Para entender a los líderes de la región

En El Príncipe democrático sudamericano -prologado por María Matilde Ollier-  los politólogos Nicolás Tereschuk y Mariano Fraschini corren el foco de análisis sobre los gobiernos latinoamericanos del Siglo XXI de las instituciones a los liderazgos presidenciales, un enfoque poco explorado. El libro es el primero de la colección Ideas Argentinas de la editorial Eduvim de la Universidad Nacional de Villa María. En una entrevista con el estadista, los autores repasan los ejes centrales de su obra.

Vemos la experiencia de muchos presidentes latinoamericanos distintos ideológicamente y en sus políticas pero de algún modo similares. ¿Qué es lo que los asemeja?

Tomando aspectos de un marco teórico muy estimulante que provee María Matilde Ollier, lo que buscamos destacar nosotros al realizar un análisis de los casos de Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales, Cristina Kirchner y Alvaro Uribe es señalar que no puede entenderse la estabilidad política en la región durante esta década, ni esta vigencia de presidentes que son validados y revalidados en las urnas, si no se analiza el liderazgo presidencial. En este sentido la forma en la que mejoran su posición políticoinstitucional y generan nuevos recursos de poder (en algunos casos acrecientan los propios) es una dinámica que merece ser analizada y se trata de estrategias que en muchos casos guardan similitudes. Es decir, a pesar de sus diferencias ideológicas (entre Chávez y Uribe son evidentes), nosotros observamos un similar ejercicio del poder.

¿Cuánto influye la economía en la estabilidad lograda en la región en los últimos años?

Por supuesto que un contexto económico próspero impacta de modo favorable en la estabilidad de estas presidencias, pero no es decisivo. Hay que notar que en muchos casos, varios de estos presidentes fueron desafiados en su estabilidad en momentos de auge económico (Lula Da Silva durante el caso del “Mensalao”, Cristina Kirchner con la resolución 125, Correa con la rebelión policial en el 2010, Chávez en innumerables ocasiones), por lo que la variable económica en soledad no logra explicar en plenitud este fenómeno. Y también hay que resaltar que, por ejemplo, en Paraguay cayó un presidente en un momento de auge económico (Fernando Lugo) y que en países con niveles de crecimiento récord, como Perú, los presidentes tienen niveles bajos de aprobación y no son capaces de influir de manera definitiva en sus sucesiones. Además terminan sus presidencias mayoritariamente con un dígito de aceptación popular. Desde allí que para entender la performances de estos liderazgos haya que poner la lupa en la propia actividad del primer mandatario y los recursos de poder que genera y controla durante sus gestiones de gobierno.

Otra particularidad de estos últimos años ha sido la coincidencia de gobiernos fuertes y oposiciones débiles. ¿Hay una correlación entre ambos fenómenos?

El hecho de que en la mayoría de estos casos se termine dando una dinámica que no es tanto oficialismo-oposición sino presidente-oposición y que los presidentes logren acumular recursos de poder y crear nuevos –comunicacionales, financieros, institucionales, etcétera– implica un debilitamiento de la oposición. Hay que recordar que durante los años ’80 y, fundamentalmente, en los ’90, se generó un fenómeno novedoso en Sudamérica que fue la salida anticipada de varios mandatarios sin que eso haya llevado a la caída del régimen democrático. Esta experiencia resultó un aprendizaje para los liderazgos presidenciales del Siglo XXI que entendieron que la concentración del poder político era más una estrategia defensiva para evitar probables caídas, que una lógica elaborada para reelecciones indefinidas. Esta cuestión no es menor, la inestabilidad de los presidentes (y no del presidencialismo, ya que la democracia se mantuvo inalterable) durante décadas constituye una enseñanza que los nuevos liderazgos no despreciaron a la hora de ejercer el poder. Es difícil comprender la estabilidad de estos liderazgos sin incorporar al análisis la inestabilidad de sus precedentes.

