El Mundial de Putin

La organización de un gran evento deportivo es una buena oportunidad para mejorar la imagen de Rusia en el exterior en un momento en el cual el país, sin lugar a duda, lo necesita

Por Tomás Múgica  

Resulta una obviedad que el Mundial de fútbol trasciende el deporte. Sus implicancias económicas y políticas son evidentes. Los grandes eventos deportivos constituyen una oportunidad para proyectar hacia el exterior una imagen de apertura, riqueza cultural, modernidad y prosperidad. Desde la perspectiva de la política internacional, ésta y otras celebraciones similares pueden ser vistas como instrumentos para desarrollar el “poder blando” del país organizador.

Joseph Nye define al “poder blando” (soft power) como “la capacidad de afectar a otros mediante la atracción y la persuasión más que a través de del poder duro de la coerción y el pago” [1] . El Estado que intenta ejercer esta forma de poder trata de persuadir mediante la atracción cultural, en vez de obligar por la fuerza y la coacción económica; busca lograr que otros adhieran a sus valores, y que adquieran sus productos culturales, especialmente aquellos que son objeto de consumo masivo, como el cine y la televisión, la moda y la gastronomía; aspira, en suma, a que otros admiren su sistema de valores y modo de vida, y lo adopten de manera voluntaria, o al menos lo consideren respetable. Ello facilitará su intervención en la arena internacional.

Las películas de Hollywood, la Coca-Cola y los jeans, consumidos o al menos anhelados por generaciones de jóvenes de países periféricos y no tanto, son ejemplos de productos culturales que han servido al desarrollo del poder blando norteamericano luego de la Segunda Guerra Mundial. En la lista también debe incluirse, por supuesto, la admiración de las elites de otros países por el modo de organización política y económica y el nivel de avance tecnológico de la sociedad estadounidense.

La Rusia pos soviética carece de un atractivo equivalente, pero –como otras potencias emergentes o reemergentes– trata de desarrollarlo.La organización de la Copa Mundial de FIFA 2018 puede ser vista como parte de ese intento. Considerado el evento deportivo más populardel planeta –se calcula que aproximadamente 3.000 millones de televidentes seguirán las alternativas del torneo– representa una nueva oportunidad para presentar a la Rusia de Putin en el escenario internacional.

No es la primera, al menos en el terreno deportivo.En 2014 el país organizó los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi, un centro veraniego de la era soviética revitalizado gracias a la masiva inversión gubernamental; a pesar de las acusaciones de corrupción, del escándalo de doping que costó a Rusia varias medallas, y de la crisis de Crimea, que explotócuando finalizaban,las Olimpíadas de Invierno sirvieron al gobiernopara mostrar –tanto hacia el exterior como a su propia población– que Rusia había emergido del abismo de la transición pos comunista.

En este Mundial –a pesar de las evidentes dificultades económicas que atraviesa, producto de las sanciones occidentales y los vaivenes en los precios internacionales de la energía– Rusia busca mostrarse como una potencia en proceso de renacimiento. Se invirtieron más de US$ 11.000 millones –más de la mitad corresponde a fondos federales– en la organización, ello incluye la construcción de estadios, el desarrollo de la infraestructura turística y de transporte, y eldespliegue del enorme operativo de seguridad para prevenir un eventual ataque terrorista y controlar la violencia de los hooligans. El esfuerzo organizativo seguramente no tendrá correlato en el aspecto puramente deportivo: el seleccionado ruso es más bien modesto. Pero Rusia será valorada por su importante estatura internacional. Al menos eso espera su gobierno.

Será también la oportunidad para mostrar que Rusia no es la sociedad opresiva que describen los medios occidentales, sino una que merece ser reconocida por sus logros y originalidad. Así lo dejó entrever el presidente en dos de sus intervenciones durante el Mundial. En su discurso previo al partido inaugural, Putin calificó a Rusia como un país“ abierto y amistoso”. Poco antes, en un mensaje de bienvenida a quienes visitan el país por el torneo, había destacadala excepcionalidad rusa, aludiendo a su cultura “auténtica” y su historia“ única”.

El Mundial puede ser visto como parte de una estrategia más amplia de construcción de poder blando. Luego de su reelección en 2012, Putin comenzó a enfatizar la importancia de esetipo de poder como un instrumento de la acción externa del país. Ello se plasmó en el“Nuevo Concepto de Política Exterior de la Federación de Rusia”, lanzado en 2013. Pero en verdad los esfuerzos por aumentar su influencia en el exterior por medios distintos del uso de la fuerza y del poder económico habían comenzado antes. En los últimos años Rusia ha desarrollado iniciativas como la cadena de televisión internacional RT (RussiaToday), creada en 2005 y que transmite en inglés, alemán, español, francés y árabe, y la agencia de noticias Sputnik. Controladas por el Estado, ambas buscan brindar una perspectiva rusa (es decir alternativa a la de los gobiernos y grandes medios occidentales) sobre las cuestiones mundiales. Instrumentos menos conocidos pero con un objetivo similar son el Fondo Russkiy Mir, para la popularización del idioma y la cultura rusas en el extranjero, y la Rossotrudnichestvo, una agencia de cooperación que opera bajo la órbita del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Resulta claro que la estrategia no funciona en Occidente. Rusia es impopular entre los gobiernos, los medios de comunicación y la opinión pública de Estados Unidos y los principales países de la UE. Viene sufriendo sanciones por parte de los países occidentales desde la anexión de Crimea en 2014; también se ha visto desprestigiada por el apoyo a Al Assad en Siria, por su supuesta intervención encubierta en las últimas elecciones presidenciales norteamericanas, y por el asesinato de un ex oficial de inteligencia militar en Gran Bretaña, que generó un importante conflicto diplomático. Parece difícil que un Mundial exitoso pueda revertir ese daño.

Pero la situación es diferente en otros lugares, en los cuales el Mundial podría tener un efecto más positivo. En varias de las ex repúblicas soviéticas, en algunos países de Europa del Este y del Sur (notoriamente Hungría y Grecia), la Rusia de Putin es vista de manera más amigable. Por ejemplo, según cifras del Pew Research Center (año 2017), un 39% de los húngaros y un 64% de los griegos tiene una visión favorable de Rusia, cifras superiores al 29% de los norteamericanos y el 27% de los alemanes. Putin aparece como un líder que expresa un modelo político y –fundamentalmente– cultural alternativo al de las democracias occidentales, a las que el presidente ruso considera decadentes, sumidas en el relativismo y el individualismo. Además, en buena parte de los países periféricos en Asia, Africa y América Latina, Rusia es visualizada como una contribución a un orden internacional multipolar y equilibrado, un contrapeso deEstados Unidos.

Rusia 2018, en suma, también se juega en la política. Todo indica que en la final del 15 de julio el local no será de la partida. Pero el resultado político, seguramente,será más positivo.

 

[1] “How Sharp Power Threatens Soft Power”, Foreign Affairs.

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