Región se busca

Los regionalismos fueron impulsados a partir de las afinidades y coincidencias de los gobiernos

Por Julio Burdman

 

En las declaraciones del Grupo de Lima sobre las elecciones en Venezuela podemos encontrar algunos elementos de sobreactuación. Es cierto que hay bastante para decir, desde una observación electoral o una evaluación académica, sobre la calidad del proceso democrático en Venezuela. Sin embargo, hay ámbitos y ámbitos. Establecer un juicio sobre la calidad de un proceso político interno puede conminar a un Estado a tener que pronunciarse sobre otros procesos en otros países, lo que llevaría a una situación incómoda. La sabia Doctrina Estrada, bastión de la diplomacia mexicana, prescribe abstenerse de opinar. Hay otro problema: Venezuela no forma parte del Grupo de Lima, por lo que se plantea un problema de jurisdicción. Una de las bases fundacionales de Naciones Unidas es solo actuar donde tengo razones para hacerlo. ¿Qué puede hacer el Grupo de Lima para mejorar la situación venezolana?

Pero probablemente, lo que busca el Grupo de Lima es una reactivación de la política de orden regional. En cierta forma éste conjunto de encontró, después de varios años de inactividad continental, una excusa para elaborar productos colectivos. Y de paso, contribuir a relanzar la idea del sistema interamericano basado en la OEA, que había encontrado en Unasur una suerte de antagonista.

Esta reconfiguración del nivel interamericano –recordemos, por ejemplo, que en Grupo de Lima está Canadá- implica la ocupación de un espacio vacío que deja la virtual suspensión del proyecto unasureño. Que tuvo lugar una vez que seis de sus países miembro (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay y Perú) decidieron semanas atrás cancelar su membresía hasta que no se resolviese la formalidad de la constitución de la nueva secretaría general. Más allá de lo procedimental de ésta virtual suspensión de Unasur, justificada en la imposibilidad de su funcionamiento, podemos suponer que hay una trama política detrás. Desde los países de América del Norte, en diferentes ámbitos y ocasiones, se protestó contra la presunta vocación del proyecto Unasur de desplazar a la OEA como instancia regional de resolución de conflictos. También otro aspecto a tomar en consideración es que el gobierno de Temer, emergente de la polémica destitución de Dilma Rousseff, está integrado en buena medida por un conjunto de partidos anti Unasur. Empezando por el PSDB de Cardoso, Serra y Alckmin, principal núcleo de oposición a la iniciativa identificada con los gobiernos del Partido de los Trabajadores. Podríamos decir que el nuevo oficialismo brasileño se tomó revancha contra una Unasur identificada con el precedente.

La poca efectividad del Grupo de Lima puede oficiar como metáfora de lo que sucede con los liderazgos sudamericanos. Una de las características que tuvo la América del Sur de la Unasur es que contaba con un país, Brasil, que por primera vez en décadas adquiría la capacidad de funcionar como un pivot regional. Si bien Brasil no tenía la fuerza de otros pivotes (como India en Asia menor, o Alemania en Europa), los gobiernos del Partido de los Trabajadores habían logrado un liderazgo social sobre la mayoría de sus vecinos, y por ende cierta habilidad para lograr que su voz fuera escuchada u obedecida. Desde el desplazamiento de Rousseff, ninguno de los países sudamericanos –ni siquiera Brasil- puede lograr algo de otro. En el Brasil de Temer, los problemas de legitimidad política le causan problemas dentro y fuera de sus propias fronteras. Y países como Colombia, Chile o Argentina no están en condiciones de suplir ese rol.

Asimismo, el Grupo de Lima no es vinculante con el régimen democrático, como sí llegaron a serlo la Unasur o el Mercosur. También puede haber vocación por la acción colectiva internacional en una mandíbula sin dientes.

Podríamos incluir otros aspectos en ésta paradoja regional. Estados Unidos mostró expresas intenciones de no ocupar un rol de esas características, comenzando por la agresividad desplegada desde la propia campaña electoral del presidente Trump hacia México, y la ausencia de políticas de atracción hacia el resto de los países de la región. Más bien, las restricciones comerciales que han impuesto a muchos de éstos países lograron que las iniciativas regionales que miraban hacia Estados Unidos se hayan vaciado parcialmente. La Alianza del Pacífico, un ensamble de países que tenían en común sus tratados comerciales bilaterales con Washington, desde hace algunos años hace esfuerzos denodados para ser un puente hacia China, Japón y Corea.

¿Qué ha cambiado en América Latina como para que carezcamos, por primera vez desde los años ochenta, de ejes articuladores regionales? Hay varias lecturas posibles, económicas y políticas. Sin embargo, a la hora de elegir una, podemos volver sobre el rol que cumplido en todas estas décadas las articulaciones políticas internas.. Una de las características de todos los regionalismos de por aquí es que estuvieron facilitados por las coincidencias y afinidades entre gobiernos. Algo de eso sucedió en la creación del Mercosur, la Unasur y la Comunidad Andina. Pero ahora, entre los gobiernos latinoamericanos recientes hay mayores grados de heterogeneidad institucional, partidaria y económica. Pocas veces pudimos ver tantas diferencias entre países como en ésta oportunidad. Probablemente éste conjunto de incompatibilidades bilaterales sea parte de la explicación. Y como es obvio, la ausencia de Brasil pesa demasiado. Hasta que no se complete el proceso electoral reparador de octubre, no vamos a poder esperar mucho más en la materia

 

 

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