La derrota del neoliberalismo

La pregunta no es por qué fue derrotado sino, por el contrario, por qué triunfó en su momento.

Manuel Mora y Araujo escribió recientemente acerca de la derrota del neoliberalismo, haciendo un balance de las últimas elecciones en Europa, América Latina y otras regiones del mundo. Es cierto, aunque ya no sea novedad: bajo diferentes estilos y formatos partidarios, quienes ganan hoy proponen más Estado, más gasto público y políticas económicas más activas. Se pregunta Mora y Araujo, cómo pueden hacer quienes proponen otra cosa para sintonizar nuevamente con los votantes, partiendo de la premisa de que la realidad prevaleciente son las “ideas que se orientan al estatismo”.Tal vez, le convenga reformular la pregunta: ¿Qué sucedió para que alguna vez prevaleciera el neoliberalismo? ¿Y si la era del neoliberalismo, simbolizada por los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, fue sólo un período excepcional, producto de circunstancias excepcionales, tal vez irrepetibles?

En América Latina, hay un consenso académico acerca de que la ideología neoliberal fue un componente presente pero menor en los triunfos electorales de presidentes como Carlos Menem o Fernando Henrique Cardoso. Y en Estados Unidos y Gran Bretaña también hay investigaciones que sostienen que los electorados tampoco abandonaron drásticamente sus preferencias mayoritarias por el Estado de Bienestar o las políticas activas siquiera durante el apogeo del thatcherismo-reaganismo. Aun en estas dos sociedades, que se cuentan entre las menos estatistas del mundo, más de la mitad de la población tiende a ser “estatista” en forma estable.

Donley Studlar e Ian Mc Allister, en un estudio muy bien documentado, sostienen que a pesar del indudable giro a la derecha que tuvo lugar en Gran Bretaña con el gobierno de Thatcher, las preferencias y actitudes del votante se mantuvieron constantes. Studlar y Mc Allister concluyen que el electorado británico carecía de la coherencia ideológica y la consistencia que suponían las teorías y los análisis de la política. No hubo “revolución conservadora de las mentes”, sino un gobierno conservador que ganó porque tuvo mejor liderazgo, organización y mensaje.

Los cambios dependieron más de las élites dirigenciales, que sí tienen ideas consistentes y bien plantadas, y de su habilidad para implementarlos. El más notable logro de la batalla cultural que los neoliberales dieron en EE.UU. y Gran Bretaña, con repercusiones mundiales, fue nada más (y nada menos) que la modificación de las opiniones de un sector menor del electorado acerca del rol del empresariado. La gran corporación (el big business), que a lo largo de la historia del electorado y la opinión pública tiene predominio de imagen negativa, durante un lapso temporal pasó a ser percibido como un actor social benéfico: eficiente, innovador, motor del desarrollo y socialmente responsable.

En la caída de la popularidad del gran empresariado, antes que en el avance de la popularidad del Estado, debería investigar Mora y Araujo para obtener una respuesta. En el relato ideológico construido por el neoliberalismo, Estado y empresariado son polos en conflicto, con lo que simpatizar con el rol del empresariado equivaldría a resignar posiciones del Estado. Menos impuestos y regulaciones redundaban en más inversión y bienestar. Pero, cabe aclarar, este clivaje público-privado requiere de un gran esfuerzo de creatividad y mensaje ideológico, ya que no responde a las creencias del votante medio. En EE.UU., las series históricas de las encuestas muestran una alta valoración por el individuo que compone las mayorías –el trabajador, el pequeño productor, el político local– y una desconfianza hacia los poderosos –el gran empresario, el político de Washington– que aumenta a medida que crece el poder del poderoso.

En la matriz de instituciones sociales, las pequeñas empresas son el pilar de la opinión pública, con una opinión positiva altísima y constante (de 96% en los últimos sondeos de Gallup). La libertad de empresa y los emprendedores gozan de una imagen muy alta, el capitalismo algo menos, y las grandes corporaciones una imagen media, que a diferencia de las valoraciones anteriores, oscila de acuerdo a la coyuntura.

En el análisis partidario, votantes republicanos y demócratas comparten la misma idolatración por las pequeñas empresas, y casi la misma sobre libertad de empresa y emprendedorismo (algo inferior entre los demócratas), pero la diferencia está en el eje grandes corporaciones vs. gobierno federal: republicanos tienen una mejor imagen de las primeras que de Washington (aunque siempre, a gran distancia del pequeño empresario), y viceversa.

El gran triunfo ideológico del neoliberalismo, en EE.UU. al menos, se produce cuando un sector del electorado modifica esa estructura de preferencias y pasa a considerar al pequeño y al gran empresario como parte de lo mismo, frente a un Estado obstructor. La coalición del “sector privado”, en lenguaje argentino. Hoy, en un contexto de crisis, EE.UU. enfrenta un escenario inusual, ya que a lo largo de la última década (2002-2012), cayeron en picada tanto la “satisafacción con el tamaño y el poder del gobierno federal” (de 60% a 29%) como la “satisfacción con el tamaño y el poder de las grandes corporaciones” (de 50% a 30%), lo cual explica el ascenso de los discursos populistas (débiles vs. poderosos) en los dos grandes partidos políticos.

En su versión popular thatcheriana-reaganiana, argumentalmente superior al liberalismo institucionalista que pretende sucederle, el neoliberalismo tenía al empresario –indiferenciado entre grande y pequeño– como un héroe social. Los beneficiarios de las políticas liberales eran hombres de carne y hueso, y no constructos electoralmente inconducentes como la calidad institucional o la seguridad jurídica. En la Argentina, uno de los grandes triunfos discursivos del neoliberalismo fue oponer los efectos benéficos de la acción empresarial a la estatal en el caso concreto de las empresas de servicios públicos: las empresas privatizadas gozaban de una imagen muy alta en la sociedad.

Sabemos poco acerca de por qué cayó en forma tan abrupta la valoración social del empresariado, que es, en mi opinión, el meollo de la crisis ideológica del neoliberalismo. En los ‘70 y ‘80 había modelos de empresario heroico (los innovadores de la revolución tecnológica y los emprendedores del mundo pos comunista) que ya no están. A ello habría que sumar el problema de la despersonalización de las industrias de servicios, que dieron por tierra con el ideal de la satisfacción al cliente. Nuestra hipótesis compuesta es que hay una contínua decepción que sufre el ciudadano medio de parte de las empresas, con consecuencias políticas, que no está suficientemente investigada porque se trata de un tabú cultural. Más para la hipótesis.

Hay, indudablemente, un nivel macro que incluye al sistema financiero, los bancos que no pagan los costos de sus quiebras, las empresas monopólicas que obtienen réditos extraordinarios de su abuso de posición dominante, las que evaden impuestos o engañan a sus auditores. Enron o Halliburton no van a recrear la fe popular en el capitalismo. Pero el nivel micro de la despersonalización de los servicios también merece atención. La continua frustración a la que se ve sometido el consumidor por parte de las firmas de telefonía celular, proveedores de Internet, distribuidores de electrodomésticos, tarjetas de crédito, e-commerce y grandes tiendas comerciales es un fenómeno nuevo, desconocido e imprevisto, que sin dudas debe haber contribuido a la desconfianza que el votante siente hacia los grandes actores electorales del neoliberalismo.

(De la edición impresa)

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