¡Eppur si muove!

A pocos días de las elecciones parece difícil que ocurra algún hecho que modifique sustancialmente las preferencias de los votantes.

En uno de sus artículos más afamados –“El juego imposible”– Guillermo O ’Donnell, dio cuenta de las dificultades de la oposición después de la Revolución Libertadora para vencer al peronismo, y de allí la recurrencia de golpes militares “preventivos”.

El problema era que la UCR se encontraba dividida en dos fuerzas distintas: la UCRP y la UCRI. Si ambas fracciones radicales se juntaban podían vencer al peronismo, pero al ir por separado, los militares entonces proscribían al peronismo y, además, castigaba con la destitución a quien osara entrar en componendas electorales con Perón.

O sea, el juego resultaba imposible porque si los partidos hacían lo que se haría en cualquier democracia y buscaban maximizar sus votos (lo que implicaba atraer los votos peronista) eran derrocados.

Un punto importante en el análisis de O’Donnell era que también a nivel electoral, el juego mostraba su imposibilidad. Los votantes opositores no sabían a quién dirigir sus votos. La UCRP podía exhibir que era la más opositora al peronismo, pero la UCRI de Frondizi aparecía como la que podía ganarle al peronismo. En esa confusión se daba la partición del voto y la imposibilidad de vencer la hegemonía electoral peronista a través de las urnas.

Afortunadamente ya nuestra democracia tiene treinta años, los militares ya no son los árbitros del juego político y el peronismo no está proscripto. Pero la oposición adolece del problema de la fragmentación lo que aleja las posibilidades de alternancia y la cifran solo en la ocurrencia de nuestras fatales crisis sistémicas.

Los votantes opositores se encuentran en un dilema parecido al de los votantes no peronistas de los ’50 y ’60: no saben a quien votar para concentrar el potencial opositor si quieren que no gane el candidato del Frente para la Victoria. Lo que ha resultado en una polarización a medias: el oficialismo concentra sus votos pero la oposición los dispersa.

La coalición Cambiemos aparecía como la candidata natural a concentrar los votos. Sin embargo, el entender al electorado como un mercado de consumidores iguales entre sí llevó a sus estrategas a presentar un discurso lavado y no polarizante. Hecho aprovechado por el velociraptor tigrensisSergio Massa, quien a fuerza de ataques filosos y mediáticos, no sólo mantiene el caudal conseguido en las PASO si no que incluso sigue creciendo.

O sea los votantes tienen esa imposibilidad de maximizar estratégicamente su voto. Para los opositores solo Cambiemos puede forzar una segunda vuelta pero es el Frente Renovador el que puede dar más garantías de ganar esa segunda vuelta.

La imposibilidad de que se dé esa secuencia genera la paradoja secuencial que es aprovechada por el candidato del Frente para la Victoria quien se esperanza así de resolver su propia paradoja: para obtener una mayoría, Daniel Scioli debería diferenciarse del kirchnerismo, pero sin su apoyo perdería ese piso decisivo para ganar las elecciones.

Claro que Scioli tiene un enorme aliado: el peculiar balotaje argentino que consagra presidente a quien supera los 45 puntos de voto afirmativo o más de 40 sacándole 10 puntos de diferencia al segundo. Esta última hipótesis es la que maneja el equipo sciolista conformándose de todas maneras con poder vencer a Macri en la segunda vuelta, en el caso de no poder evitarla.

Massa aprovechó el shock paralizante que le causó a Macri ese Gran Momento del carpetazo a Niembro, para convencer a no pocos que podía entrar en el balotaje consolidando esa tercera posición tan cómoda para los votantes peronistas antiK. Pero por ahora el desplazar a Cambiemos y relegarlo al tercer puesto es solo una ilusión y nada mas que una ilusión.

Maurice Duverger en su momento tuvo la osadía de afirmar haber encontrado las leyes que regían el comportamiento electoral. Así postuló que si las elecciones eran regidas por un sistema electoral mayoritario iba a producir un sistema bipartidista (como el caso de manual del sistema británico, ahora no tan de manual). Si se daban bajo un sistema proporcional, este generaría un sistema multipartidista.

Es discutible que estas generalizaciones hayan adquirido alguna vez el carácter de leyes físicas, máxime en estas épocas de debilidad de las estructuras partidarias. Pero en todo caso, el actual caso argentino demandaría enunciar una tercera ley de Duverger, que rezaría más o menos así: un balotaje imperfecto favorece al predominio oficialista ante la fragmentación de los opositores, que se ilusionan cada uno con ganar.

Con Scioli no pudiendo trascender a los que tienen simpatías con el kirchnerismo y con Massa y Macri en un dilema del prisionero en que pese a haber acordado por los medios no atacarse, terminan atacándose, la sociedad se vuelve “inoperable”.

Así como están las cosas, y tal como les sucede a los planetas, la política argentina a pocos días de las elecciones asume un carácter inercial, pareciendo difícil que aparezca algún aerolito con la densidad suficiente para alterar las órbitas electorales. Claro que alguien puede siempre exclamar, sin embargo, ¡Eppur si muove!

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