Merkel, cuarto capítulo

 

Por Tomás Múgica

 

Tras la trabajosa formación del Gobierno, la canciller teutona enfrenta grandes retos internos y externos

 

Una vieja solución para un nuevo problema. Una nueva versión de la Gran Coalición entre democristianos (CSU-CDU) y socialdemócratas (SPD), le permitió a Angela Merkel obtener su cuarto mandato consecutivo como canciller de Alemania. La candidatura de Merkel consiguió una mayoría ajustada: 364 votos sobre 709 miembros del Bundestag. Entre los 315 parlamentarios que votaron en contra se cuentan miembros de los partidos gobernantes (que entre sí suman 399 bancas).

La reedición de la Gran Coalición es una alianza de perdedores y un matrimonio por conveniencia, que llega tras seis meses de un impasse político poco habitual en la previsible política alemana. Alianza de perdedores porque, a pesar de ser ambos los partidos más votados en las elecciones de septiembre pasado, CDU-CSU (32,8%) y SPD (20,7%) realizaron su peor elección desde la creación de la RFA en 1949. En gran medida su pobre performance –especialmente en el caso de los democristianos– se explica por el ascenso de Alternativa por Alemania (AfD), una formación de derecha nacionalista xenófoba, que consiguió ingresar al Parlamento con el 13% de los votos y 94 bancas, y que tras el acuerdo entre democristianos y socialdemócratas se convierte en la principal fuerza de oposición. AfD capitalizó el rechazo de parte del electorado habitual de CSU-CDU a la decisión de Merkel de abrir el país a los refugiados de Oriente Medio.

Matrimonio por conveniencia porque la posibilidad de un nuevo gobierno –el tercero– conjunto entre las dos mayores formaciones políticas alemanas sólo surgió luego del fracaso de la alianza “Jamaica” (así llamada por los colores que identifican a los partidos participantes) entre el partido de Merkel, los liberales (FDP) y los Verdes. El proyecto original se hundió en noviembre pasado, cuando el FDP abandonó las negociaciones para formar gobierno, marcando diferencias con sus socios en cuestiones como el cambio climático y la política frente a los refugiados. La alternativa –si se quería evitar un gobierno de minoría o la convocatoria a nuevas elecciones– era convocar al renuente SPD, que tras la elección se había situado en un rol opositor, mientras descartaba cualquier posibilidad de formar parte del gobierno.

Merkel logró que cambiara de opinión, en base a concesiones importantes: una oferta de cargos en el gabinete inusualmente generosa para un socio minoritario –los socialdemócratas se quedan con los estratégicos ministerios de Finanzas, Relaciones Exteriores y Trabajo y Familia–, más incrementos importantes en los fondos destinados a políticas sociales y educativas. Si los democristianos de Merkel pagan con cargos y presupuesto (también con la pérdida de popularidad de la Canciller al interior de su propio partido), los socialdemócratas lo hacen con un activo más intangible y menos cuantificable, pero no menos valioso: su desdibujada identidad, difícil de reconfigurar mientras se gobierna con su adversario tradicional. Las bases socialdemócratas respaldaron el acuerdo con Merkel, en un referéndum celebrado en la primera semana de marzo; claro que sólo estaban habilitados para votar 463.000 militantes del partido, una cifra exigua comparada con los 47 millones de votantes que participaron de la última elección general, o los 9.5 que votaron por el SPD. El acuerdo entre ambas fuerzas –que entusiasma poco a la opinión pública– se plasmó en un documento cuyo título, no casualmente, empieza por las palabras “Un nuevo comienzo para Europa”.

 

Es que la revitalización del proceso de integración europea es uno de los ejes principales del acuerdo entre CDU-CSU y el SPD. Ambas fuerzas coinciden en su vocación europeísta, con los matices que ese posicionamiento tiene en Alemania.

La continuidad de Merkel, y su alianza con el SPD, constituye una buena noticia para los defensores del proyecto europeo. Resulta claro, sin embargo, que sus márgenes de acción son menores que en el pasado. No sólo por la estrechez de su victoria y las dificultades para formar gobierno. El euroescepticismo –de derecha y de izquierda– cotiza en alza tanto en Alemania como en el resto de Europa, incluyendo a las naciones fundadoras del proyecto europeo. Las recientes elecciones en Italia son un claro ejemplo. Un excesivo celo europeísta –sobre todo si ello es percibido como un subsidio de la próspera Alemania a sus vecinos del sur del continente– es impopular y puede colaborar involuntariamente en el crecimiento de AfD.

Resuelta la crisis política, Merkel deberá responder a las propuestas de Emmanuel Macron, que busca revitalizar la UE desde el eje francoalemán. El presidente francés pretende avanzar hacia un presupuesto común para la eurozona, crear la figura de un Ministro de Finanzas y completar la unión bancaria de la eurozona (que conlleva un sistema europeo de garantía de depósitos). La canciller irá a la negociación, que ambos gobiernos han prometido traducir en una hoja de ruta a presentarse en la cumbre europea de junio, con una propuesta más minimalista para cada uno de esos puntos, acorde con la visión dominante en el gobierno y en la opinión pública alemanas.

Más allá de la política al interior de la UE, Merkel entiende que la UE también necesita consolidar un rumbo común frente a los desafíos externos. Tras su encuentro con Macron, la canciller visitó Polonia, donde convocó a desarrollar una política común hacia Rusia y China. El proteccionismo de Donald Trump, y más en general sus tendencias unilateralistas, presentan otro desafío que requiere respuestas coordinadas de parte de los Estados europeos.

Sin embargo, la más difícil de las metas para la dirigencia europea en la cual Merkel ocupa un lugar central, es –tal como sugiere Jürgen Habermas en un artículo reciente [1] 1– convertir un proyecto de élites en un proyecto de ciudadanos. Devolver a las mayorías el entusiasmo por el proyecto de una Europa unida, una UE más democrática y más cercana a las necesidades de las mayorías. Ese es el último y difícil reto que debe enfrentar Merkel.

 

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