense en particular.

Existen indicios al respecto. Autopostulado puente entre la renovación cafierista y la actualmente mentada, Felipe Solá se ubica entre los que creen que la tarea es dar respuesta al segundo interrogante. Meses atrás conversó con Revista Zoomy dijo que hay un “sentimiento de unidad que asoma de abajo hacia arriba” en el peronismo y que a él le interesa que “crezca”, aunque no sabe cómo puede terminar el proceso.

También existen limitaciones objetivas, como la propensión a las intrigas palaciegas o el mal hábito de hablarle a la propia feligresía. Hay conciencia de ello. Quizás por esa razón este viernes al PJ bonaerense convocó a una cumbre en San Bernardo para discutir una postura más firme frente al gobierno.La idea es lograr algunos consensos, y que además éstos no sean precarios. Por lo que dejan trascender buscarán no engolosinarse con las fotos y marcar una posición sobre los temas de agenda.

En definitiva, esta discusión no puede entenderse escindida de lo que pasa a nivel nacional. Más bien es un condimento más, que vale tanto para el “intendentismo” como para Massa, Randazzo, Urtubey o De la Sota: están todos obligados a discutir con la horizontalidad a la que los obligó la derrota.

 

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