Votos, economía, seguridad y otras yerbas

El debate sobre la seguridad, si bien está presente en las preocupaciones ciudadanas hace tiempo, ahora ocupa un rol central. ¿Cómo deben responder los políticos?

Les asestan en la cara que es la economía y además que es cosa de estúpido no comprenderlo. ¿Quiénes? Todos, desde cada elector a cada analista, con su voto o con su voz. Así tratan a los políticos que no entienden el rol de esa ciencia que afecta a todos. Y ya lo creo que es así. De hecho, una de las hipótesis más aceptadas por la corriente en los estudios electorales es la que subraya los vínculos entre economía y preferencias políticas.

Pero es sólo una de las hipótesis, porque para mí hay una cuestión extra: no siempre es así. De hecho, el comportamiento electoral es como un “embudo causal”, al decir de Angus Campbell, lo que quiere significar que son muchos elementos que explican una conducta o motivación del voto. Por eso usaré el término velo para graficar el rol de la economía como tema en la generación del consenso público y en su efecto en las campañas electorales.

En el caso de la economía, ese velo representa –simplificadamente– una doble condición: por un lado tapa, minimiza o desdibuja a muchos otros temas cuando la economía funciona bien. La teoría del voto económico parte del supuesto de que la ciudadanía, al razonar políticamente, hace una extrapolación lineal del desempeño económico que se ha tenido hacia lo que ocurrirá en el futuro, y de acuerdo a esas predicciones formula posturas de apoyo u oposición hacia el gobierno. Tanto es así en esta teoría que, incluso, existe una categoría dentro de ella que se denomina voto de “bienestar general”, que si bien entiende que –mayoritariamente- cada cual se preocupa de su seguridad o felicidad más que de la seguridad y felicidad de los demás, hay situaciones en las que alguien, estando mal hoy, ve proyectado su bienestar en lo bien que están los demás.

Pero, por el otro lado, cuando la economía no funciona adecuadamente, ese velo se corre o se levanta y permite o hace aflorar otros temas paralelos o marginados en su impacto previo. No siempre se trata de temas nuevos. Por caso, la seguridad no es un tema nuevo. No siempre ha impactado electoralmente, pero tiene una condición que otros temas no tienen: es el tema de mayor valoración social en la Argentina y en América Latina desde hace una década.

Creo que sólo considerando algunos elementos a escala regional se puede comprender su magnitud. América Latina es la región más violenta del mundo. Tiene el 9% de la población del mundo y el 27% de los homicidios. Diez de los veinte países con mayores tasas de homicidios del mundo están en la región. Según informes de Naciones Unidas, la proporción de robos se ha triplicado en los últimos 25 años, tanto como que el 96% de los homicidas son jóvenes entre 15 y 29 años, al igual que el 86% de las víctimas. No hay país en donde la seguridad ciudadana no emerja como el problema principal según el Latinobarómetro. Todo esto sin siquiera meter el problema de los incentivos al crecimiento de la economía informal que genera el narcotráfico.

Ahí es como entra el juego o la relación con el accionar político de los gobiernos, y de cómo estos hacen intervenir en su propia agenda a la cuestión de la seguridad. Una de las demandas organizacionales clave, aplicada también a los gobiernos, es que deben buscar es ta ble cer su rol y competencia. Enfocarse claramente en ello es vital, pero el rol y la competencia de un gobierno son enormes y, en última instancia, inabarcables.

Pero a lo que se alude es que un gobierno no puede estar ausente del posicionamiento y la respuesta de las demandas prioritarias. Al menos no mucho tiempo. Y la seguridad es una demanda prioritaria. Y la seguridad, con la economía lejos de un momento floreciente, es mucho más prioritaria aún. Yamile Mizrahi sostenía que en un entorno competitivo los gobiernos no sólo tienen que hacer las cosas mejor, sino que tienen que lograr convencer a la población que están haciendo las cosas mejor que lo que ofrece la oposición. Pero, incluso más que ello, la máxima que se desprende de esa afirmación es demasiado importante para que sea obviada: la buena gestión pública no reditúa electoralmente si las prioridades de la gente no son satisfechas.

Esto significa que los gobiernos no pueden prescindir de su “rol” frente a cualquier tema de agenda y que la ciudadanía debe percibir esto. Pero de modo preponderante, inevitable e imperativo, esto que parece una obviedad, no lo es tanto, porque la ciudadanía no siempre percibe que el Gobierno actúa, especialmente en las demandas prioritarias.

Hoy la Argentina debate centralmente la cuestión de la seguridad. No lo hacía hasta hace poco, al menos con la centralidad que se lo hace ahora. Con hechos conmocionantes que posicionan el tema en la provincia de Buenos Aires, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Salta o Mendoza. Con hechos relacionados al narcotráfico y corrupción en Santa Fe y Córdoba que aumentan la percepción de indefensión. Con delitos menores en todo el NEA y NOA y con las fronteras calientes por el tráfico de estupefacientes que se cuelan luego en cualquier barrio de cualquier gran urbe del país. Los gobiernos estaban bastante ausentes del posicionamiento sobre este gran tema.

Y cuando eso no ocurre, la percepción de eficacia gubernamental desciende. Desciende sobre las áreas que gestionan este tema (las peores valoradas en promedio), pero sobre todo desciende el gobierno si la demanda no atendida o silenciada es muy grande, máxime –como se afirmó– en una situación lejana a lo que fue la bonanza económica. Ahí también juega un importante rol el terreno de la comunicación, tanto para legitimar un problema que requiere una determinada dirección, como para legitimar una respuesta pública cuando la dirección es entendida como inadecuada una vez que ya se ha dado. Hoy, este tema se ha colado en la campaña electoral como dominante. Pero son los gobiernos más que los candidatos los que están batallando contra él.

Hacía rato que no se mezclaba tanto la agenda electoral, la gubernamental, y que la economía dejara al descubierto a la inseguridad y otras yerbas. El tiempo juzgará la calidad de las ofertas. Por ahora, sólo la vislumbra la cantidad de la demanda. Y es mucha.

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