Cambiemos, ¿un viejo discurso para los nuevos problemas?

Argentina atraviesa una crisis que ha puesto al gobierno de Mauricio Macri contra las cuerdas. ¿Qué cambia y qué sostiene la estrategia comunicacional del Gobierno de cara a lo que se viene?

Por Shila Vilker

 

Cuando el gobierno de Cambiemos logró retomar el control de la moneda, después de severas complicaciones en su manejo de la economía, pagó un costo comunicacional: su discurso ya no podía ser el mismo de siempre. El intento de volver a las modalidades comunicacionales de tiempos mejores se topó con un país que ya no es el mismo de la primera mitad del mandato. Después de la corrida cambiaria y los aumentos de tarifas el Gobierno y sus representantes tuvieron la mayor caída en imagen hasta ahora. Esto obliga a repensar las formas de interpelar a la ciudadanía.

Desde el discurso oficial se verifica que el Gobierno intenta relativizar la crisis y minimizar su impacto empleando el eufemismo “turbulencia cambiara”. La metáfora aeronáutica no es inocente: convierte a la crisis en un sobresalto momentáneo y a la política económica en un trayecto que, a pesar de los problemas, sigue su curso. ¿Convierte a Macri, quizás, en un “piloto de tormenta”? En esta alegoría que promueve el Gobierno, los ciudadanos parecen ser pasajeros, el Presidente se muestra comprensivo de su “nerviosismo” y les agradece por su sacrificio y esfuerzo.

Sin embargo, para gran parte de la ciudadanía (y para muchos referentes políticos y mediáticos) es otra la metáfora que explica la crisis. Muchos ven en la crisis, no una turbulencia momentánea sino una repetición del pasado. Del 2001 más precisamente. Esta comparación, que durante el primer tramo de este mandato era promovida solamente por las voces malintencionadas de la oposición antimacrista más dura, hoy empieza a volverse verosímil para opositores más blandos, gracias a la inclusión en el discurso oficial de un concepto clave: el FMI.

Cambiemos llegó al poder con la promesa de derrotar a un monstruo. No se trata solo del monstruo del kirchnerismo, es mucho mayor. Se trata de “el pasado”. El capital simbólico y político de Cambiemos en el electorado es el de ser“ lo nuevo” y venir a poner fin a una tradición larga de dirigencias corruptas y fallidas. Pero este efecto deja-vu de las últimas semanas le dificulta mucho al Gobierno su enemistad con el pasado. La inclusión en su programa de uno de los más grandes demonios de la historia reciente se empieza a percibir como una contradicción en ese discurso y siembra un manto de duda que va más allá de lo que el Gobierno dice; empieza a haber dudas sobre lo que el Gobierno es.

¿Qué es Cambiemos? ¿Innovación futurista o regreso a la ortodoxia? ¿Un equipo de administradores eficaz o una máquina de ganar elecciones que flaquea en los años no electorales?

Esto presenta un nuevo nivel de dificultad para el Gobierno, y lo enfrenta recurriendo, una vez más, a la carta de la“ honestidad”. De nuevo el Presidente vuelve a su construcción ética de dirigente que dice la verdad (siendo la verdad siempre malas noticias). Ahora el problema parece más claro: la inflación es grave, pero se la delegarán al Banco Central, porque todo se debe al déficit fiscal, que representa una carga para todos los argentinos. Para superarla, Macri propone un gran acuerdo. En eso también se muestra “honesto”: necesita ayuda de todos los sectores políticos y económicos (y prepara el terreno para que se acuse de deshonestos a quienes no quieran “ ayudar”).

Sin embargo el truco de la honestidad tampoco parece poder lograr sus efectos de antaño. Por dos razones: 1) el Gobierno sigue sin comunicar las implicancias del acuerdo con el FMI ni cómo piensa llevarlo a cabo entre tanto rechazo, especialmente por parte de varios gobernadores provinciales y 2) no está en un escenario electoral donde compita con liderazgos“ deshonestos” o“ corruptos”. Aquí la decisión de la ciudadanía no es si confiar en este o en aquél; es si confiar en el Gobierno o no.

No obstante esta reutilización de la honestidad viene con dos nuevas variantes: la idea de que los argentinos no estaban listos para escuchar, hasta ahora, toda la verdad, por un lado, y la del optimismo excesivo del Gobierno por otro. La sociedad, según Macri “no podía soportar un ajuste duro desde el primer día”. Este ajuste duro es la verdad que ahora sí podrá afrontar la sociedad. Se terminaron las fantasías, la realidad es esta y no es necesario ser peronista para entender que realidad y verdad van siempre de la mano.

En segundo lugar, el optimismo viene a remediar la falla. Si el Gobierno falla lo hace porque cree demasiado en Argentina. Habrá que ver si Argentina puede seguir creyendo en el Gobierno.

 

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