Arqueología de la letra K

¿Cómo se desglosan los distintos componentes del kirchnerismo en cuanto ideario propuesto a la sociedad?

¿Cuál es la ideología que va transitando el kirchnerismo? ¿Qué y cuánto hay del peronismo, a secas? ¿Cuánto de pasado y cuánto de innovación? Tema complejo. Probablemente tendrá aristas políticas, económicas y sociales que encontrarán caminos convergentes y divergentes, rutas paralelas y perpendiculares, desde un principio hasta el presente. Desde los íconos de figuras como Arturo Jauretche, pasando por los intelectuales de la “izquierda nacional” y arribando a versiones que reconvierten al populismo en una construcción sofisticada.

El gen del intervencionismo en el Estado ha vuelto a adquirir un lugar estelar. La cuestión de la Nación ha completado el repertorio de un populismo clásico que reaparece en formato de relato. Se agrega una épica discursiva que busca enemigos en figuras que no necesariamente lo son. Las corporaciones, los me dios o los representantes del antipueblo. Este escenario previsible apenas es recreado por versiones trabajosamente barrocas que justifican, desde lo intelectual, las acciones políticas de lo cotidiano. Y a este formato ideológico se le opone otro –el anti K– que tampoco tiene demasiado de nuevo. Es simplemente reactivo y viene alimentando el discurso intelectual y político desde hace casi setenta años. Hay otros costados que resultan más interesantes y que empalman las ideologías y las categorías analíticas con cuestiones más concretas de la época.

No hay novedad en el intervencionismo en la economía, la presencia del Estado en todas las áreas y la prioridad de los intereses de la Nación sobre los individuos. Peronismo clásico. Incluso la demonización de los medios era letra corriente del primer peronismo. ¿Poca transmutación ideológica?

Por cierto, si hablamos de peronismo, habría que evitar los ’90 para marcar una continuidad sin rupturas. El menemismo encarnó el “neoliberalismo” peronista, del cual hoy nadie se hace cargo. Menos aún se encontrará algún recuerdo sobre la perspectiva del peronismo oficial o gobernante de los ‘90 en torno de los años más oscuros del Siglo XX. Para el posmenemismo los indultos sellaron el matrimonio macabro entre la ideología neoliberal y la complacencia frente a las violaciones de derechos humanos. Pero el antídoto estaba dentro del propio peronismo, como suele suceder. A partir de 2003 comenzó a virar, sin la recurrencia machacante a los nombres de Perón y Evita. ¿Peronismo progresista o, meramente, kirchnerismo?

Y queda, apenas en el recuerdo, aquel peronismo de la renovación de la era alfonsinista, cuando se trataba de lograr la “democratización” del movimiento para transformarlo en un partido moderno, un cambio de funcionamiento, reglas y procedimientos.

Frente a este cuadro de ideas oxidadas, no tanto por el paso del tiempo sino por la carencia de una imaginación que las pusiera a tono con los problemas actuales, hasta en su forma de presentación en pleno Siglo XXI, otras medidas forman parte también de un acervo ideológico nuevo para el peronismo, pero también para la sociedad. Las ideas tienen, al menos, dos fuentes importantes en el discurso: la letra y las prácticas. Dos maneras de abordar formas y contenidos.

Desde la letra aparecerá la definición de un proyecto nacional, popular, democrático e inclusivo. Desde las prácticas el territorio es más complejo. Pero en no pocas prácticas del discurso kirchnerista, la cercanía con el peronismo clásico y hasta con la versión noventista, tan denostada, es notable. Su lectura de las instituciones, del papel del Estado, de su capacidad para representar al “verdadero pueblo”, la centralidad del Ejecutivo en la toma de decisiones y en el liderazgo de la comunidad política son sólo algunas características compartidas.

La letra kirchnerista vuelve sobre contenidos clásicos del peronismo, privilegia la política, el Estado, el pueblo y la Nación. Reconstruye también otra parte de la historia. Si el peronismo de mediados del Siglo XX tuvo su propia versión del país y del mundo, valorando el movimiento de masas, el liderazgo y las reivindicaciones sociales, el kirchnerismo viene a completar el tramo de los acontecimientos que transcurrieron de los setenta a esta parte.

En esta tarea, se deslinda del peronismo más tradicional –equivalente quizá al “ortodoxo” de los setenta– en su versión sobre la Argentina de la lucha armada setentista. Posición que no duda en calificar de progresista y que cabalga en comunión con otras ideas relativas al igualitarismo en cuanto al trato de ciertos colectivos y los derechos que los asisten. La militancia de los Derechos Humanos va de la mano con posiciones antidiscriminatorias, por ejemplo, en el tema del matrimonio igualitario o la igualdad de género. Son medidas que no se vinculan con costos económicos y en las que el Estado deja hacer al ciudadano. Tienen un aura progresista, pero paradójicamente también se emparientan con una clara visión liberal del comportamiento de cada uno y el ejercicio de sus libertades individuales e íntimas. También y, en lenguaje de la Presidenta, traen un igualitarismo ineludible a esta altura de los tiempos. Entre estas ideas y contenidos estarían, sin duda, la mayor inclusión social más allá de la cuestión económica, la igualdad y equiparación de las mujeres en todas las áreas y el menor peso de las ideas religiosas. Pero no hace falta un análisis de “sintonía fina” para observar ciertas incongruencias en el terreno de las ideas. La Ley de Identidad de Género permite que una persona sea reconocida por el género autopercibido, pero ese mismo individuo no puede adquirir un dólar. ¿Una suerte de derecho bizarro?

¿Qué ocurre cuando queremos desglosar los distintos componentes del kirchnerismo en cuanto ideario propuesto a la sociedad? ¿No existe una suerte de conglomerado que resulta una suerte de construcción ad hoc? El núcleo político duro de la letra kirchnerista abreva del peronismo clásico y sobre la cual no discreparían el resto del peronismo (más o menos distante del kirchnerismo).

La lectura kirchnerista de los años setenta se encontraría, en cambio, con varios matices y diferencias en distintos sectores del peronismo que fueron y son menos militantes en torno de lo ocurrido en aquellos tiempos. Y la supuesta novedad sobre perspectivas inclusivas, igualitarias y hasta liberales en el campo de las acciones privadas e íntimas de las personas no es propiedad del kirchnerismo, sino de una época en la cual las discriminaciones y las exclusiones son rechazadas por la mayoría de la sociedad.

La letra kirchnerista toma, así, el legado teórico e histórico del peronismo clásico, se posiciona militantemente en una lectura intensa y no discutible sobre la historia reciente y va en consonancia con el pensamiento social de la época, compartido por vastos sectores sociales y políticos, respecto a derechos e igualdades. Estos componentes son sólo segmentos gruesos del discurso kirchnerista volcado en letra. Una visión dogmática suave (el peronismo clásico o histórico), una visión dogmática fuerte e intensa (los años setenta) y una visión social, flexible y actualizable, que recoge el clima de época.

Numerosos microcomponentes que hacen a la argamasa del conglomerado están a la espera de una tarea de arqueología que descubra que hay más allá del velo del relato.

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