Se suele calificar a estos procesos latinoamericanos con un concepto de democracia diferente del tradicional-liberal. ¿Son distintas estas democracias realmente?

Es cierto, estos nuevos liderazgos convocan a construir otro tipo de democracia distinta a la liberal. Y lo hicieron tanto Chávez, Evo o Correa que postularon la “democracia participativa” como Uribe que desarrolló el concepto de “democracia de Opinión”. Es decir de izquierda a derecha, estos líderes intentan superar la democracia tradicional. Pero creemos que esto se mantuvo en el plano discursivo (salvo Venezuela) ya que la democracia tal cual la conocemos, continúa existiendo en estos países. Es cierto, que el protagonismo que han adquirido los institutos de democracia semidirecta como plebiscitos y referendos es innegables (y con ellos se desmontó gran parte del legado neoliberal) aún se mantienen la propiedad privada, la libertad de expresión, la defensa de los derechos humanos y demás elementos fundamentales de la democracia liberal.

Una crítica habitual en torno a estos gobiernos es que en teoría, son poco institucionales. ¿Cómo calificarían ustedes la relación entre estos gobiernos y las instituciones?

Lo primero que hay que preguntarse es sobre qué institucionalidad hablamos. Los liderazgos que analizamos en nuestro libro han reformado la Constitución para ampliar derechos, crear una nueva institucionalidad, y además para permitir reelecciones. Es decir, han transformado las instituciones anteriores y han generado nuevas con el objetivo de garantizar nuevos derechos ciudadanos (sociales en el caso de Chávez, sociales y políticos en el de Evo, civiles en el de Uribe, nos referimos específicamente a la capacidad del Estado de ejercer el poder en el territorio y, por ejemplo, garantizar la libre circulación), y lo han realizado mediante una modalidad “concentradora”, que por supuesto, modificó la institucionalidad precedente. Para decirlo con ejemplos, la nueva institucionalidad Comunal y de las Misiones Bolivarianas en Venezuela sin dudas “afectó” la institucionalidad excluyente y partidocrática del Punto Fijo. La ampliación de derechos constitucionales en Bolivia reemplazó la “democracia consensual” del altiplano incorporando a una gran mayoría de la población a derechos que anteriormente estaban vedados. No coincidimos con análisis que hablan de “deterioro da la calidad institucional” porque en muchos de estos países la “institucionalidad” siempre ha sido “baja” –es decir, las normas son modificadas con asiduidad o no son aplicadas tal cual lo marca su letra–. No vemos un “pasado dorado” de la institucionalidad. Sí vemos modificaciones o una “nueva institucionalidad” que también merece ser analizada.

Según Pierre Ostiguy, una de las dificultades para entender a estos gobiernos se da porque se presentan como parte del pueblo y en contra de actores ajenos a la disputa políticopartidaria como los fondos buitres, Estados Unidos, la ortodoxia, las corporaciones, etcétera, cuando en verdad pueblo y Estado no se pueden fusionar. ¿Cómo ven ustedes esta relación?

Definitivamente, para analizar la dinámica política en Sudamérica no basta con analizar al “sistema político”, a los partidos políticos y sus interrelaciones. Necesariamente hay que incorporar a otro tipo de actores. El libro de Andrés Masi “Los tiempos de Alfonsín”, que también busca hacer foco en la cuestión del liderazgo presidencial en un caso específico, habla de una oposición “políticocorporativa” que se enfrenta al presidente radical. Creemos que este es un buen ejemplo de cómo no basta en muchos de los casos sudamericanos con sólo ceñirse a un análisis de los actores políticos formales para entender y explicar lo que ocurre.

En ese sentido, ¿dónde está el poder hoy? ¿Qué rol juegan los actores extrapartidarios como los multimedios, las corporaciones, los sindicatos, etcétera?

