¿Lapicera, calle o milagro?

Los potenciales escenarios para la relación entre Scioli y el kirchnerismo.

En esta columna se sostuvo, en más de una oportunidad, que si Daniel Scioli gana, probablemente se intentará que sea un Presidente efímero. Hace pocos días Estela de Carlotto lanzó una idea o deseo que causó cierta conmoción: “Scioli será un presidente de transición”. ¿Transición para qué? Para la vuelta de Cristina. En realidad no sería ninguna transición, sino un intervalo de espera que el kirchnerismo lo transformaría en militante vigilia para el seguro retorno de su jefa. Como se dijo en su momento aquí, el destino del kirchnerismo está atado a un Scioli como presidente efímero pues si ganase tendría la posibilidad de gobernar ocho años, dando así partida de defunción a la fuerza política creada por Néstor y Cristina. Defunción cuya causa sería muerte lenta. El kirchnerismo no puede darse esos lujos. Lo suyo, en todo caso, debería ser una derrota en combate jalonando así un fin de relato en clave de épica. La posibilidad de una muerte lenta no le sienta bien.

Desde el pragmatismo peronista, la elección inevitable de Scioli como candidato permite el triunfo. Lo que no es poco. De la idea tajante de que Scioli no representaba el proyecto, hasta la aceptación incondicional de su postulación no hubo estaciones intermedias. Sólo demoraron un poco más en alinearse los llamados intelectuales K que, por buscar la cuadratura del círculo, carecen de esa intuición y plasticidad felina de los políticos K. Pero, una vez Scioli en el Gobierno, la cuestión sería otra. Las especulaciones que se tejen transitan por dos grandes avenidas. Una dice que Scioli ejercerá el poder, que tendrá todos los atributos, que será un Presidente con facultades reales y que Cristina tendrá influencia pero no estará manejando los hilos del Gobierno. O sea, un Presidente definitivo. La figura que simboliza la posibilidad de esta posición es la lapicera. Ese instrumento que sirve para firmar cheques, partidas, presupuestos, ascensos y retiros anticipados. Toda voluntad sucumbiría a esa firma que destraba obstáculos y vehiculiza recursos. En otras palabras, lapicera mata oposición interna.

La repetición de este argumento, en los medios –fast food del análisis político– y por distintos tipos de analistas parece convencer a no pocos. Pero si todo fuera cuestión de tener la lapicera, Fernando de la Rúa no hubiera renunciado y un coro de presidentes fracasados en América Latina hubiera tenido mejor destino. Con la lapicera también se fracasa. El argumento de la lapicera no alcanza. El tema, en todo caso, es quién escribe con esa lapicera y qué cosa escribe. El análisis del fenómeno del ejercicio del poder del cargo se ha banalizado un poco. El manejo de recursos desde el Gobierno central para disciplinar a propios y opositores se vio en la administración de Carlos Menem y se potenció en la era Kirchner con una distribución totalmente asimétrica de la coparticipación federal. Pero antes, en toda la historia, los presidentes ejercieron o intentaron ejercer el poder, independientemente de la lapicera. El poder era –y es- el trono. En Argentina no fue posible ejercer el poder detrás del trono pues el que se sienta en el trono ejerce el poder, de una forma u otra, engrosando su legitimidad o minándola, para su bien o para su mal, triunfando o fracasando.

La cuestión nos lleva a la segunda avenida, la que dice que Scioli será una suerte de Presidente títere de Cristina y que será ella quien ejercerá el poder real. Dicho que el poder detrás del trono no ha sido lo que ha ocurrido en el país, no parece probable que Scioli se preste graciosamente a obrar como un mandatario al servicio de su Majestad. En respuesta a Carlotto, él mismo ha dicho que no será un Presidente de transición. La cuestión entonces parece más compleja. Si Scioli continúa con esta tradición de querer ejercerel poder, las opciones que se abren son, al menos, dos. La primera, el kirchnerismo aceptando el ejercicio real del mandato de Scioli. No parece tampoco muy probable. La segunda, no aceptándolo. En este caso tiene fuerza suficiente en las instituciones para poder condicionar o al menos cogobernar con el Presidente, salvo que éste se lance a construir nuevas coaliciones, lo que no parece ni posible ni probable. No es esperable en Scioli un Presidente combativo contra las huestes kirchneristas. En este marco hay un acuerdo posible: el apoyo del kirchnerismo incrustado en las instituciones a cambio del compromiso firme de un solo mandato del Presidente, o sea, la no candidatura de Scioli en 2019.Scioli se convertiría en un Presidente de transacción que gobierna con relativa autonomía y apoyo K, mantiene cierta lealtad, y se compromete a no presentarse a su reelección. Pero si el acuerdo de voluntades no fuera posible, desde el principio, sería otro el panorama. Si no se pudiere manipular al sciolismo, quedaría la opción de acelerar los tiempos del Presidente (efímero). Supongamos que ante determinadas medidas del Presidente existiera una reacción ciudadana que pusiera a cientos de miles en las calles. Una ola de protestas y movilizaciones instaladas con cierta permanencia en las calles son poco menos que insuperables para cualquier Mandatario. No necesariamente se trataría de un golpe o una acción destituyente sino de una “reacción popular en contra de medidas antipopulares de un presidenteque ha abandonado los logros del proyecto”. Siempre hay buenas razones para justificar lo que se quiere en política. América Latina ofrece muchos ejemplos. Allí estaría Carlos Zannini para tomar el timónde un supuesto barco sin rumbo si el Presidente renunciara. La última vez que De la Rúa usó la lapicera fue para firmar el decreto de Estado de Sitio. La respuesta de la calle fue implacable. En otras palabras: calle mata lapicera.

Pero hay otras avenidas por donde puede transitar el futuro. Supongamos que Scioli –apoyado por no pocos peronistas y gobernadores, entre otros– acertara con una fórmula que reactivara la economía y provocara un mejoramiento en sectores bajos y medios. Y que, además, sellara la grieta con el cemento más poderoso que es la percepción de la mejora del bolsillo y del bienestar colectivo. Como complemento, el diálogo con la oposición y un estilo consensual –nada difícil para Scioli– podrían marcar, además, el definitivo fin de ciclo de la década K. La relación directa entre el Presidente y la gente sería un lógico derivado y su respaldo el antídoto más poderoso contra el poder de política de calle en manos del kirchnerismo. En otras palabras: milagro mata acción callejera. A su vez, incluso los políticos K deberían aceptar el fenómeno de un Scioli constituido en Presidente carismático. ¿Pero podría darse este escenario en uno, dos o tres años? ¿La vuelta del kirchnerismo, en 2019, no necesitaría a un Scioli no exitoso? ¿Cuánto colaboraría el kirchnerismo para que este milagro fuera posible, en caso de serlo? Y si el milagro ocurre, ¿dónde quedaría el kirchnerismo? ¿El kirchnerismo se trasvasaría en el sciolismo? ¿Cristina se haría sciolista?

En realidad, todavía no es seguro que Scioli triunfe en primera vuelta o en segunda. Es el que más posibilidades tiene de lograr la Presidencia, pero resta un tramo. El más importante. Parte de estas reflexiones sobre Scioli, en realidad, podrían extenderse hacia los otros candidatos si se alzaran con el triunfo. El Presidente efímero –con sus distintas variantes– en una alternativa que puede pesar sobre el próximo Presidente, cualquiera fuere, si la cultura política argentina –no sólo la de la última década– se mantiene inalterable. Esa misma cultura es la que suele promover, recurrentemente en la historia, la necesidad de un Presidente eterno, voracidad obscena que se encuentra en los antípodas de una democracia republicana.

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