¿Nueva política?

El “mapa” del voto de la segunda vuelta en la Ciudad de Buenos Aires indica cualquier cosa menos “independencia” del voto.

Mauricio Macri está en una encrucijada: o acepta que el modo en quequiso entender la política estaba equivocado o bien prefiere olvidarse de ganar, quedarse con su verdad y juzgar que todos los demás son los equivocados.

Para Macri y los suyos, el 2001 marcó un antes y un después en la política nacional, y en eso es imposible no estar de acuerdo (cosa muy diferente a estar de acuerdo en el modo en que la crisis ha impactado sobre la política). En la visión del todavía jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en la que está acompañado no solo de sus colaboradores más íntimos sino también de prominentes académicos, la crisis marcó el ascenso imparable de la demanda ciudadana por una nueva política. En esta perspectiva, el “que se vayan todos” jubiló tanto a la clase política como a sus prácticas y cualquier nostálgico que a ella se asociara sería castigado por la sociedad.

La nueva política tiene una fórmula sencillísima: todo se trata en ofrecer lo que “la gente” quiere. Que la vieja política siga sobreviviendo se trata simplemente de un problema de oferta. Una vez que la nueva política genera sus “productos”, entonces la vieja política queda desplazada de una vez y para siempre.

Obvio, no hay como un triunfo para validar una hipótesis política, y Macri llegó al Gobierno de la Ciudad repartiendo globos, pintándosede amarillo y siguiendo encuestas a pie juntillas. De todos modos, como ya sospechaba David Hume, correlación no es lo mismo que causalidad. El cielo de París se llena de cigüe- ñas en primavera, justo cuando se da la mayor tasa de natalidad en esa ciudad, y no por eso vamos a colegir que la hipótesis para infantes que a los chicos los trae la cigüeña queda por eso demostrada.

Uno podría presentar hipótesis alternativas, sin ninguna pretensión de verdad absoluta ni mucho menos, tal como que Macri se aprovechó de la crisis de los partidos políticos de la ciudad de Buenos Aires y que fue beneficiario de algo tan viejo como el voto estratégico (artilugio que el domingo 19 pasado se le volvió en contra como un boomerang). La cuestión es así: uno vota, dentro de los que tienen posibilidades de ganar, a quien más prefiere. Si no tiene posibilidades de ganar el candidato a quien se prefiere, entonces se vota a quien le puede ganar a quien menos se prefiere.

La crisis de los partidos en la benemérita Ciudad de Santa María de los Buenos Aires rompió la coordinación del voto estabilizada vía partidos, y abrió con la pregunta: “¿Y ahora a quien corno voto?”. La Caja de Pándora de la multiplicación de las posibilidades electorales –cosa que no sucedió en la mayoría de las provincias, ni tampoco en el deep conurbane bonaerensis. Más que una nueva forma de representación y la mar en coche, desde esta perspectiva que podríamos llamar “magra”, el ascenso de las celebrities vienen a resolver evolutivamente (o involutivamente, whatever) los problemas de coordinación que siempre se dan cuanto vota bocha de gente, como se dice en mi barrio natal de La Bernalesa.

El problema es cuando analistas y académicos son los que homogenizan ese calidoscopio que gira enloquecido, producto precisamente de la debilidad institucional partidaria, cosa que es muy diferente que equiparar a la emergencia del “voto independiente=gente”. El voto independiente es un tabula rasa que responde pavlovianamente a los estímulos publicitarios pretendiendo identificar el producto que ofrecen con las demandas desnudas de lo que ese consumidor-votante quiere. Cosa que termina, se sabe bien, en políticos que se parecen mucho entre sí, como las aguas minerales, solo diferenciándose –a precios similares– por sus logos, su packaging y por la cercanía a la mano, según quede colocado en la batea de los hipermercados.

Un problema es dejarle a los votantes, ya no la responsabilidad de sufragar sino de “hacer de analistas”, como algunos reificadores de la “opinión pública” pretenden hacer (perdón por la palabreja para denominar a los que le dan una entidad cusi material a las manifestaciones de los encuestados y que no usaba desde mi última clase sobre la Escuela de Frankfurt hace bastante tiempo atrás). Entonces, se le pregunta a los entrevistados qué opinan de los partidos políticos, de la política y acerca de las caras de los candidatos y, a par tir de eso, se infieren sus comportamientos.

Pero, dado que los “consumidores electores” también son personas y tienen una historia, esta embedeness (literalmente, empotrados) en una determinada sociabilidad política los hace cualquier cosa menos una tabula rasa. Al debilitarse los partidos políticos como coordinadores del voto, surgen los candidatos, pero estos no son insípidos, inoloros e incoloros, si no también tienen una historia que no puede borrar ni generar totalmente las técnicas de mercadotecnia.

Yendo a la elección de la Capital Federal, no se trata solamente de que Martín Lousteau haya sido mejor candidato en términos publicitarios que Horacio Rodríguez Larreta (en esto huelgan las palabras). Si no, el candidato de ECO hubiera ganado y en la primera vuelta. Simplemente el PRO exuda un síndrome de elementos (que antes hubiéramos denominado ideología) que los asocia a los sectores más pudientes de la sociedad porteña. Asimismo, las características de celebrity de Mauricio Macri, más Boca Juniors más el asistencialismo direccionado por sus socios del peronismo porteño (aquí no hay nueva política que valga), le permitió consolidar al PRO un voto en los sectores más bajos de la población –incluso la Villa 31 en Retiro–.

O sea, la composición electoral típica (sectores altos y medios altos y bajos no estructurados) que tienen en todo el mundo los partidos políticos más recostados en la “derecha de su televisor, señora” (como decía un comentarista deportivo, años ha). O para decirlo más brutalmente, la etiqueta de nueva política no disimuló el acento y la prosapia “cheta” del PRO. Frente a este arrinconamiento en un extremo, la estrategia de Lousteau fue clásica: situarse en el medio del espectro político (onda, gestión PRO e ideas progres) y, en una segunda vuelta, disfrutar del voto estratégico de los que se encontraban en las antípodas del PRO. Claro que el líder de ECO tenía un claro enemigo, el voto en blanco, que siempre queda sobreestimado en las encuestas, porque es un expediente sencillo y no estigmatizado socialmente para esconder un voto que va contra la identidad política de algunos votantes puros.

El “mapa” del voto de la segunda vuelta en la Ciudad de Buenos Aires indica cualquier cosa menos “independencia” del voto: el voto hacia Martín Lousteau se enseñorea de la Avenida Rivadavia, reino de la clase media “capitalina” –gentilicio usado por Néstor Kirchner– ensanchándose su dominio hacia el oeste, o sea, el que fue siempre el reino del radicalismo porteño.

Si esto sucede en la muy posmoderna Ciudad de Buenos Aires, uno puede imaginarse lo que sucede de pretender que todo el país se encuentre dominado por la nueva política. Los resultados de Santa Fe, de Córdoba e incluso de Mendoza señalan otra cosa. Técnicamente, se denomina este problema como “disociación cognitiva”. Llevado al extremo, simplemente podríamos llamarlo locura.

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