¿Me estás hablando a mí?

Los mensajes políticos, por más amplios que sean, terminan tarde o temprano alentando un sesgo, algunas veces implícito y, otras, marcadamente explícito.

Diferentes gobiernos, diferentes gobernantes, diferentes partidos, diferentes candidatos hablan. Lo que no se sabe bien son los efectos que produce el habla. El objeto de la política son los problemas sociales y un determinado orden para jerarquizarlos/ solucionarlos. Por ende, por ahí actúa la comunicación también. Y es útil saber esto porque –como bien nos ha enseñado Murray Edelman– al mencionar un problema, este adquiere el poder simbólico de negar otros. Por ende, la agenda de problemas puede, potencialmente, hacer a un lado la atención sobre las situaciones no deseadas. Ahí aparece entonces la ideología, que prioriza unos problemas por sobre otros.

Y con ella la eterna discusión sobre los modos en que esta se hace visible. Que por Twitter, que por cadena nacional, que en actos territoriales, que por spots, que por conferencias de prensa, y en cuanto modo la imaginación comunicativa haga lugar. Cuando la ideología aparece, aparecen también las discusiones sobre ella y sobre el artefacto comunicacional dispuesto para la ideología. Usaré tres razonamientos para desarrollar esta idea.

PRIMER RAZONAMIENTO: IDEOLOGIAS COMO BRUJULA

Hace como 30 años, estudios como el de Norman Nie, Sydney Verba y John Petrocik daban cuenta de que hay ciertas épocas más ideologizadas con “hipótesis ambiente” fuertes, que tienen que ver con ciertos contextos y sus protagonistas. Estos contextos determinan que el uso ideológico de los electores para decidir su posición se haga más frecuente. Son contextos en donde se abren fuertes discusiones y pláticas públicas que producen divisiones sociales profundas. Sin embargo, pareciera ser mucho más habitual que se produzca un voto o apoyo por imagen de partido, conformado por electores que no son sólo producto de formaciones psicológicas de largo plazo, ni tampoco racionalistas que apoyan temáticamente tal o cual posición de un partido, sino que poseen percepciones genéricas, mitad identificación afectiva, mitad expectativas racionales, según el pensamiento del brasilero André Singer.

En una línea bastante similar, Teresa Levitin y Warren Miller avanzaron sosteniendo un concepto emparentado al anterior, al que llamaron “sentimiento ideológico”, por el cual los electores suelen hacer un uso no ideológico de los rótulos ideológicos, a lo que sostienen que la ideología orienta pero no determina el posicionamiento ante temas de agenda, más allá de tener alguna correlación. Esto significa que la ideología es un buen predictor del comportamiento, pero no es infalible, ni siquiera queda claro cuál prima si llegase a existir contradicción entre el voto ideológico o voto por tema, siendo muy claro que en varias circunstancias, el segundo suele primar.

Conclusión parcial: la ideología orienta y predice, pero tiene límites para garantizar la fidelidad del votante. Ciertos temas, ante una contradicción, se imponen por sobre la ideología.

SEGUNDO RAZONAMIENTO: EN BUSCA DE LA AGENDA PROPIA

Históricamente la tesis dominante era que la discrepancia de la política con la prensa es un asunto político que no genera rentabilidad porque se produciría una espiral en la que los medios, a la búsqueda del titular interesante y en la defensa de su atribuido papel de control político, vendrían a reforzar la cobertura de la política con distancia, con desconfianza y con displicencia, produciendo en la opinión pública un aumento de la desconfianza, a su vez, con respecto a los políticos, y un desprestigio generalizado de la política, tal como sostiene Luis Arroyo.

Desde esa postura se razona que no es inteligente establecer una política de enfrentamiento con la prensa de manera generalizada porque es muy corriente que el corporativismo de los medios –con una suerte de inmunidad democrática autootorgada como controladores del poder– actúe para defender al periodista o al medio agraviados. Sin embargo, una buena cantidad de ejemplos están demostrando exactamente lo contrario pues en la comunicación gubernamental también existe el deseo de generar conflictos por lo que se pueden generar divisiones o fracturas sociales calculadas, con el fin legitimante de separar visiones ideológicas enfrentadas, mermando así el caudal propio de consenso, pero intentando afirmarlo sólidamente contraponiéndolo a un sector con el cual se marca una diferencia explícita (mermando el caudal de consenso del otro).

