Maduro: aislado, pero no tanto

El gobierno de Venezuela es desaprobado en buena parte de la región y tiene resistencia interna pero también cuenta con dos apoyos importantes: China y Rusia

Por Tomás Múgica

 

El dato más relevante de la elección venezolana celebrada el 20 de mayo no provino de Caracas, donde se anunció un previsible triunfo oficialista, sino del exterior. Por un lado quedó de manifiesto que crece el aislamiento de Nicolás Maduro en la región, a lo cual se suma la hostilidad norteamericana y europea. Por el otro, el sucesor de Hugo Chávez conserva pocos pero poderosos amigos extra regionales –se destacan China y Rusia– que constituyen un soporte importante para su gobierno.

El actual Presidente (Frente Amplio de la Patria) fue reelecto hasta 2025. Obtuvo 6.100.000 de votos (el 68% de los votos válidos), mientras que el segundo candidato más votado, el antiguo chavista Henri Falcón (Avanzada Progresista) –quien objetó los resultados– resultó el opositor con más sufragios al conseguir 1.900.000 (21%). El nivel de abstención fue muy elevado para los estándares del país: 54% según cifras del Consejo Nacional Electoral (CNE), según el cual sobre 20.500.000 de venezolanos habilitados para votar, lo hicieron 9.100.000; y aproximadamente 70% según los principales líderes de la oposición. La convocatoria a abstenerse, realizada por los principales partidos opositores agrupados en la Mesa de Unidad Democrática (MUD), parece haber tenido un impacto considerable.

La elección se dio en un contexto de polarización política –en un régimen cuya deriva autoritaria es difícil de discutir– y desastre económico. Las libertades civiles y políticas de los opositores se han visto crecientemente restringidas en los últimos años. Tras la elección de 2015 que otorgó el control de 2/3 de la Asamblea Nacional (AN) a la oposición nucleada en la MUD, el gobierno buscó quitar toda iniciativa política a ese cuerpo. El Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), que anuló las leyes aprobadas por la mayoría opositora, fue el instrumento mediante el cual el gobierno de Maduro se negó a reconocer en la práctica la autoridad de la AN. Por otro lado, el gobierno también –a través de la CNE– logró obstaculizar y finalmente anular la convocatoria de un Referendo Revocatorio del mandato de Maduro, que la oposición intentó llevar adelante desde mediados de 2016. Más aun el Presidente mostró su disposición a usar todos los medios represivos a su alcance, como quedó de manifiesto en la violenta supresión de las protestas del segundo trimestre de 2017. La situación económica, en tanto, es catastrófica: hiperinflación (alrededor de 1000% en 2017) y una contracción del PIB que acumula 30% en los últimos cuatro años, en gran medida explicada por la caída de la producción petrolera (que en 2017 cayó por debajo de los 2 millones de barriles diarios, el peor record en 30 años). El crecimiento explosivo de la pobreza y el desabastecimiento de bienes básicos configuran un cuadro de emergencia humanitaria, una de cuyas manifestaciones es la emigración masiva.

Más allá de la impugnación de los opositores internos, los principales cuestionamientos a la legitimidad de la elección provienen del resto de América Latina. Como Cuba en su momento, Venezuela divide la región. Aunque cada vez menos:en una declaración emitida el mismo día de los comicios, los catorce estados –de los cuales doce son latinoamericanos– que componen el Grupo de Lima desconocieron el resultado y acordaron llamar a consultas a sus respectivos embajadores. El Grupo, conformado en agosto de 2017 como respuesta a la convocatoria de la Asamblea Constituyente por parte de Maduro, comprende a los firmantes originales de la Declaración de Lima (Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú), en la cual se sostiene que existe una “ruptura del orden democrático” en Venezuela, se desconoce la Asamblea Constituyente y se condena las violaciones a los derechos humanos, el encarcelamiento de opositores y la ausencia de comicios libres con observación internacional independiente, entre otros puntos. Más tarde adhirieron Guyana y Santa Lucía.

Bolivia, Cuba, El Salvador, Nicaragua, Ecuador y Uruguay se mantienen al margen de las iniciativas del Grupo de Lima, aunque con diferentes matices en su posicionamiento respecto al gobierno venezolano. Los cuatro primeros constituyen apoyos firmes y celebraron la reelección de Maduro. Lenin Moreno en Ecuador y Tabaré Vázquez en Uruguay, a la cabeza de coaliciones que incluyen fuerzas que simpatizan con el proceso chavista, han intentado una difícil vía media -evitando pronunciarse sobre el proceso electoral venezolano- cada vez más difícil de sostener a nivel internacional e interno.

Lo cierto es que, por todo su peso simbólico, el aislamiento diplomático regional – que ganó momentum a partir de la elección de Mauricio Macri en Argentina y la destitución de Dilma Rousseff en Brasil, no es capaz de alterar el empantanamiento en el cual se encuentra sumido el proceso político venezolano. Es que los actores internacionales con mayor influencia sobre las posibilidades de supervivencia del gobierno chavista no son latinoamericanos. Son tres: China, Rusia y Estados Unidos.

China y Rusia son los aliados externos más importantes con los que cuenta la administración de Maduro. Tanto Putin como Xi Jinping reconocieron rápidamente el resultado y respaldaron al Presidente. Pero más allá del apoyo diplomático, ambos países brindan un indispensable soporte económico –asistencia financiera, inversiones directas y compra de petróleo– sin el cual el gobierno venezolano probablemente no hubiera sobrevivido (China, por ejemplo, ha otorgado créditos por más de US$ 50.000 millones, pagados mediante exportaciones petroleras); también proveen asistencia militar, en forma de asesores y equipamiento.

Estados Unidos, por su parte, viene intensificando sus sanciones a Venezuela. Luego de la elección, Trump firmó una orden ejecutiva mediante la cual prohíbe a empresas y particulares norteamericanos adquirir deuda emitida por el gobierno venezolano, incluyendo PDVSA, y activos de ese gobierno en territorio estadounidense. Se debe tener en cuenta, sin embargo, que Estados Unidos continúa siendo el principal comprador del petróleo venezolano; a pesar de la retórica y de las sanciones, la economía de Venezuela estaría aún más hundida si no vendiera su petróleo en el mercado americano.

En resumen, aunque su aislamiento internacional crece, el gobierno de Maduro todavía cuenta con aliados poderosos en el exterior y posee acceso –aunque crecientemente restringido– al mercado norteamericano. Sumado a la mejora de los precios petroleros, podemos decir que el contexto externo no es tan desfavorable para el gobierno venezolano como pudiera parecer a primera vista. La situación política y económica interna, sin embargo, es crítica, y el hartazgo social podría explotar de manera nueva y decisiva

 

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