Trump, estás nominado

(Columna de Juan Negri)

Difícilmente el magnate logre alzarse con la nominación republicana. ¿Cuáles son los motivos?

Entre las referencias actuales a la política estadounidense el comentario obligatorio es la aparición del candidato iconoclasta Donad Trump en la primaria del Partido Republicano. La pregunta, obvio, es si el multimillonario podría dar el batacazo y alzarse con la nominación republicana (y, eventualmente, con la Presidencia).

Para no forzar al lector a aburrirse demasiado, anticipo mi respuesta: no creo que Trump logre ser el candidato de su partido.

Hay motivos para pensar al revés: hay algunas (no muchas) historias de sorpresas electorales. Barack Obama hacía solamente tres años que se desempeñaba como senador cuando desafió exitosamente a la más instalada Hillary Clinton, y James Carter era un marginal gobernador sureño cuando se alzó con la nominación en 1976. Adicionalmente, Trump tiene los fondos suficientes para no depender del financiamiento ligado al establishment partidario republicano (el red circle, como lo llamaría Mauricio Macri).

Pero una mirada atenta al formato mediante el cual los partidos estadounidenses eligen a sus candidatos muestra que las perspectivas de Trump son más complicadas de lo que parecen.

En primer lugar, falta mucho aún. La temporada de primarias comienza en enero de 2016. “Falta una eternidad”, podría decir un operador argentino. Joe Lieberman, Rudy Giuliani y la misma Hillary lideraron alguna vez la intención de voto nacional de sus respectivos partidos. Ninguno de ellos logró aparecer en la boleta. Conforme alguno de los oponentes de Trump (ahora hay alrededor de 15) se baje de la competencia, puede haber un reacomodamiento de preferencias.

En segundo lugar, las encuestas que hoy lo muestran al tope del lote de aspirantes no suelen distinguir entre si los encuestados son eventuales votantes en las primarias. Las mismas se realizan escalonadamente en distintos estados por vez, y los requisitos para votar varían entre ellos. Algunos estados realizan primarias abiertas, otros solamente requieren no estar registrado en un partido diferente al que organiza la primaria, y otros exigen estar registrado en el partido para participar en la interna. Esto es importante porque la mayoría de las encuestas no hace esta distinción, sino que pregunta a nivel nacional por quién votaría el encuestado. Esto termina convirtiendo a las encuestas en competencias por el reconocimiento de nombres: tal es la avalancha mediática sobre Trump que los encuestados suelen tener su nombre fresco y a eso responden. Pero de allí a votarlo hay un trecho: el encuestado hasta puede no estar registrado para poder votar.

Adicionalmente, en Estados Unidos el voto es voluntario, lo cual agrega una distorsión adicional: suelen ir a votar muchísimos menos individuos que los registrados. Estudios sobre comportamiento político muestran que banalidades como el clima pueden afectar un resultado electoral. Habrá que ver si alguno de los contrincantes de Trump es capaz de fidelizar al electorado más que él.

En cuarto lugar, el desempeño en las primeras instancias de la interna afecta mucho el desempeño posterior. Un resultado desalentador en las primarias en New Hampshire o Iowa podría hacerle perder ímpetu en el resto de la contienda, como le ocurrió a Giuliani en 2008.

Por último, el red circle otra vez. Para el Partido Republicano un triunfo de Trump en la primaria es el abrazo del oso: sería servirle casi en bandeja el triunfo a los demócratas ya que es altamente impopular entre el electorado independiente. Por ello, no habría que descartar que los influyentes del partido hagan lo necesario para nominar a alguien más competitivo. Desde hacer campaña ahora a favor de otro (los célebres endorsements) hasta boicotearle los delegados en la convención.

Por supuesto: falta mucho. Pero me atrevo a decir que Trump no será el candidato republicano a la presidencia de su país en 2016. Escucho apuestas.

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