En este sentido, advierte Fernando Ruiz, los gobiernos asumen que, así como el espacio político no es una zona exclusiva de los políticos, el espacio mediático tampoco lo es de los medios. Y en la tesis de Philip Kitzberger, aparecen prácticas que no son nuevas pero se han afianzado como estrategias de comunicación gubernamental mediante el despliegue de nuevas formas de comunicación directa rechazando convenciones de mediación de la prensa; el desarrollo de estrategias discursivas hacia los medios donde (parte de) estos son considerados instrumentos ideológicos de los enemigos del pueblo, develando así sus intereses de clase, y un cambio de las reglas del mercado de medios proponiendo regulaciones promercado del período neoliberal.

Funciona así: tal vez no haga ganar más votos, pero sí configura un control de daños donde se limita el poder de expansión de la negatividad que un medio opositor podría tener. Claro está que se producen así fuertes radicalizaciones de un lado y del otro, pero parte del sistema de medios denunciado pierde credibilidad fuera de su núcleo de adherentes o partidarios. Y más importante que ello, posibilita que los gobiernos gestionen una agenda que no les sea impuesta por parte del sistema de medios.

Conclusión parcial: la confrontación política versus medios ha posibilitado a la política gestionar un conflicto con daño controlado a su favor y con mejores chances para el poder de agenda.

TERCER RAZONAMIENTO: ¿ME ESTAS HABLANDO A MI?

No hay un único destinatario en comunicación política. Existe un prodestinatario, que es el partidario; un paradestinatario, que es la masa anónima, todos, los indecisos, y un contradestinatario, que es el oponente o rival. Un estudio que dirigí (del que está próximo a salir el libro ‘Ey, las ideologías existen: comunicación política y campañas electorales en América Latina’) realizado sobre 39 campañas presidenciales en América Latina, concluye que en dichas campañas, el partidario gana en importancia al pro y al paradestinatario.

Este hecho deja una pista para futuras investigaciones, pues abre interrogantes sobre la segmentación de las campañas, respecto a un aparente predominio de discursos orientados hacia el electorado fiel o con mayor afinidad, al menos como mensaje central. Ello no implica que no haya mensajes dirigidos a los otros destinatarios, pero que en importancia son menores. De igual modo, es importante saber que a diferencia de la comunicación electoral, la comunicación gubernamental no segmenta.

Ello equivale a plantear que cada vez que un gobernante le habla a una persona o grupo, también se dirige a la totalidad de la ciudadanía que no es ni esa persona ni ese grupo. Es simple, mientras más se habla, especialmente cuando hay políticas que favorecen más a unos que a otros, más se establece el proceso dual que genera una solidificación del consenso, tanto como también hace explícito la aparición del disenso de quien no se ve beneficiado o afectado positivamente por las políticas públicas. Ello también contribuye a dotar de mayor visibilidad a las diferencias ideológicas y partidarias.

Conclusión parcial: los mensajes electorales van dirigidos preferentemente a los votantes fieles, mientras que en la comunicación gubernamental más comunicación es alentar la discrepancia consenso/disenso.

CONCLUSION FINAL

Los mensajes políticos, por más amplios que sean, terminan tarde o temprano alentando un sesgo, algunas veces implícito y, otras, marcadamente explícito hacia un destinatario partidario. Ello siempre generará inestabilidad, discusión y, cuando es efectivo el mensaje, puede producir que posturas antagonistas sean cada vez más fuertes, más intensas y más confrontativas, pero que no necesariamente alienten un trasvase de votos, es decir, que se crucen de un lado a otro los partidarios de una u otra postura. Si la división social que alientan favorece asimétricamente a que existan más partidarios que opositores, se produce un conflicto controlado que, a juzgar por lo sucedido en varios gobiernos, es altamente efectivo.

Pero, siguiendo con Murray Edelman, en algunas circunstancias el problema no es que haya ausencia de política, sino que haya demasiada política, en referencia al espectáculo político construido por los pocos verdaderamente interesados en desmedro de intereses generales. ¿Qué tiene que ver ello aquí? Que en la medida en que el debate público ideologizado sea percibido como necesario para obtener soluciones deseadas, la ideología será un buen y estable predictor electoral. Pero cuando un tema o conjunto de temas afecta severamente a un grupo, el tema puede ponerse por encima de la ideología, tanto como si la ideología discute exageradamente sobre temas que no sean de interés general. Ese es el claro límite de la ideología.

Entonces, si ya había dualidad social desde lo ideológico, el grupo opositor no cruzará la frontera hacia el oficialismo. Pero si incluso algún tema o grupo de temas de alto impacto afecta negativamente a los partidarios, ese gobierno estará en problemas porque los opositores no cruzarán la línea y los partidarios preferirían apoyar la solución a su tema, antes que el apoyo ideológico. Son problemas de consenso. No siempre esos problemas traen corrimientos electorales claros. Depende de los actores y su competitividad. Dependerá de cada contexto.

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