Del frío al calor

El electorado votó en modo wait and see y las PASO funcionaron como lo que son, y no como primera vuelta.

Por estas horas, la oposición está mostrando, finalmente, vocación de poder. Acaballada en la constante y enérgica acción de los medios críticos del Gobierno –radicalizada luego del triunfo en la interna peronista de la dupla Aníbal Fernández-Martín Sabbatella– y aprovechando contextos, mala suerte, contradicciones y errores no forzados en el oficialismo. Un triunfo descontado del FpV en Tucumán fue convertido por la conjunción de ejércitos opositores en una derrota nacional mediática.

En la política, como en el amor y la guerra, todo parece ser válido en Argentina. Incluso decir la verdad. Los sucesos de Tucumán exhiben lo que todos sabemos: ni el neoliberalismo ni el populismo han contribuido en aumentar la calidad de nuestra democracia. Hemos oscilado entre la exclusión y el clientelismo, siendo los más damnificados los propios sujetos de esas prácticas. La política, sin límites desde la sociedad civil, encuentra en esos parajes desangelados, su curso. La pasividad, y hasta complicidad, se convierte esporádicamente en rebelión como manifestación de la impotencia.

La polarización fría y vacía antes de las PASO tuvo como efecto la disimulación del conflicto entre los polos K y anti-K, al que se le suma un centro cada vez más pasivo y desinteresado de la política.

Tanto Daniel Scioli como Mauricio Macri pensaron en engullirse ese electorado flotante sólo con sus respectivas presencias. Uno apostó a la polarización en busca de esos puntos que le permitieran ilusionarse con ganar en primera vuelta. El otro, para ilusionarse en forzar una segunda vuelta. Pero esa polarización esperable no se dio. Se mantuvo latente. Mucho del electorado votó en modo wait and see. Las PASO funcionaron, así, como PASO, y no como primera vuelta. Ahora, tanto Scioli como Macri parecen haberse tomado en serio la polarización. Al menos, están adoptando la clásica distinción amigo-enemigo, tan aborrecida cuando la practicaba el kirchnerismo, pero tan arraigada en nuestra política vernácula. Scioli, endureciéndose –y desperfilándose– pretende demostrar que tiene la capacidad de gobernar la compleja sociedad argentina y Macri pretende demostrar que la gente se ha cansado de que al país se gobierne como se lo gobierna. Ambas intenciones se solapan, y entre quienes quieren ambas cosas, que a la sociedad se la gobierne y se la gobierne mejor, hay un equilibrio que puede decidir las cosas.

La oposición intenta hacer del pecado, virtud (o de la virtud, pecado): no hace pie en las provincias más pobres y, cuando lo hace, como en Santiago del Estero o Misiones, lo hace integrando al partido de los oficialismos. Por lo tanto, impulsa a toda marcha la estrategia de victimización que comenzó con la demostración en las elecciones de la ciudad de Buenos Aires de que puede haber transparencia y orden en los comicios.

Por supuesto, tanto la boleta electrónica como las bicisendas son de fácil implementación en una Ciudad-Estado que debería ser Suiza. Y, aún así, vayan a contarles a los habitantes de la 31 que allí no hay prácticas clientelistas. Incluso podemos declamar muy serios que solo el desarrollo es el que terminará con estas prácticas, cosa que en la Argentina de hoy y, en términos prácticos, esto suena como si a la comunidad Qom le prometiéramos que en algún momento van a tener su propio satélite de comunicaciones.

Scioli está más cerca de ganar las elecciones ya que, de los cuatro escenarios posibles, gana en tres. Puede ganar en primera vuelta alcanzando los 45 puntos; puede ganar en primera vuelta, obteniendo más de 40 puntos y sacándole 10 a su competidor y puede ganar en segunda vuelta. Macri puede ganar solo en una segunda vuelta pero, ciertamente, vencer en primera vuelta aparece como más difícil hoy, y en una segunda vuelta Scioli podría aparecer con menos chances –ya que la oposición mostraría el forzar una segunda vuelta como un éxito–.

Pero por ahora los números de un empate FpV y oposición son ficciones: se junta lo que no votó al FpV, pero esa suma es arbitraria. Uno podría decir que en la sociedad argentina anidan tres clivajes: uno, entre el kirchnerismo y el antikirchnerismo; otro, ya mucho más tenue, entre el peronismo y el antiperonismo y, el otro, aún menos definido, entre Daniel Scioli y Mauricio Macri –en la dimensión red carpet de nuestra democracia–. En la pelea K vs anti-K, pierden los K; entre el peronismo y el no peronismo, es un empate, y Scioli le gana a Macri, como personaje.

Ciertamente, Macri se equivocó cuando convirtió la disputa K versus anti-K en una entre el peronismo y el no peronismo. Y a Scioli no le van bien las cosas con el electorado independiente cuando polariza desde el kirchnerismo, desperfilándose (“despersonajisándose”, se podría decir de modo más técnico). Todo indica que el candidato del FpV intenta fidelizar el voto propio y dejar que los demás se disputen el voto opositor para que ninguno llegue a tener mucho más de 30 puntos.

A CFK no le fue mal con esta estrategia, clave en el síndrome de ‘Blancanieves y los 7 Enanitos’ que disfrutó en sus dos elecciones presidenciales. Claro que ahora la situación es diferente y el voto K no supera los 45 puntos sino, más bien, araña los 40. O sea, Scioli está más cerca pero “finito” y, más que cometer errores forzados en estas últimas semanas, ha incurrido en “dobles faltas” muy raras en él. Y todo en un contexto económico internacional y vernáculo que no es tan apocalíptico como algunos opositores quisieran pero que al menos no es tan favorable como los oficialistas quisieran.

El FpV pierde en las grandes ciudades y gana en el conurbano y las provincias interiores en lo que ha sido la coalición territorial kirchnerista clásica. Pero lo hace obteniendo unos cuantos puntos menos que cuando ganó las elecciones –pero más que cuando perdió–. Claro que nunca perdió en las presidenciales y vuela más bajito ahora en esta elección que es presidencial.

La gran pregunta para las elecciones de octubre es adonde se irán los votos que ahora no tienen candidato, ya que fueron eliminados en las PASO, y si el voto a terceros partidos, finalmente, se convertirá en voto estratégico privilegiando alguna de las dos opciones más votadas. ¿Se impondrá en lo decisivo el clivaje K versus anti-K? ¿O bien el de peronismo no peronismo? ¿O finalmente el de Macri versus Scioli? El FpV corre con ventaja cierta y la oposición la corre de atrás. Pero hay una campaña por delante donde nadie, oficialismo y oposición, van a escatimar recurso sanctos y non sanctos. ¡Qué paradoja! En el momento más democrático de la democracia, que es el momento electoral, es cuando más laceraciones sufre.

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Una respuesta a Del frío al calor

  1. Melina dice:

    La vocacion de poder que ha mostrado la opocision es inegable y lo debe de comprender el oficialismo actual, buen articulo saludos

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