Ejército y política

Las lecciones deberían aprenderse: la politización de las FF.AA. siempre fue un error político de los civiles

La designación del General César Milani trajo nuevas complicaciones para el Go bier no. Su supuesta participación respecto al espinoso tema de los derechos humanos, sus funciones de inteligencia en una sociedad política que ha denunciado cierto espionaje desde el Gobierno y las dudas sobre los méritos de su acumulación patrimonial son algunos de los temas en cuestión. Hasta los organismos de derechos humanos evidenciaron diferencias. Madres y Abuelas en alineamiento con el Gobierno y el CELS, frenando la aprobación del ascenso del militar, con una nota en la cual aconsejaban su rechazo.

Frente a esta delicada situación, el Gobierno decidió posponer el tratamiento de Milani en el Senado. El mencionado general recibió el apoyo de varios funcionarios del Gobierno y de la propia Presidenta. Todo lo endilgado al polémico general puede ser verdad o no, en todo caso será tema de prueba y más teniendo en cuenta el tiempo preelectoral donde emergen siempre acusaciones contra figuras del Gobierno y los opositores. Pero resulta curioso que un Gobierno que ha hecho de los derechos humanos su bandera, sostenga a una figura cuestionada, si bien constitucionalmente se presume la inocencia de todo ciudadano antes de un juicio condenatorio y firme.

Hay otra cuestión que es quizá igual o más importante y no es materia de prueba. La apelación a un “proyecto nacional” al cual no deberían ser ajenas las Fuerzas Armadas (FF.AA.). ¿Qué se quiere decir con eso? Sugestivamente, parece adentrarnos en la espinosa cuestión de Ejército y política (con minúscula). Las palabras presidenciales respecto de su responsabilidad de “incorporar a las Fuerzas Armadas a este proyecto de desarrollo nacional” no resultan probablemente las más apropiadas. Es un recuerdo presente aquel intento de un Ejército nacional y popular –liderado por el General Jorge Carcagno– comprometido políticamente con los abreviados tiempos del camporismo que realmente existió, unos pocos meses, en 1973.

La politización de las FF.AA. en democracia comenzó en la época de Hipólito Yrigoyen, y de allí en más fue práctica común. 1930 fue una bisagra. Antes, por cierto, existieron muchos levantamientos contra las autoridades constituidas, pero ningún intento había sido exitoso. El Siglo XX se vio atravesado de militares liberales y nacionalistas, peronistas y antiperonistas, intervencionistas y supuestamente profesionalistas, que tuvieron un papel protagónico o compartido en comunión con oposiciones políticas que Juan Linz calificaría, sin duda, como “desleales” y que tuvieron un papel especial en los golpes militares. Partidos y políticos buscaban sus generales o militares de menor graduación para asegurar o potenciar sus propios intereses en el juego político.

Cuando sobrevino el proceso de transición a la democracia parecía que algunas lecciones habían sido aprendidas. ¿Habrá sido así? Los argentinos volvemos a territorios comunes y pasados como si fueran una novedad revelada. La compulsión a la repetición parece ser una constante; es el mito de nuestro eterno retorno. El asesoramiento amateur, la lectura light de la historia y la improvisación que remachaba Ezequiel Martínez Estrada en su “Radiografía de la pampa” parece que está en nuestro ADN político.

Alfred Stepan, en su libro “Repensado a los militares en política” aconsejaba que los civiles aprendieran, de una vez por todas, a lidiar con el tema militar conociendo la política uniformada y estableciendo los contornos de su ubicación dentro de un aparato estatal enmarcado en el régimen democrático. Alain Rouquié nos recordaba que el tema de la relación con los militares era, también, un problema intraestatal. Más atrás estaban los teóricos que pretendían dar cuenta del papel general de las FF.AA. en política: Samuel Finer (“The Man on Horseback”), Samuel Huntington (“The Soldier and the State”) y John Johnson (“Militares y sociedad en América Latina”). Allí esgrimían las variables de cultura política, la profesionalización de las FF.AA. y la cuestión de la hegemonía política y social.

¿En la Argentina eran los militares los que se lanzaban sobre el poder o eran los civiles quienes los incentivaban? Un repaso sobre la dinámica golpista y los gobiernos emergentes muestra indubitable fusión cívico-militar en las aventuras antidemocráticas. Otro debate de vuelo más teórico trató de responder a la pregunta sobre la intervención de los militares en política. ¿La causa de la intervención de los militares en política se debía a las organizaciones armadas o al funcionamiento de las instituciones civiles?

Para el historiador estadounidense Robert Potash, las condiciones internas del Ejército, desde 1945, explican bastante lo ocurrido en la Argentina y su crónica inestabilidad política. Pero para gran parte de los investigadores el problema partió, principalmente, desde las instituciones civiles. Para Torcuato Di Tella: “No hay por qué perder tiempo, por lo tanto, tratando de convencer a los militares de las virtudes de la democracia, es suficiente establecer el orden en la propia casa del mundo civil, y el militarismo no dispondrá más de espacio político (…) La interpretación corriente, según la cual el intervencionismo militar se debe más bien a características de los militares, o en todo caso a la cultura política, es sin embargo demasiado fácil en cuanto a explicar el fenómeno”.

En los ’60, Gino Germani y Kalman Silvert opinaban: “La intromisión militar en la estructura del poder político siempre indica, por supuesto, al menos una relativa incapacidad de otras instituciones sociales para manejar eficazmente su poder, y a lo sumo un estado avanzado de descomposición institucional“. En los ’70, Rouquié afirmaba: “Las intervenciones militares en la Argentina son evidentemente inseparables de la inestabilidad política crónica que afecta al país desde hace más de cuarenta años. Pero de ningún modo son su causa. Se presentan, por el contrario, como la consecuencia y la expresión de una prolongada crisis política.

Es, por lo tanto, en la sociedad global, en sus divisiones, sus conflictos, y sus contradicciones en los que hay que buscar los orígenes del poder militar, lo mismo que la inserción de las Fuerzas Armadas en el sistema político y social da cuenta de los mecanismos y modalidades institucionales de la hegemonía castrense”. El papel de las FF.AA. se estableció en democracia restringiendo o vedando su intromisión en cuestiones de seguridad interior e inteligencia.

Puede discutirse acerca de si la política hacia los uniformados, en las distintas administraciones, fue la correcta respecto de los salarios, reequipamiento, política de ascensos y el papel ocupado dentro del aparato estatal, pero quedó clara su necesaria prescindencia respecto de proyectos políticos partidarios o del gobierno de turno, y la sumisión al poder civil y al régimen democrático. El Ejército siempre es “nacional” y parte del aparato estatal. Pero no debe ser parte de un “proyecto nacional” diseñado por un dirigencia que representa a una porción de la población, por más importante que esta sea.

La politización de las FF.AA. ha sido un error político de los civiles. Las lecciones de la historia deberían aprenderse alguna vez. En algún punto de la historia.

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