¿Por qué está creciendo Marine Le Pen?

(Columna de Luca Sartorio)

El jubilado, el obrero de las ciudades industriales, el pequeño productor agrícola, ilustran distintos perfiles del votante periférico al que ha sabido apelar el Frente Nacional. Marine logra sortear los límites del arco político y logra ubicarse tan a la derecha de la UMP como a la izquierda del PS dependiendo de las circunstancias.

Cinco de cada diez franceses consideran que el Frente Nacional de Marine Le Pen no es un peligro para la democracia. El 45% de la población dice que decepción es la primera palabra que asocia a la Unión Europea y sólo el 18% dice pensar en la palabra esperanza. Más de la mitad observa que en Francia hay un exceso de inmigrantes a los que se les conceden “demasiados derechos”. Muchos sondeos ya empiezan a ubicar a la ultraderecha francesa como la primera fuerza nacional en las próximas elecciones para el Parlamento Europeo. Y todo dentro del contexto del nuevo plan de austeridad anunciado por Manuel Valls, primer ministro del gobierno socialista de François Hollande.

Tras una buena performance en las últimas elecciones municipales, Marine Le Pen se prepara para dar otra sorpresa en los próximos comicios. ¿Quién es esta mujer que amenaza el devenir de la democracia liberal en la Quinta República? Hija del veterano de guerra e histórico conductor del FN, Jean-Marie Le Pen, Marine se hace cargo en 2011 del liderazgo de un partido que se encontraba en bancarrota y al borde de la desaparición. Controvertida, desafiante y poseedora de una desenvuelta oratoria, decide encarar la reconstrucción de un alicaído nacionalismo francés.

Marine encuentra un FN cuyo carácter xenófobo, dogmático y anticuado era resistido por un electorado que decidía marginarlo del arco político tradicional. Es ella la que lleva adelante la renovación de la imagen de una ultraderecha que debió moldear su discurso dentro del marco de la vida republicana. Rechaza contundentemente las acusaciones de xenofobia, margina a los sectores más retrógrados de su dirigencia y encara el proceso de institucionalización del Frente Nacional en la arena política. Sin perder su esencia tan nacionalista como provocadora, integra al FN a los límites del juego democrático y lo devuelve a la primera plana electoral.

La escalada del lepenismo encuentra su potencialidad dentro de la crisis del bipartidismo francés. La alternancia entre el Partido Socialista y la centroderecha de la UMP no ofrece respuestas a una sociedad inmersa en un contexto de crisis económica y deslegitimación de la Unión Europea. Constreñidos por la responsabilidad de la gestión, se muestran limitados ante el discurso políticamente irresponsable de Marine que abarca tanto el fortalecimiento de fronteras en su batalla contra el inmigrante, como el gravamen de las ganancias de grandes grupos económicos. Puede pedir la salida del euro y el endurecimiento de penas a la delincuencia y a la vez articular una prédica antiglobalizadora y de intervención del Estado.

Logra ampliar su base electoral y su adhesión ya no se restringe a un ocasional voto bronca o a un cautivo puñado de extremistas sino que se convierte en la herramienta de representación de la gran masa de franceses que la crisis económica ha dejado al margen. El jubilado, el obrero de las ciudades industriales, el pequeño productor agrícola, ilustran distintos perfiles del votante periférico al que ha sabido apelar el Frente Nacional. Marine logra sortear los límites del arco político y logra ubicarse tan a la derecha de la UMP como a la izquierda del PS dependiendo de las circunstancias. Hace de su ambigüedad ideológica una potencialidad. Prefiere definir al FN sólo como “un gran movimiento patriota”, como lo que ella misma denomina “peronismo a la francesa”.

Lejos de circunscribirse a la escena nacional, Marine ha decidido hacer pie a nivel continental. En una Europa en crisis, la emergencia del nacionalismo como alternativa electoral es una constante a lo largo y a lo ancho de la región. Con el lanzamiento de la supranacional Alianza Europea por la Libertad, busca institucionalizar el boom de lo antisistémico dentro de la Eurocámara. Pretende ponerse a la cabeza de la ola antieuropea que sacude al Viejo Continente e imprimirle su moderna impronta. Marine se encuentra ante el desafío de darle el salto de madurez política a estas distintas expresiones de la ultraderecha en la UE.

Detrás de la consolidación de la AEL, se esconden los primeros intentos de trasladar la exitosa experiencia electoral del Frente Nacional al resto del nacionalismo regional. Moderar el estilo radicalizado, rechazar expresiones xenófobas, incorporarse al ritmo de la democracia liberal para ampliar bases de sustentación ganando aceptación política y competitividad electoral. Es en esa sintonía que decide repeler con dureza la incorporación de movimientos neonazis como el Amanecer Dorado griego o el Jobbik húngaro, despegándose de toda posible relación.

En una apuesta cuyo alcance aún es desconocido, Marine se pone a la cabeza de una ultraderecha europea que ya no pretende ser reducida a una marginal expresión de un extremismo irresponsable sino que anhela ser la voz política que canalice las demandas de un euroescepticismo creciente. Se han encendido las luces de alarma en Europa. Hay una ultraderecha que ha madurado y ha decidido hacer política. Hija del vacío de representación, hizo los deberes y se ha integró a la vida institucional para jugar de igual a igual.

El fenómeno Marine, de magnitud imprevisible se ha constituido como la gran novedad de la vida política europea. Un personaje atrapante, de peligroso ascenso. La contracara de una clase política sin respuestas para dar. Un poco de populismo francés.

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