¿Y dónde está el totalitarismo?

El totalitarismo, todavía, sigue buscando su lugar en el mundo. Y ese lugar se llama Estado.

En épocas de tanta conmoción internacional, violencia, refugiados políticos e incertidumbres conviene desempolvar y reactualizar cuestiones relativas a la clasificación de los regímenes políticos. Es otra perspectiva de respuesta de la pregunta: ¿Quién gobierna el mundo? Dejando a un lado los regímenes democráticos, que tienen cantidad de subtipos y aspectos para el debate y la preocupación, nos encontramos con los no democráticos.

En el temprano Siglo XX todavía se blandían en forma un tanto confusa –entre otros– los términos tiranía, dictadura, despotismo y autocracia. Por ejemplo, en 1921 Carl Schmitt publicaba –con absoluta pretensión científica– su texto “Sobre la dictadura”, distinguiendo entre la dictadura comisaria y la dictadura soberana sin olvidar el último capítulo que continúa vigente para todas las democracias actuales. El texto era oportuno para lo que comenzaba a vivir Europa en España, Italia, Alemania y países de la Europa central.

Luego llegó la Segunda Gran Guerra y, cuando ésta acabó, la tarea de clasificar, reclasificar e innovar en materia de regímenes político no fue poca. En 1954 Carl Friederich escribió acerca del totalitarismo y sus cinco características típicas. Dijo estar frente a un fenómeno absolutamente nuevo: el Estado Totalitario. En 1956 la obra de Friederich y Brzezinski agregó otra característica más y quedaron así: ideología oficial, partido único, monopolio de los medios de comunicación, monopolio de los medios de combate, sistema de terror físico y psicológico, economía planificada. En 1951 Hannah Arendt ya había publicado “Los Orígenes del Totalitarismo”. En los setenta Leonard Shapiro señaló otros aspectos que, en su opinión, tenían más trascendencia: el líder, el sometimiento del orden legal, el control de la moral privada, la movilización y la pretensión de legitimidad masiva. Los regímenes totalitarios motivo de los estudios fueron el nazismo y el stalinismo. A los autores mencionados podrían agregarse otras perspectivas y autores como Franz Neumann, Theodor Adorno, Max Horkheimer, Raymond Aron, y otros.

No todo fue cuestión de clasificación y descripción fenomenológica. Había que adentrarse también en la explicación de aquellas experiencias: ¿Cómo habían sido posibles? El auxilio de Weber fue importante (pero insuficiente). La situación crítica o excepcional, la aparición del líder carismápor Mario Serrafero tico, las versiones del “poseso” se aplicaban con facilidad a líderes como Hitler. Desde el aporte de Freud pudo explicarse también el protagonismo de las masas que se “identificaban” con ese líder.

Pero el fenómeno excedió a un sujeto. ¿Cómo fue posible que gran parte de los pueblos adhirieran a los totalitarismos? ¿Cómo pudo realizarse la identificación el líder y sus ideas? Desde la psiquiatría y la psicología se dieron algunas explicaciones. El psiquiatra polaco Gustav Bychowski remarcó la influencia de la ansiedad, el temor y la inseguridad. Erik Erikson habló de regresiones a un estadio adolescente. El psiquiatra rumano Zevedei Barbu hablo de una individuación en condiciones de inseguridad, que produce salidas paranoides, narcisismo o indiferencia. ¿Mentes alteradas? Arendt, simplemente, advirtió la “banalidad del mal” que lejos de encarnarse en un monstruo –como se lo percibía a Eichmann– podía ser en alguien mediocre corriente y un burócrata que no piensa. Las experiencias totalitarias del nazismo y el stalinismo tuvieron su fin en los ’40 y los ’50, respectivamente.

Pero el mundo tenía –y había tenido– regímenes menos extremos. Se afinó el concepto de autoritarismo y fue Linz, en 1964, quien acuño una descripción –más que definición– que todavía sigue siendo la más apropiada o la que goza de mayor consenso académico. Y el autoritarismo tuvo un despliegue generoso de distintas experiencias empíricas y una cantidad no despreciable de subtipos teóricos que desarrolló, por ejemplo, Morlino, entre muchos otros (además del propio Linz). La variedad de autoritarismos pretende cubrir prácticamente los regímenes existentes que no son considerados poliarquías.

En el Siglo XXI comenzó a florecer la literatura sobre nuevos autoritarismos en trabajos de autores como Schedler, Levitsky y Way, que distinguieron entre autoritarismos competitivos, electorales, hegemónicos, etcétera. La experiencia mostraba que las nuevas democracias de la tercera ola no eran poliarquías ni autoritarismos en gran escala. Y los regímenes híbridos se agregaron al análisis de las democracias y los autoritarismos, aunque como señaló Diamond estas experiencias ya existían bajo el nombre de pseudodemocracias.

Y, entre tanto, ¿dónde quedaron los totalitarismos? ¿Debemos quizá acudir a neologismos –otra vez– para cerrar lo que no nos cuadra? No faltará quien propondrá nuevos híbridos entre el autoritarismo y el viejo totalitarismo. Probablemente florecerán nuevas especies en la libre tarea de aumentar y reproducir conceptos. Las características o atributos de los totalitarismo conceptualizados desde los ’50 y que tenían como referencia el nazismo y el stalinismo resultan difíciles de visualizar en las experiencias actuales (salvo algunas excepciones que guardan enormes distancias con las experiencias históricas referidas).

Lo que ocurre es que tanto las democracias como los autoritarismos –y regímenes híbridos– tienen sus estados. Hay estados democráticos y autoritarios (y según los gustos, híbridos). Pero, parece, que el Totalitarismo –con mayúscula– se ha quedado sin Estado. ¿El totalitarismo está buscando estados? Parece que sí. Qué no existan estados totalitarios no implica que no existan totalitarismos. Entre tanta literatura sobre el tema que agregó tantos atributos al fenómeno del totalitarismo el trabajo de Arendt se diferencia, simplifica y pone luz. El último capítulo de “Los Orígenes del Totalitarismo” –versión 1958– se titula “Ideología y Terror”.

Estos dos elementos, la ideología y el terror, son los componentes esenciales de una nueva forma de poder que visualizaba la autora. Decía: “La cuestión que hemos suscitado al comienzo de estas consideraciones (…) es la de qué género de experiencia básica en la vida en común de los hombres penetra una forma de gobierno cuya esencia es el terror y cuyo principio de acción es la lógica del pensamiento ideológico”. Reducción última a dos elementos esenciales del totalitarismo: ideología y terror, que exige el aislamiento de los seres humanos entre sí. La situación caótica de guerra y destrucción de estados y violencia en Africa y Oriente Medio ha originado la mayor migración desde la Segunda Guerra Mundial. El terror se expande y se utiliza un pensamiento ideológico como visión totalizadora del mundo y justificación del accionar.

Terror e ideología que están buscando Estados para asentarse. La situación de los migrantes ponen la mirada en la decisiones de Europa respecto de la recepción refugiados de Africa y Oriente Medio y, ahora, especialmente de Siria. Europa, como Estados Unidos y otras potencias, tienen responsabilidad en una cantidad de cuestiones relativas al conflicto. Y pueden seguir teniéndola si no se advierten que el totalitarismo, todavía, sigue buscando su lugar en el mundo. Y ese lugar se llama: Estado.

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