Los tres Scioli

Si el gobernador accede a la Presidencia, tendrá tres modelos de relación con el kirchnerismo. ¿Cuál seguirá?

S cioli tiene varias tareas y desafíos. El primero, ganar. El segundo, poder gobernar. Para poder ganar Scioli deberá continuar con su paciente equilibrio entre su lealtad y fe kirchnerista y su singularidad “sciolista”. Hacia adentro del oficialismo es visto como el candidato menos kirchnerista del kirchnerismo. Pero es el mejor colocado en las encuestas. Lejos está Randazzo como serio desafío en las internas. Y más aún el resto de los candidatos. Además, el gobernador presenta un perfil que resulta apto para el apoyo de expresiones no kirchneristas. No es poco. Para ganar necesitará la aprobación última y clara de la Presidenta que le aportará el caudal kirchnerista, el voto de aquellos que lo ven como un moderado que refleja la continuidad con ciertos cambios y, por último pero no menos importante, será necesaria una oposición que mantenga una proporción suficiente de fragmentación que le permita ganar en primera vuelta o en la eventualidad de una segunda ronda. ¿Qué favorece más a Scioli: la polarización entre Gobierno y oposición o la mera fragmentación de la oposición? Es demasiado obvio –menos para los candidatos no kirchneristas- que cuanto menos fragmentados estén los opositores tendrán más probabilidades de arrebatarle el Gobierno al oficialismo. Pero todavía falta para tener un cuadro claro de lo que vendrá en pocos meses.

Para poder gobernar, suponiendo que Scioli ya ha ganado, podrá tener tres actitudes básicas respecto del “abrazo kirchnerista”. Intentar despegarse del kirchnerismo cristinizado, establecer acuerdos con aquél o bien quedar cooptado y ser una suerte de gerente del proyecto. Tres Sciolis distintos. En relación con el primero, no parece compatible con la personalidad de Scioli hacer lo que Kirchner hizo con Duhlade: arrojarlo al cesto de los deshechos. Tampoco es mera cuestión de deseos, sino de habilidad. Y sin duda de posibilidad. Nunca le sería fácil a Scioli comenzar la demolición del kirchnerismo más hostil pues debería empezar por la propia Presidenta. Además, a medida que los días pasan, más partidarios oficialistas arriban a las distintas agencias estatales.

Respecto al segundo Scioli, establecer acuerdos con el kirchnerismo cristinizado iría más en sintonía con su personalidad. Pero en los acuerdos se puede ganar y perder. No siempre reflejan simetría. La experiencia muestra que Scioli acepta acuerdos pensando en el pago futuro. Así lo ha demostrado durante estos años. La aceptación del mal trato de los Kirchner tuvo recompensas, siempre hacia el futuro. En otras palabras, si bien los “acuerdos” con el Gobierno no lo tuvieron a él como gran ganador, le permitieron seguir contando políticamente dentro de la fuerza. Y tuvo su premio: la posibilidad de ser el candidato del oficialismo. Esta característica de su personalidad está demasiado arraigada. ¿Podrá ser Scioli distinto a sí mismo? Si Scioli siguiera siendo Scioli, es factible un gobierno con “acuerdos”, pero más que con la oposición, con el kirchnerismo. Algunos dirán que, ahora, la negociación no tiene por qué ser asimétricamente contraria al gobernador pues él será el presidente y que, por esta razón, ya no hay “pago futuro” que esperar. El razonamiento no es del todo correcto. Al presidente podría costarle gobernar si el kirchnerismo ocupa gran parte de la legislatura y la burocracia. Scioli podría acordar y pagar “demasiado caro” si el pago futuro fuera, simplemente, dejarlo gobernar. La única manera de evitar este sobreprecio sería eliminando al acreedor (la opción uno), que no sería ni fácil ni esperable en el Scioli conocido.

