La matriz cultural

¿Estaremos ingresando en otra etapa del kirchnerismo, más parecido al peronismo clásico y apuntando al populismo político?

Amparada quizás por el 54% de los votos, la Presidenta avanza con firmeza hacia algún lugar que no fue sometido al escrutinio de las urnas. El segundo mandato mostró, casi desde el arranque, un tránsito de dos caminos: el económico y el ideológico. En cuanto al primero, la insuficiencia de los recursos puso en marcha medidas tales como el intento de desmontar los subsidios. Al poco tiempo se vio que estaban prácticamente adosados a parte del salario y su desmantelamiento podría resultar riesgoso. Pero vinieron otras medidas. El intento de evitar la salida de divisas puso en juego un molesto mecanismo de control de cambios y, más recientemente, limitaciones a la extracción de dólares desde el exterior. También se impusieron limitaciones a las importaciones, aparentemente con el mismo objetivo de evitar el drenaje de divisas. Desde la perspectiva oficial se lo emparentó con una suerte de nueva sustitución de importaciones, el crecimiento de la industria nacional y el logro de mayor empleo. Todas estas medidas ya se ensayaron en otras épocas, igual que las medidas opuestas.

También se reformó la Carga Orgánica del BCRA, que le otorga un poder, en realidad, al Presidente de la Nación. Se podrá aumentar el dinero circulante sin necesidad de la correspondiente cantidad de dólares en reservas. Se abren dos puertas complicadas teniendo en cuenta los accidentes de nuestra historia: la disponibilidad de las reservas para financiar los gastos del Tesoro y la emisión de dinero. Las reservas no son del Gobierno y la función del banco es protegerlas para mantener el valor del circulante. Una reforma que ponga al Banco Central en mayor dependencia del Ejecutivo es un paso más a la concentración de poder. Desde otra vereda se dice que la medida será positiva pues permitirá que el Ejecutivo tenga más herramientas fiscales y monetarias para dirigir el crédito y el crecimiento del país. Y el viceministro Axel Kicillof señaló que la principal función del banco no es mantener el valor de la moneda. Todas estas discusiones ya se dieron y ensayaron hace tiempo. Mucho tiempo.

Desde lo ideológico se dio un giro hacia un discurso y una acción más nacionalista. Reapareció el tema Malvinas, que debería ser manejado con extrema prudencia. Existe una política de reclamo de la soberanía de las islas que viene de larga data. En 1965, en el seno de las Naciones Unidas, la Asamblea General instó a las partes a negociar con el fin de encontrar una salida pacífica a la disputa y teniendo en cuenta los “intereses” de los isleños. Lamentablemente, luego de la guerra nuestra situación quedó más comprometida. En la reforma constitucional de 1994, la disposición transitoria primera ratifica la vocación argentina en torno de las islas. Desde el punto de vista político, tanto el Reino Unido como la Argentina han utilizado internamente el tema Malvinas. Ahora, tanto David Cameron como Cristina Fernández han vuelto a blandir el conflicto en torno de Malvinas. Una política verbalmente agresiva en relación a las islas y los kelpers no favorece al país. La estrategia por donde debería transitar es la vía diplomática. ¿Pero cómo resistirse al fuego gratuito de las palabras que encienden el apoyo popular?

La nacionalización del 51% de las acciones de YPF y la expropiación a Repsol fue la medida más polémica de los últimos días. Cuesta defender el comportamiento de la petrolera española durante los últimos años y la inacción del “socio argentino” prohijado por el Gobierno. Pero también el proceder de un Gobierno que fue corresponsable de las decisiones de la compañía y, lo que es más importante, de la política energética en general. Y lo que es menos comprensible es la falta de una “diplomacia activa” que ilustrara al mundo las supuestas falencias de Repsol que habrían causado la expropiación. El discurso nacionalista rinde electoralmente. Atrapa por izquierda y por derecha, y se expande sobre los independientes. Reactualiza viejos traumas partidarios, como los de los radicales y su tormentosa relación con el “oro negro”.Vértigo que va desde el supuesto “golpe petróleo” de Hipólito Yrigoyen, los contratos de Arturo Frondizi, la anulación de Arturo Illia y el autoabastecimiento de Raúl Alfonsín. YPF es causa común, hasta de los que no tienen causa.

En términos tácticos, la expropiación parece ser una jugada de pura suma donde al apoyo popular se agrega el acompañamiento –más o menos crítico– de gran parte de la oposición y el surgimiento de un nuevo y potencial enemigo: el resto del mundo. Los medios y el mundo no compiten electoralmente, pero sí son una oposición cuya luz se va apagando sin prisa, pero sin pausa. La Presidenta, quiéralo o no, está volviendo al manual del peronismo clásico, pero con otros peronistas. Las palabras clave del populismo son Estado, Pueblo, Nación y, por cierto, el papel del líder como contraparte de un funcionamiento institucional que desconoce los resortes liberales –en términos políticos– que delinean una democracia de corte republicana. Y no estaría completo sin el componente antiimperialista.

Pero en nuestros días resultaría una exagerada retórica para los países que están insertos formalmente en el esquema internacional, por ejemplo, perteneciendo al G-20. En su lugar, un nacionalismo controlado operaría como sucedáneo. ¿Estaremos ingresando en otra etapa del kirchnerismo? La primera fue la del kirchnerismo original, encarnado por el Néstor Kirchner durante su gestión. La segunda fue un kirchnerismo cristinizado, que fue cobrando forma y color desde el fallecimiento del jefe político. La tercera parece haber comenzado con la asunción del segundo Gobierno de Cristina. ¿Este neokirchnerismo se parece más al peronismo clásico? ¿Es una versión más cercana al populismo definido más en términos políticos que filosóficos? ¿Cierra más con las características delegativas señaladas por Guillermo O’Donnell?

Probablemente la respuesta circule por otros andariveles menos emparentados con la teoría y el comportamiento de una clase política que, lamentablemente, “hace historia”. Pero esta historia parece responder a una variable tan independiente como profunda: la “matriz cultural” que se reproduce de generación en generación, en forma latente o manifiesta y presenta como nuevas prácticas y discursos a aquella que afloran intermitentemente pero tienen una antigua fecha de nacimiento. Es la sociedad la que, en el centro de la escena, pone su firma a la continuidad o no de políticas, sea la vuelta o el retroceso del estatismo y el intervencionismo económico, el reverdecimiento o el eclipse del sentimiento nacionalista –sea malvinense o petrolero–, el encumbramiento del líder y su defenestración. La sociedad que va optando por la dicotomía de dos series de distinto ADN político.

De un lado, soberanía y lucha nacional, pueblo, Estado y Nación, causa nacional y popular y, del otro, República, división de poderes, Estado de derecho y seguridad jurídica. Y en el medio de las series la palabra “democracia” como botín de apropiación colectiva.

(De la edición impresa)

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