El sindicalismo en la nueva era

(Columna del politólogo Ezequiel Ávila)

El sindicalismo, expresado en la CGT, se muestra como uno de los principales escollos para una transición a pedir de la Presidenta.

La política circula por varios carriles. Uno de ellos es el electoral; importante, decisivo,
pero sólo uno más. El sistema político es más amplio que el sistema electoral y la
lectura del primero con el ojo obnubilado y atento sólo al segundo, grafica un severo
error de cálculo. El kirchnerismo conoce de estas lides y se alimenta de su propia  historia para saber que una victoria (2005, 2007 y 2011) o una derrota (2003 y 2009) en una contienda eleccionaria no abona todo el extenso valle de lo político. La relación con el peronismo gobernante (léase gobernadores), con el peronismo  sindical (Confederación General del Trabajo) y con las corporaciones empresarias (principalmente industriales, agropecuarias y bancarias) ha sido la clave que ha marcado los tiempos de poder de los presidentes peronistas.

Descartado ya que la confederación de gobernadores provinciales rendirá su culto
a los votos y a la imagen positiva de Cristina Fernández por largo rato y que tal feligresía se trasladará al Congreso, queda por detectar cuál será el rumbo que la Presidenta intentará darle a su vínculo con otros actores cuya fuerza y legitimidad no reside sólo en lo que sucedió el 23 de octubre ni en lo que decida el reducido núcleo de Olivos. Ha quedado claro que los partidos políticos opositores y sus candidatos sólo juegan una parte del cotejo, el tiempo electoral y el tiempo mediático, pero se diluyen en otras arenas tales como las de las ideas, las de los liderazgos o las de los vínculos con los actores clave de la escena nacional.

Cristina Fernández ganó en el ámbito electoral como consecuencia de una seguidilla
de victorias en otros espacios: intelectuales, culturales, económicos, de liderazgo y de relación con actores estratégicos. Los opositores no sólo no generaron alternativas fuertes en la dimensión partidaria, sino que tampoco lo hicieron en otros terrenos, más
relevantes hoy en día que los partidos. Estas son las condiciones para que los principales desafíos provengan de aquellos elementos que componen el propio cuerpo
del llamado “modelo nacional y popular”. Existe una serie de preguntas que vale la pena hacerse. Dado el desierto opositor y, en consecuencia, descartado su poder de fuego, ¿de dónde vendrá el primer disparo peronista? ¿Quién será el primero que intentará diferenciarse? ¿Cómo lo hará? ¿En qué espacio social buscará su apoyo? ¿Qué contradicciones sociales emergerán a la superficie trazando una línea entre los actores en pugna?

En primer lugar, para responder algunas de estas cuestiones es importante considerar
el trasfondo social, económico y político de los años kirchneristas. Si hay un vector que ha sido enfáticamente transformado es el que se vincula con el mundo del trabajo, y si hay un actor que ha surgido de esa transformación es el trabajador sindicalizado. Las últimas investigaciones cualitativas del Estudio Römer y Asociados reflejan que existe un puente de hechos concretos que conecta la sensación de bienestar con el apoyo a la continuidad de un gobierno. Ese lazo que vincula dos polos de un sentir colectivo, lo individual y tangible con lo modélico y general, está construido básicamente a partir de lo que acontece en el mundo laboral. El trabajo es el eje ordenador de un conjunto de impresiones sobre otros aspectos más complejos y ajenos a la cotidianeidad de los argentinos.

En segundo término, lo anterior se relaciona de manera ostensible con lo que sostiene
el politólogo Sebastián Etchemendy al asegurar que, si bien los movimientos  territoriales piqueteros surgidos al calor de la crisis de 2001 llegaron para quedarse, en el periplo kirchnerista el conflicto sindical reemplazó al conflicto social como expresión de las clases trabajadoras. El sindicalismo más tradicional fue la estructura orgánica que condensó, ordenó y expresó los reclamos de ese mundo laboral en reactivación. Al decir de Etchemendy, no lo podría haber hecho si durante el  menemismo no hubiera logrado proteger algunas de sus viejas conquistas como la negociación colectiva centralizada, la prohibición del sindicato de empresa, el control de las obras sociales y la renovación automática de viejos convenios colectivos. Esos institutos, una vez reactivado el mercado de trabajo, podrían ser utilizados para una nueva ofensiva.

Hugo Moyano, el disidente de los años ’90, fue el heredero de una maquinaria institucional vetusta que, poco a poco y a medida que la economía fue mejorando, puso en funcionamiento con singular éxito. No es poca cosa lo que tiene en sus manos este líder sindical, en momentos donde muchos actores políticos deben su poder al dedo elector de un dirigente de mayor jerarquía o a efímeros protagonismos mediáticos. No es poca cosa en un momento donde los partidos han perdido arraigo territorial, militancia y relato. Quizás por eso el sindicalismo, expresado en la Confederación General del Trabajo, se muestra como uno de los principales escollos para una transición a pedir de la Presidenta, sin conflictividad, signada por el diálogo y el consenso.

En primer lugar porque el peso político propio de la CGT y su poder fogueado en un
contexto de alto nivel de empleo, aumentos salariales y elevado consumo, hacen de la
misma un actor que planteará sus exigencias de manera enfática. Aun cuando sus demandas deban adaptarse a una coyuntura de menor crecimiento económico. En segundo lugar porque existen un conjunto de asuntos que tensionan la relación, tales como: la demanda por elevar la base imponible del impuesto a las ganancias, los pedidos de aumentos salariales superiores al 20% y la falta de apoyo presidencial al proyecto de ley sobre participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas. A lo anterior se suma la herida por los escasos y poco atractivos lugares que la Presidenta ofreció a los sindicalistas en las listas legislativas, así como el margen casi nulo de movimiento que ha podido tener Hugo Moyano como presidente del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires. También el pedido que hizo el Gobierno a la Justicia por la suspensión de la personería gremial a la Asociación del Personal Técnico Aeronáutico adiciona rispideces.

En suma, la importancia de la dimensión laboral como organizadora del pensar y quehacer colectivo, la fortaleza de una estructura que ha constituido e  institucionalizado logros para el trabajador sindicalizado y la dinámica política de un poder corporativo que pretende trascender la sola representación de intereses sectoriales, son las claves principales para comprender por qué esta vez, como tantas otras, se cumple el refrán que reza: “La astilla que más duele, es la del mismo palo”.

(De la edición impresa)

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2 Respuestas a El sindicalismo en la nueva era

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