EE.UU. y sus 25 años de soledad

 

Trump parece dispuesto a dar algunos pasos contrarios al orden liberal y la globalización con el objetivo de obligar a China a negociar

por Esteban Actis (*)

 

La convulsionada coyuntura global obliga a los analistas internacionales a correr detrás de los hechos con el objetivo de dar cuenta de la complejidad de los cambios y mutaciones que experimentan hoy las relaciones internacionales. Aquellos que nos dedicamos al estudio de estos fenómenos, en muchos casos quedamos rehenes del día a día (Trump y su Twitter mediante) sin poder reflexionar y pensar la realidad global actual desde una mirada holística y largoplacista.

Desde esa perspectiva, es menester argumentar que el sistema internacional está dejando atrás un orden/período e ingresando a otro cuyas características centrales se están gestando y manifestando. El reconocido académico chino Minxin Pei, señaló que si la Guerra Fría terminó en diciembre de 1991 con la desintegración de la Unión Soviética, la era de la posguerra fría parece haber finalizado en noviembre de 2016 con el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. El punto nodal a resaltar es la idea de finalización de un período –la posguerra fría– que perduró aproximadamente 25 años.

Ahora bien, ¿por qué afirmamos que hemos dejado atrás la posguerra fría? La principal novedad de esa etapa histórica en las relaciones internacionales era que por primera vez en la era contemporánea el primordial poder estatal del sistema (potencia hegemónica) no visualizaba a un par como amenaza a su primacía global. La implosión de la URSS condujo la emergencia de profundas asimetrías en torno a los atributos de poder (duros y blandos) de Estados Unidos en el plano interestatal. Por tal motivo, conforme fueron pasando los años – y la ilusión del“ Fin de la Historia” –al interior de los EE.UU. se identificó a una“ amenaza no tradicional” de carácter trasnacional como principal riesgo a la primacía global: el terrorismo–. La lucha contra el terrorismo –y contra aquellas unidades estatales que le daban cobijo– se transformó en la cruzada central de su política global. De manera paralela, Estados periféricos (no por ello pocos estratégicos) que desafiaban el régimen de no proliferación nuclear (Irán, Corea del Norte) intentaron ser disciplinados al calor de distintos palos y zanahorias.

El punto a subrayar, es que dicha especificidad y particularidad del orden global es la que comienza a desvanecerse promediando la mitad de la segunda década del Siglo XXI y que hoy con la administración Trump se observa con claridad. El orden internacional regresa a su “normalidad” histórica en relación a que la potencia hegemónica vuelve a identificar como principal amenaza a su primacía global a un par que cada día tiene mayores atributos de poder e influencia: China, que ha pasado de la “ riqueza al poder” siguiendo el razonamiento de Fareed Zakaria.

La reciente Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU., presentada en diciembre de 2017, desplaza por primera vez desde el 11/9 al terrorismo como amenaza central y coloca al ascenso de China –y Rusia en menor medida– en el centro de los desafíos que enfrenta Washington. Como bien señala Federico Merke en un reciente artículo publicado en Nueva Sociedad, al interior del actual gobierno de EE.UU. se percibe que el mundo es una arena en donde los estados compiten por poder militar, por mercados y por tecnología y que se deben tomar medidas urgentes para estar en la vanguardia de esa competencia. En realidad, es dable destacar que durante la administración Obama se encuentran los primeros indicios de este cambio de paradigma. Sin embargo, mientas el demócrata y su equipo de gestión pensaban que con una mayor globalización (como ejemplo el Trans-Pacific Partnership) y profundizando los lazos de interdependencia (en el marco de un orden liberal) era posible contener el ascenso del gigante asiático, Trump parece decidido a jugar el partido dando pasos hacia atrás en materia de globalización y en el orden liberal. El lema parece ser forzar a China a negociar el descontento norteamericano en varios puntos de la agenda desde una posición de fuerza aún favorable a Estados Unidos.

El principal descontento de Washington con Beijing se centra en que la potencia asiática ha logrado comenzar a disputar el liderazgo en materia de la innovación productiva y tecnológica en esta actual fase del capitalismo. A diferencia de lo que sostienen muchos analistas, la principal disputa de poder con China no se da en el campo del comercio o de las inversiones, sino en la férrea disputa entre el capital (apoyado por sus respectivas naciones) por el control del “saber hacer”. Dicho sencillo, el problema no es el acero o el aluminio, el malestar es con la innovación tecnológica que vienen llevando el sector público y privado chino.

En la actualidad, las empresas chinas buscan insertarse en las cadenas globales de valor (CGV) en la parte superior donde están los mayores dividendos y ganancias del actual capitalismo. Un ejemplo: la empresa electrónica China Huawei Technologies está desplazando de varios mercados (incluido el chino) a la estadounidense Apple, dados sus mejores costos y, sobre todo, su mejor innovación en los productos. La reciente decisión del Representante Comercial de Estados Unidos, Robert Lighthizer, de iniciar una investigación formal a China bajo la Sección 301 del Acta de Comercio de 1974, en la cual se acusa al gobierno chino de violar (robar) derechos de propiedad intelectual de firmas americanas es el ejemplo más contundente.

En definitiva, la configuración orden internacional dependerá en última instancia del modo de relacionamiento (en la era Trump y más allá) de las dos potencias estatales. Como bien señaló Henry Kissinger en una reciente entrevista, “tanto para Estados Unidos y China, así como para el resto del mundo, la coevolución de Washington y Beijing es la experiencia determinante del período actual”. Adiós posguerra fría, Adiós a los 25 años de soledad

(*) Doctor en Relaciones Internacionales (UNR)

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