El Gabinete invisible

El Gabinete fue perdiendo entidad y no existe como instancia de toma de decisiones, ni siquiera como reunión social

Un cambio en el Gabinete ya no es lo que era. En el Siglo XIX y las primeras décadas del XX los ministros tenían estatura propia. El presidente Luis Sáenz Peña dio a sus ministros un papel central y para algunos historiadores se comportó como una especie de primus inter pares, una suerte de exótico primer ministro en un régimen presidencial fuerte. En los dorados años veinte, Marcelo Torcuato de Alvear les dio también a sus ministros un papel de respeto y autoridad.

En realidad, la Historia es testigo de gabinetes de lujo, en los que hasta ex presidentes podían estar cumpliendo funciones ministeriales sin perder autoridad ni personalidad. ¿Alguien puede imaginase, acaso, a un Sarmiento obedeciendo a rajatabla las órdenes de un presidente acerca de qué hacer e incluso qué decir? Conocimiento, experiencia y autoridad eran algunos de los criterios a la hora de seleccionar a los ministros. Demasiado ocurrió en la Historia hasta llegar a un presente donde los ministros –y desde hace tiempo– no pueden comunicarse con la prensa y deben obedecer sin pestañar las consignas, mandatos y mandados que le asigna el Presidente de la Nación.

Una cuestión importante es la estabilidad ministerial o bien la rotación frecuente. Ello puede ser indicador de cambios de rumbo, discrepancias en el seno del Gobierno y hasta de crisis políticas. Entre 1862 y 1914, los problemáticos gobiernos de Miguel Juárez Celman y de Luis Sáenz Peña tuvieron una alta inestabilidad, y el más estable fue el de Manuel Quintana (si bien tuvo una presidencia muy corta). Entre 1914 y 1983, considerando presidencias que completaron el período, el Gobierno de ministerio más estable fue el de Juan D. Perón y el de mayor rotación ministerial el del general Justo, siguiéndole las administraciones de Yrigoyen y Alvear. Si se consideran los mandatos truncos, la mayor rotación de ministros se observó en la gestión de María Estela Martínez de Perón, siendo aquí un indicador claro de una profunda crisis institucional.

Pero no siempre estabilidad ministerial es sinónimo de que las cosas van bien. A veces es sólo reflejo de la idiosincrasia presidencial que percibe en los cambios signos de debilidad que no deben exteriorizarse.

DESDE 1983

En la redemocratización cabe destacar que, nuevamente, son los gobiernos peronistas los que tienen una gran estabilidad de gabinete, en comparación con el resto. Y hasta logran cifras parecidas en sus distintas versiones de peronismo.

Veamos el caso de Menem y el gobierno de Néstor Kirchner. Memen gobernó 125 meses y tuvo 44 ministros; Kirchner, 54 meses y tuvo 19 ministros, en ambos, el promedio es de un ministro cada de 2,8 meses. Pero en el caso de Menem existieron varios ministros que rotaron de puestos, en cambio en el de Kirchner se designaron nuevos integrantes. En el caso de Menem, los cambios de gabinete se producían como respuesta frente a situaciones críticas o cambios de rumbos en las políticas del Gobierno. En el Gobierno de Kirchner los cambios no pretendían traslucir modificaciones de políticas.

CRISTINA Y SU GABINETE

El cambio que hace Cristina Kirchner es el primero desde la asunción de su segundo mandato. Podrían haberse esperado modificaciones en el Ministerio de Economía. Recientemente su titular, Hernán Lorenzino, sorprendió cuando ante una periodista de un medio griego expresó –en off– “me quiero ir”. El incordio sobrevino luego de ser interrogado acerca de la inflación. El cambio ministerial se trató, en realidad, de una salida, un ingreso y un enroque. Nilda Garré dejó su cargo de ministra de Seguridad y, en su lugar, estará el hasta entonces ministro de Defensa, Arturo Puricelli. El cargo dejado vacante por Puricelli será ocupado por Agustín Rossi, quién abandona la jefatura del bloque de diputados oficialista. La vicejefa del bloque, Juliana Di Tullio lo reemplazará, al menos hasta diciembre.

Garré venía desempeñando un desdibujado papel que alcanzó su máxima exposición pública negativa con motivo del conflicto salarial con Gendarmería, a principios del año pasado. El secretario Sergio Berni era quien, en realidad, parecía manejar las riendas del departamento y reportaba a la Presidenta. Garré será propuesta al Congreso como embajadora ante la OEA, destino que no resulta prioritario para la administración kirchnerista.

La gestión de Puricelli tampoco mereció un sobresaliente. Cabe recordar el escandaloso embargo de la fragata Libertad en Ghana y las críticas por el fracaso de la campaña Antártica.

Respecto de Rossi, fue un fiel y leal jefe de bancada que siguió a rajatabla las órdenes presidenciales. Consiguió todas las leyes que fueron iniciativa del Ejecutivo, si bien cada vez con resultados más ajustados. Las próximas elecciones legislativas no le ofrecían un buen panorama y la situación del peronismo en Santa Fe está lejos de augurar un promisorio resultado. El alejamiento de María Eugenia Bielsa de la banca provincial y las resistencias que generaba Rossi en sectores del peronismo santafecino no eran condiciones propicias para una renovación del jefe de bloque.

Así las cosas, la renovación parcial parece algo demasiado coyuntural que se agota en el momento y no tendría mayores proyecciones. Cristina no hizo modificaciones en áreas más conflictivas como Economía. Cabe destacar que, a diferencia de Menem y Kirchner, que tenían en el Ministerio de Economía, a sus ministros estrella (Cavallo y Lavagna, respectivamente), la Presidenta le ha quitado todo brillo a ese puesto de relevancia. Es más, Economía se ha convertido en una suerte de consorcio donde cinco funcionarios intentan dar, de vez en cuando y ante los medios, imagen de unidad. Si antes era claro que tras la despedida de Lavagna, Néstor Kirchner conducía la economía, ahora la situación es al menos confusa. Y seguirá siéndolo. Ha optado, también, por un moderado enroque de miembros produciendo así una oxigenación tenue y parcial.

Pero lo que más despierta la atención es que el cambio ministerial no llame la menor atención. Es cierto que siempre hubo una “mesa chica” de mayor intimidad o los clásicos “entornos”, donde los presidentes tomaron sus decisiones más cruciales, pero siempre existieron también las reuniones plenarias del Mandatario y sus secretarios de despacho. El ministerio ha perdido entidad a lo largo de los años. El gabinete no existe como instancia de toma de decisiones, siquiera como reunión social. El presidente ha concentrado mayor poder y ocupado la centralidad absoluta.

Siempre el Poder Ejecutivo fue unipersonal, pero siempre también contó con un cuerpo de colaboradores de mayor o menor nota y relieve. Si en el sistema parlamentario todavía existe una suerte de “gabinete en las sombras”, en nuestro sistema presidencial hemos inventado “el gabinete invisible”. ¿O será que a la década ganada se le ha perdido el gabinete? La respuesta parece no importarle a nadie.

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