Piñera II

 

Por  Julio Burdman

En su segundo mandato, el presidente  de Chile buscará diferenciarse de la gestión anterior por la economía

 

Macri ya no está tan solo: en el marco de lo que algunos editorialistas gustan denominar como un “giro político en América del Sur”, asumió otro presidente de “centroderecha” que le ganó en las urnas a uno “progresista” (siempre se recomienda poner comillas a las etiquetas ideológicas). Fue el 11 de marzo pasado que Sebastián Piñera comenzó su segundo mandato presidencial.  Y lo hizo planteando la meta de llevar la tasa de crecimiento económico al 3,5% o 4% anual. La economía es su marco de diferenciación con la gestión precedente. De hecho, comienza revisando las cifras de crecimiento alcanzadas durante los años de Bachelet.

El diagnóstico es el de una “economía mediocre” heredada, y el nuevo mandatario se atribuye la misión de revertirla. Para ello, Piñera ha planteado un ajuste fiscal para llegar a déficit cero a finales de mandato; en las próximas semanas terminaría de presentar su estrategia fiscal.

El gabinete que asumió con Piñera tiene un formato políticamente equilibrado. Aún con dos tercios de varones y un tercio de mujeres, es más femenino que el su primera presidencia. De los 23 cargos, 12 son para los partidos que integran la coalición, y 11 para un mix de técnicos y “piñeristas”. De las doce carteras asignadas con criterio partidario, cinco corresponden a la UDI (Andrés Chadwick, Hernán Larraín, Isabel Plá, Marcela Cubillos, Felipe Ward), otras cinco a Renovación Nacional (Cecilia Pérez, Baldo Prokurica, Nicolás Mockenberg, Cristian Mockenberg, Alberto Espina) y dos a Evopoli (Gloria Hutt y Gonzalo Blumel); clasificamos así a quienes tienen cargos y actividad partidaria, o fueron legisladores nacionales de dichos partidos.

Entre los otros once, más allá de que tengan afinidades con algún partido o sector, la principal característica es que fueron seleccionados por Piñera por su perfil tecnocrático o confianza personal. Se destacan los “piñeristas” que colaboraron en el primer gobierno del actual presidente (2010-2014) como Felipe Larraín (Hacienda), el canciller Roberto Ampurero (diplomático, ex comunista), Alfredo Moreno (ahora en Desarrollo Social, y canciller del primer gobierno) o Juan Fontaine (ahora en Obras Públicas, antes en Economía). Algunos de los nuevos perfiles ministeriales provienen de los medios de comunicación.

Otra cosa que nos dice el nuevo gabinete es la intención de “desbacheletizar” algunas políticas públicas que están en el centro del debate. Sacar del medio a la “retroexcavadora” –tal como definió el bacheletismo al fin último de sustituir la herencia pinochetista por un nuevo modelo político-económico caracterizado por más servicios públicos estatales–. El economista de Harvard Felipe Larraín, designado otra vez al frente del Ministerio de Hacienda, ha sido un crítico duro de la política económica de Bachelet y busca revertir o enmendar la reforma tributaria de la ex presidenta, empezando por el impuesto a las empresas. En Educación se nombró a Gerardo Varela, con larga trayectoria en el sector privado y abiertamente contrario a la gratuidad de la educación (a que definió como “un derecho y un bien económico”.

Andrés Chadwick, nuevo ministro de Interior y Seguridad, de la UDI e interlocutor ante el Congreso (y primo de Piñera) tiene a su cargo desandar el proyecto de reforma constitucional (y de creación de una Convención a tal efecto) firmado por Bachelet cinco días antes del traspaso del poder. Sin embargo, al mismo tiempo que Piñera criticó públicamente la iniciativa y las “formas” de su predecesora, y declaró que la reforma “no es una prioridad”, Chadwick y Piñera formaron una comisión para analizar la reforma que está integrada por varios parlamentarios y ministros, y por ex colaboradores del presidente como Cristián Larroulet. El principio que guía a la comisión oficialista es el de la “evolución constitucional”, que incluye algunas redefiniciones sobre el rol del estado en la ley fundamental. Una de las cuestiones a monitorear del desempeño de Piñera a lo largo de este año es esta: ¿podrá retirar de la agenda pública todo lo que Bachelet puso allí (aunque no llegó a implementar)?

Uno de los primeros temas que puso Piñera sobre la agenda política es la demanda marítima boliviana. Se trata de un asunto de larguísima data, con improbables implicancias, pero Piñera eligió ponerlo en primer plano. El lunes 19 de marzo se realizaron los alegatos de Bolivia en La Haya, encabezados por el presidente Evo Morales, y Piñera convocó a los ministros de su gabinete y jefes parlamentarios a una reunión permanente en La Moneda; el miércoles 21 fue el turno de la delegación chilena. La cuestión boliviana siempre moviliza a la opinión pública chilena y hoy Piñera tiene un competidor por extrema derecha (José Antonio Kast, un nostálgico del pinochetismo) que lo exime de ocupar el lugar duro. Piñera siempre fue un moderado en materia de política exterior, pero el entorno regional que encuentra a la demanda que separa a ambos países ya no la solidaridad regional. De hecho, uno de los datos de este nuevo capítulo de la tensión chileno-boliviana es la ausencia de la región como amortiguadora de conflictos y

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