No todos ganan (ni todos pierden)

La foto de los candidatos sonrientes que dejó las PASO no es real. No pueden ganar todos, ni tampoco perder. Uno gana y el resto pierde. Y para ganar hace falta ser audaz.

La oposición tiene problemas aritméticos y de egos. No logró entender que para ganar debían integrar un espacio común de competencia y negociación entre todos los pretendientes a la Presidencia. Una aritmética boba de sumar los votos de Cambiemos y UNA (o de Mauricio Macri y Sergio Massa) hubiera convertido a los perdedores en ganadores. Pero los egos parece que pueden más. El riesgo es que todos pierdan. Tan claro como sencillo. En cambio, el oficialismo junta todas sus partes, aparentemente incompatibles, sciolismo y kirchnerismo duro. El objetivo es ganar, luego se verá (la cuestión de Gobierno es otra cosa). Peronismo puro y conocido.

Los resultados de las PASO no trajeron demasiadas sorpresas. El FpV obtuvo el 38,41%, Cambiemos el 30,07% y UNA el 20,63%. Scioli no está lejos de lograr el 40% y capturando votos de independientes y otras fracciones peronistas podría, además, alcanzar la distancia de más del 10% con el segundo. Macri deberá retener los votos de Ernesto Sanz y Elisa Carrió para no bajar la cifra y, además, deberá captar otros apoyos. Y el objetivo de Massa es alcanzar a Macri para, en el mejor de los casos, ser él el protagonista de una segunda ronda. Todos se sintieron ganadores, pero todos saben que podrían haber superado sus marcas.

Tanto errores como aciertos pueden vincularse con los resultados logrados. El número de Macri parece responder a una estrategia de campaña realmente extraña, como para no sumar votos y apoyos. La estrategia de “PRO puro” nunca pareció adecuada. Querer sumar restando no se entiende. El no hablar ni decir nada –también como estrategia de comunicación– obedeció a los consejos de un asesoramiento sin brújula. ¿Cómo ubicarse en el papel opositor si el supuesto discurso crítico no lo es? Si el objetivo era captar votos de electores que se ubicaban a mitad de camino entre el cambio y la continuidad, la ingenuidad no pudo ser mayor. Para correrse al centro se superpuso con el sciolismo. El discurso de Macri en ocasión de la doble vuelta en la CABA no pudo ser menos feliz. ¿Quién lo habrá asesorado? El que lo hizo, de seguir así, le asegurará una cómoda derrota. Y los spots de campaña no agregaron por cierto nada. Un Macri dándole la mano o palmadas en los hombros a la gente que lo mira extasiada no puede ser menos creíble. En síntesis, la campaña perfiló un partido vecinal con deseos de nacionalizarse (no se sabe cómo). Massa, por el contrario, llegaba a las primarias con baja expectativa luego de la caída que reportaban las encuestas en los últimos meses. Pero su estrategia fue clara: un discurso opositor al Gobierno y propuestas en temas específicos. Sus resultados fueron mejor que los esperados. Los candidatos deberían tomar nota de que no todo el electorado es un conjunto de entes emotivos y descerebrados. De pronto, discutir temas y propuestas y clarificar la posición de quien compite puede ser un buen negocio. Además, ¿qué era lo que se jugaba en estas PASO? Nada más y nada menos que la disputa sobre quién lideraba la oposición. Las PASO nos dan una primera impresión de las preferencias en un momento dado y de acuerdo a determinados intereses. Sobre quien lidera la elección y quien puede disputarle ese liderazgo. La función de resolver las candidaturas partidarias en primarias se cumple escasamente –al menos hasta ahora– porque o bien no existen alternativas (como en la candidatura de Daniel Scioli) o bien los resultados son cantados (el triunfo de Macri y el de Massa).

