Postales de Europa en deconstrucción

(Columna escrita junto a Antigoni Kyrousi)

El nacionalismo, que es lo contrario a la integración, está de regreso con todos sus riesgos.

Toda conferencia sobre política latinoamericana debería empezar con un ejercicio de imaginación.

Pídasele a la audiencia, sea europea o norteamericana, que cierre los ojos y piense en dictaduras genocidas, en guerras que masacran a millones de personas y en hambrunas que fuerzan a emigrar a muchos millones más.

Después pregúnteseles en qué continente y época se localizaron. Muchos referirán la América Latina de unas décadas atrás.

Pero el nazismo y el comunismo, el Holocausto y los pogroms, las hambrunas y las emigraciones masivas ocurrieron en la Europa que va de mitad del Siglo XIX a mitad del Siglo XX. Es fácil olvidarse que las páginas más negras de la humanidad se escribieron en el Viejo Mundo. Sesenta años de paraíso inducen a engaño. Al lado de eso, América Latina es un jardín de infantes.

Es hora de despertarse. El pasado de Europa está acá adelante.

Hace unas semanas, Syriza ganó las elecciones y Alexis Tsipras retuvo el gobierno griego. En el medio se sacó de encima a su izquierda partidaria, que jugó por afuera y quedó afuera (del Parlamento). ¿En qué se diferencian los oficialistas y los disidentes? En que los primeros promueven lo contrario de lo que los llevó al poder. Los disidentes, en cambio, se siguen oponiendo a la Troika y el ajuste con un discurso bien latinoamericano. De hecho, su lista se llamó allendianamente Unidad Popular. El pueblo prefirió al partido original, con el mismo discurso pero el programa contrario de la elección anterior.

La coalición con el populista de derecha ANEL se mantuvo. El líder aliado se ofreció como garantía de que Tsipras no desbordará por izquierda. Risas en la audiencia: como si Tsipras tuviera alguna intención.

Lo más destacado de la elección fue el voto joven, marcadamente antieuropeo. El genial Petros Markaris ya lo había anticipado: hay más europeístas entre los que conocen el pasado (y cobran jugosas pensiones) que entre los que aspiran a un futuro (y pretenden mantener sus subsidios).

Mientras tanto, los inversores desesperan. Una minera canadiense vio como, en plena campaña electoral, el gobierno incumplía acuerdos y cerraba las minas concesionadas con pretextos de protección ambiental. Y en una reunión de la Fundación Clinton, días atrás, Tsipras hizo alarde de ignorancia cuando Bill le preguntó sobre oportunidades de inversión en Grecia. Entre el público, George Soros y Bill Gates dilataban las pupilas.

La función de Syriza es contener la revuelta social mientras implementa el ajuste europeo.

En Portugal pasa lo mismo pero al revés. El gobierno conservador de Passos Coelho está a punto de ganar su reelección con la bandera del ajuste responsable. La oposición, dice, no quiere evitar el ajuste sino la responsabilidad. Al electorado no le gusta eso.

Por izquierda o por derecha, los europeos están votando a los ajustadores, aunque se disfracen de antisistema. Los pocos jóvenes que este continente produce se resisten. El Viejo Mundo se ha tornado un buen lugar para vivir pero un mal lugar para soñar.

La Unión Europea se inventó para superar los nacionalismos que habían conducido a la guerra. Funcionó bien durante sesenta años. Ya no.

Escocia votó hace poco y decidió seguir en el Reino Unido de Gran Bretaña junto con Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte. Pero fue por poco y planean votar otra vez.

A fines de septiembre se votó en Cataluña, un pedazo insatisfecho de España. No fue un referéndum como el escocés sino una elección para constituir gobierno regional, pero las autoridades la vendieron como un plebiscito. El resultado fue el más dañino posible: el oficialismo independentista perdió en votos pero ganó en bancas, obteniendo la mayoría en el Parlamento catalán. El gobierno de Madrid y las autoridades de la Unión Europea ya advirtieron que una declaración unilateral de independencia llevará a la exclusión de Cataluña por parte de la UE. Los soberanistas rechazan el argumento y descreen de las amenazas, pero temen y no avanzan. Podemos se lava las manos prometiendo plebiscito. Mientras tanto, el rencor mutuo aumenta.

No hace falta mencionar la crisis migratoria y humanitaria para entender que el nacionalismo está de regreso. Nacionalismo es lo contrario de integración y, la historia europea sugiere, el mejor aperitivo para la guerra.

Mientras tanto, en Gran Bretaña se juega el mundial de rugby, segundo deporte más popular del mundo. Sin selecciones de China ni de India, sin Rusia ni Brasil y con un EE.UU. débil, los europeos tienen la oportunidad de brillar. Casi como en el fútbol. Pero Oceanía, Sudáfrica y hasta Argentina le disputan la chance. El simbolismo es sólo eso, pero una nueva victoria del hemisferio sur en la cuna del rugby fortalecería la idea de que los europeos, por separado, ya fueron. Y juntos quizás también.

 

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