Como decíamos al comienzo, el marco teórico con el que nosotros trabajamos es el de Ollier. Allí se parte del concepto de democracia de baja institucionalización para referirse al régimen político sudamericano. En este tipo de sistema, las fuerzas extrapartidarias tienen un rol central, superior en muchos aspectos a los partidos políticos. La existencia de configuraciones partidarias (en lugar de sistemas de partidos), asimismo, diferencia la experiencia de nuestro continente de la de los países centrales. Esta es la realidad de la que partimos para comprender estos liderazgos. Estos se despliegan en este tipo de democracia de baja institucionalización y, por lo tanto, en este contexto se mueven y ejercen su poder. Es por eso que intentar comprenderlos desde una lógica partidista nos resulta insuficiente, y errónea, ya que en Sudamérica, los empresarios, los sindicatos, los militares, los gobernadores, los indígenas (todas fuentes extrapartidarias de poder) se tornan esenciales para dar cuenta de la performance de los liderazgos presidenciales.

Con los líderes carismáticos siempre se da el problema de la sucesión. En el caso de los gobiernos latinoamericanos, ¿cómo se dio este inconveniente?

Hay para todos los gustos. Pero es claro que la sucesión siempre es y será un problema para esta clase de liderazgos. Fijate que Chávez lo resolvió recién a partir de su enfermedad, Uribe dejó un aliado que terminó convirtiéndose en su opositor, Cristina definió por un candidato que tal vez no fue su elección primaria y Evo y Correa aún no definieron la sucesión y apuestan a reelecciones. Ahora, también en democracias de mayores niveles de institucionalidad, como la uruguaya o la chilena, esto es un problema. En Chile la Concertación no tenía más que una figura a la que apostar, como es el caso de Bachelet, que apuesta a un nuevo mandato. Y en Uruguay vemos el regreso de Tabaré Vázquez, en un contexto de preocupación en el Frente Amplio por la cuestión de la poca renovación generacional. En Brasil se habla de Lula 2018, al PT también se le complica reproducir “nuevos” liderazgos. Como se ve, estos liderazgos van resolviendo sobre la marcha, ya que juegan hasta último momento a retener el poder político en sus manos, o intentan extenderlo por varios períodos. Hay que recordar que el mismo Uribe intentó reforman por segunda vez la Constitución sólo con la intención de reelegirse y contaba en ese momento con una adhesión superior al 70%. Las reelecciones indefinidas no son patrimonio de los presidentes del “giro a la izquierda”, cuidado.

¿Cómo es la relación entre estos líderes y sus sucesores? ¿Pueden acumular suficientes recursos de poder como para reemplazar a su antecesor?

Ahí habrá que analizar cada caso en particular. En Brasil, Dilma y Lula representan lo mismo, como Maduro y Chávez. Ahí no hay que esperar desacuerdos. En Colombia, como se vio, no. Santos expresa otra cosa distinta a Uribe. Y en Argentina está por verse. Pero lo importante acá es entender cuántos recursos de poder puede contar o generar el presidente durante su mandato. Ahí está la clave para comprender el poder real del presidente. Es cierto, la cuestión económica es relevante e incide en la dinámica política, pero los factor endógenos son determinantes para comprender el futuro de estos liderazgos en el poder. Por último, Pérez Molina, Dilma, Cristina, Bachelet, Lugo, todos enfrentaron denuncias de corrupción y pedidos de juicio político o salida anticipada del presidente. ¿Hay una explicación común a esta tendencia? Las denuncias de corrupción son uno de los elementos que aparecen en los casos de inestabilidad presidencial. En general a eso se suma la pérdida de mayorías en el Congreso y –casi en la totalidad de los casos de salidas anticipadas de presidentes– movilizaciones callejeras policlasistas. Pero por sí sola es muy difícil que una denuncia de corrupción derive en una caída del presidente. Tienen que sumarse otros elementos que deriven en mayor debilidad y pérdida de recursos de poder para pasar de una situación de desafío a una de inestabilidad.

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4 Respuestas a Para entender a los líderes de la región

  1. Carlos Gazzera dijo:

    Excelente nota. Muchas gracias.

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