La supuesta polarización no se ha dado. Y parece obvio que así haya sido si parte de los competidores pretenden recorrer el mismo camino y ocupar el mismo espacio. Para polarizar hay que construir oposición y las PASO eran la primera oportunidad para ello. No se entendió y se equivocó la estrategia. Cabe esperar ahora, en la campaña que comenzó el día siguiente de las PASO, que Macri deje el rol edulcorado que le asignaron sus estrategas y explique en qué consiste el cambio de Cambiemos, con propuestas y posiciones claras. Massa continuará con su discurso duro y hablando de lo que hará en su Gobierno pues podría cosechar mejores resultados y en el tiempo que resta ocupar el lugar de opositor que le fue dejando Macri.

Los números del FpV son consistentes. Reflejan el piso kirchnerista y el aporte sciolista. Scioli se ha comportado, hasta ahora, como siempre. Previsible y hasta repetitivo. Tampoco él dice demasiado, pero lo suyo no es proponer sino provocar la identificación de la gente con su persona, movilizar empatías y convencer que algún tipo de milagro es posible. Que él es el milagro. No caben las propuestas pues su función ha sido juntar los pedazos de peronismo para llevarlo al triunfo. Día a día y en la medida que la victoria se torna probable las resistencias kirchneristas contra Scioli se van aflojando. La cuestión del Gobierno y la disputa del poder intramuros del peronismo será cuestión de otro capítulo, en otro tiempo. Y es otro final abierto. La aritmética que ronda al peronismo es básica y clásica. Va a una elección unido y enfrenta a una oposición fragmentada. Puede llegar a las dos hipótesis normativas que le darían el triunfo: el 45% de los votos o el 40% con una distancia mayor de diez. Para ello deberá seducir los votos peronistas que se han quedado sin candidato (como los de José Manuel de la Sota) o los que continúan en carrera (como los de Rodríguez Saá). Las PASO también mostraron un panorama interesante en la provincia de Buenos Aires. La interna oficialista la ganó Aníbal Fernández, Felipe Solá obtuvo un buen resultado y la mejor actuación la tuvo María Eugenia Vidal. Cuánto aporta y cuánto quita Fernández a la fórmula del FpV es algo que se verá. Lo interesante es que las primarias en la provincia de Buenos Aires le darán una mayor competitividad al distrito más importante del país.

Los discursos de Macri y Massa antes de cerrar sus intervenciones fueron sugestivos aunque un tanto extemporáneos. Macri dijo “juntos somos más”, “juntos somos más”. Massa invitó a todos los candidatos a reunirse y presentar sus propuestas. ¿Un clima preparatorio de futuros acuerdos o reconocimiento tibio de estrategias equivocadas? Quizá una mezcla de ambas cosas. ¿Cómo pueden acercarse los competidores? Ya pasó la hora de las alianzas y las candidaturas, y a la primera vuelta irán todos por su propio lugar, y difícilmente se harán concesiones. La hora de las transacciones será el interregno entre la primera y la segunda vuelta, en caso de haberla. Pero puede ser tarde. Pero así y todo, Macri, además de asumir un perfil opositor respecto del kirchnerismo, debería pensar en términos de acuerdos y coaliciones abandonando la fallida estrategia del “PRO puro”. Y Massa seguramente, además de profundizar su duro discurso opositor, intentará una negociación que le sume apoyos. Alguien debió haber dicho alguna vez que lo que le falta a la oposición es peronizarse. Algo que se traduce como el pragmatismo óptimo para ganar una elección, y si esto no se puede lograr retener todo el poder posible y si esto se complica licuar el poder ajeno. El realismo político del peronismo –versión menemista, kirchnerista, cristinista y sciolista– se encuentra en los antípodas del idealismo ingenuo que insisten en repetir los opositores de ocasión. Ese realismo explica por qué Scioli se encuentra cerca de lograr su meta. La foto de los candidatos sonrientes que dejó las PASO no es real. No pueden ganar todos, ni tampoco perder. Uno gana y el resto pierde. Y para ganar hace falta ser audaz. Salvo Fernando de la Rúa, los que llegaron a la presidencia, desde 1983, fueron los más audaces de su momento: Alfonsín, Menem y Kirchner. Disputaron su lugar en la Historia sin medir los efectos de cada gesto y cada palabra. La cosmética electoral no tenía relieve frente al discurso encendido y la pasión que transmitían. De eso se trata ahora. El final está abierto y el más audaz podrá cerrarlo.

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