La tercera alternativa es un Scioli cooptado totalmente por el oficialismo obrando como una suerte de gerente del proyecto. Pues bien, tampoco el Scioli conocido ha sido alguien que se encolumnó, como otros gobernadores, tras el proyecto oficial. La visión del Scioli obsecuente hasta la médula no es correcta. Ese tipo de sumisión y obediencia ciega puede verse en los que han estado y están cerca de Cristina. Pero Scioli siempre se las ingenió para mostrarle al kirchnerismo, con solapada ironía, su lealtad y obediencia tuerta. Y al mismo tiempo evidenciarle al resto de la población una visión propia del mundo y de la políticaajena al ideario cristinista. Lejos de ser inocente este perfil de “yo no fui” ha sido una magistral muestra de maestría entre el cinismo edulcorado y la hipocresía lavada. Si pudiera psicoanalizarse al kirchnerismo, seguramente las cuestiones ideológicas contra Scioli serían secundarias. Lo que más molestaría en lo profundo es que el gobernador parece haberle tomado el pelo, siempre, al kirchnerismo. Una burla sutil que molesta más que el agravio, la ofensa o la arrogancia. El mejor alumno del kirchnerismo ha sido Scioli. Si el kirchnerismo tiene doble discurso, el relato por un lado y la realidad real por el otro, el gobernador ha seguido el mismo camino. Scioli es kirchnerista y es no kirchnerista. Utiliza el lenguaje para construir una realidad paralela, como lo ha hecho el oficialismo. El relato de Scioli es Scioli. A un mismo tiempo, su lenguaje construye y registra un doble mensaje: el del más kirchnerista y el del menos kirchnerista.

Volviendo a los tres Sciolis posibles, si Scioli sigue siendo Scioli la opción dos es la más esperable. Es sabido que para negociar bien no basta con ser presidente. La gobernabilidad puede estar en juego y, en este sentido, Scioli podría ser acotado en grado extremo. ¿Seguirá siendo el gobernador tan manso que ha sido? Dejando a un lado su personalidad, la idea de un “poder detrás del trono”, no ha funcionado en la Argentina. Quién se ha sentado en el trono, ha querido ejercer el poder. Desde Miguel Juárez Celman, hasta Héctor J. Cámpora (los dos tuvieron que irse del gobierno, pero no siguieron el libreto del mentor–Roca y Perón, respectivamente–).

¿Por qué dar por sentado que el kirchnerismo acotará –y hasta hostigará– al futuro presidente Scioli? La respuesta es sencilla: porque no tiene otro remedio. Su destino está atado a un Scioli efímero. Si Scioli ganase, tendría la posibilidad –y probabilidad– de gobernar ocho años. Tiempo que sería suficiente para que ocurriera el colapso del kirchnerismo por muerte lenta. Si Scioli fuera presidente, la supervivencia del kirchnerismo estaría más cercana al fracaso del sciolismo. Pero también podrían salvarse los actuales kirchneristas con su pase o migración al futuro sciolismo. El ADN peronista tiende a activar las migraciones hacia aquel que ha ganado la presidencia, así ha sido con Menem, Duhalde y Kirchner. ¿Por qué no lo sería ahora? Quizá, por tres cuestiones. La primera, porque el kirchnerismo está dejando una estructura residual de importancia en las tres ramas del Estado,que no lo habíanhecho los otros ex mandatarios. La segunda porque se ha construido una identidad política (K) significativa en los últimos doce años. Y tercero, porque quien será ex presidente es Cristina Kirchner, la menos peronista de los presidentes peronistas.

La Presidenta podrá tener muchas virtudes, pero ha tenido no pocos desaciertos. Uno de ellos fue la elección de Boudou. El vicepresidente hubiera sido el candidato ideal. El único que le hubiera garantizado a Cristina la sucesión de un “presidente efímero” pues constitucionalmente no hubiera podido gobernar más de cuatro años. Pero la presidenta se equivocó con su elección. Las malas decisiones se pagan en el presente y también en el futuro. No estaríamos hablando de Scioli, ahora, si el candidato a la presidencia hubiera sido Boudou. Pero no ha sido así. Si Scioli gana, habrá tres Sciolis posibles, uno más probable que los otros, pero todos bajo el persistente fuego kirchnerista que pretenderá instaurar un presidente efímero. Frente a los tres Sciolis, no cabe esperar más que una sola Cristina.


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