Una nueva polarización

(Columna de Luis Tonelli)

La Presidenta propone otra oposición más nítida y poderosa que la de república versus populismo: izquierda versus derecha.

El Gobierno ha entrado en una renovada dinámica polarizante, como respuesta a la actitud que en igual sentido encaró la oposición después de la muerte del fiscal Nisman. Sin embargo, a la tradicional línea de oposición entre república y populismo que hasta ahora había predominado, la presidenta Cristina Fernández está proponiendo otra línea ideológicamente más nítida y poderosa (aunque electoralmente más débil): la oposición izquierda y derecha.

El trazo discursivo de esta oposición se vuelve evidente en dos “documentos” escritos (en un hecho “textual” que en sí mismo es novedoso en un kirchnerismo que ha sido fundamentalmente ágrafo y oral). Por un lado, el canciller Héctor Timerman le ha enviado una carta a Estados Unidos y a Israel (pero no a Irán, Siria y Venezuela o a Rusia y a China) pidiéndole que “la Argentina no sea terreno de operaciones de inteligencia internacionales”.

Por el otro, la Presidenta, que ya había dicho “miren al Norte” cuando salieron a la luz supuestas amenazas de muerte a su persona, en carta abierta en Facebook indicó al enemigo como una confabulación dirigida por nuevo estamento golpista (“el Partido Judicial”), bajando al barro de la política a fiscales y jueces, y poniéndolos como la punta del iceberg opositor integrado por los grandes medios críticos, y las fracciones partidarias sindicadas de impotentes.

Uno podría decir que la estrategia izquierdizante ya la había planteado Kirchner con su “transversalidad”. Recordemos, sin embargo, que esa idea fue usada en las magras elecciones del 2003 y bajo el signo del que se vayan todos y que fue desvaneciéndose a medida que el kirchnerismo se enseñoreaba del conurbano. Lo que fue surgiendo y tomo forma fundamentalmente con el ascenso del cristinismo fue la visión lacleausiana indulgente del populismo, antagónica con la idea del republicanismo institucionalista.

En nuevo tren polarizador obviamente es también una respuesta kirchnerista a las citaciones judiciales de Amado Boudou y a la confirmación de Bonadío al frente de la causa Hotesur, cuyo próximo paso (y quien sabe cuándo) será pedir la indagatoria a Máximo Kirchner (cuestión postergada paradójicamente por la muerte de Nisman). De allí la consigna de la contramarcha K: “La democracia no se imputa” que engloba desde las acusaciones contra el vicepresidente hasta las del caso Nisman. Consigna que obviamente vulnera a su vez la consigna número uno de la publicidad de que si querés que alguien piense en un elefante tenés que pedirle “que no piense en un elefante”.

Obviamente, el más perjudicado por este tren hiperpolarizante es Daniel Scioli, que no tiene nada que ver con la izquierda ni con la derecha sino todo lo contrario. Pero fiel a su estilo, se coloca lo más cerca posible de la Presidenta para entrar como los boxeadores en clinch con ella y tratar de neutralizar el furioso ataque K sobre su imagen. Ciertamente, un Scioli desconocido salió a denunciar sectores golpistas en la marcha del 18F. Es que siendo un político del “paso a paso” sabe que primero hay que ganar las PASO del FpV y después se verá. Su “kirchnerización” delata también el crecimiento relativo de Florencio Randazzo gracias a la predilección presidencial por el ministro de Interior y Transporte.

El que redobló la apuesta polarizante, como una confirmación en espejo de la estrategia presidencial, fue Maurico Macri, que después de muchos meses de coqueteo con el radicalismo para convertirse en el adalid antiperonista, ahora no tiene empacho en ser tildado de representar “la derecha” con la incorporación de Carlos Reutemann. Se dejó hasta filtrar desde el despacho del jefe de Gobierno que “El Lole” podía ser el vice de MM.

Lo cual no significa el fin de las conversaciones con la UCR, pero sí la bajada de precio, lo cual augura algo que ya estaba anunciado de antemano: que en la Convención del partido centenario no habrá mayores novedades coalicionales a nivel nacional –siguiendo todas las coaliciones a nivel provincial y local que convengan–.

Ciertamente la confrontación izquierda–derecha, llevada a sus últimas consecuencias presenta un escenario preocupante (si todo se sigue desarrollando con la bestialidad que Patricio Mussi definió frente a la Presidente lo que viene). Ese escenario que algunos imaginan es uno en que la radicalización verbal se convierte cada día más en violencia política (o sea, una venezualización de Argentina). Los hitos de la radicalización serían los siguientes y a modo de ejemplo: 1) el juez Bonadío llama a declarar a Máximo Kirchner, 2) MK se resiste y CFK detiene al juez y a fiscales seleccionados por golpistas, 3) la oposición convoca a una gran marcha que 4) es respondida con una contramarcha y 5) se desata un caos con desarrollo imprevisible.

Pero por lo obvio del desenlace, parece bastante improbable que la Presidenta siga este curso de colisión, mientras que el “victimizarse” pareciera brindarle mucho más rédito con declaraciones del tipo: “No vienen por mí, no vienen por mi hijo. Eso es lo de menos. Ustedes saben: vienen por sus conquistas”.

En medio de la emergencia incipiente de dos polos (que estará haciendo las delicias de Torcuato Di Tella que siempre preconizó la necesidad de una izquierda y una derecha para reemplazar la anomalía del peronismo y el antiperonismo en Argentina), Massa aparece un tanto descolocado y se verá si cobran fuerza las negociaciones con el radicalismo a nivel nacional, cuyo interlocutor es Gerardo Morales.

Massa necesita imperiosamente empardar la movida de Macri atrayendo a un peronista como Reutemann cuando se suponía que el efecto succión sobre el peronismo disidente era todo del ex intendente de Tigre. Obviamente, el “tajaí” no parece ser un arma suficiente para lograr este objetivo (los publicistas son aquellos especialistas en ganar elecciones cuando ellas ya están ganadas). Un acuerdo de Massa con la UCR sería algo que puede tener ese octanaje, pero la gran pregunta es si el radicalismo no se ha resignado a ser una suerte de PMDB con cierto dominio territorial pero sin siquiera imponer el vicepresidente en la fórmula presidencial.

De todas maneras, todos estos son movimientos políticos que todavía no tienen una correlación directa y expresa en las encuestas, en las que los candidatos siguen exhibiendo un mayestático y bastante obvio múltiple empate técnico.

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