La provincia de Buenos Aires y las sorpresas de los votantes

(Columna de María Victoria Murillo, Julia Rubio y Jorge Mangonnet -Universidad de Columbia-)

El análisis de los resultados de las elecciones en la provincia sugiere que el electorado bonaerense es sofisticado y reacciona ante candidaturas que no lo convencen

Mucho se ha escrito en las últimas semanas sobre qué nos dejó la primera vuelta electoral. La mayor sorpresa de la noche del domingo 25 fue, sin dudas, el resultado en la provincia de Buenos Aires. Nadie esperaba la victoria de María Eugenia Vidal a la gobernación. Fue la primera derrota electoral del peronismo desde que Herminio Iglesias perdiera frente al radical Alejandro Armendáriz en la elección inaugural de la democracia hace treinta y dos años. Esa derrota fue atribuida a la ola alfonsinista que arrastró a su candidato –aunque la fatídica quema del cajón en la víspera de la elección pueda haber jugado un papel simbólico importante–. Sin embargo, no se puede hablar, en esta elección, de una ola que justifique en su arrastre la derrota peronista en el distrito electoral donde reside el 37% del electorado. Ninguno de los candidatos presidenciales obtuvo siquiera el 40% de los votos –y la falta de un claro mandato se evidencia en la necesidad de inaugurar el mecanismo de la segunda vuelta establecido por la Constitución de 1994–.

Entendemos que el resultado electoral de la provincia de Buenos Aires puede proveer algunas pistas sobre el carácter estratégico del votante argentino y, para ello, analizamos las diferencias en el voto a presidente, gobernador e intendente en sus 135 municipios. Nuestro foco estará puesto en el voto en blanco y en los escenarios que evidencian el corte de boleta así como en el impacto de las inundaciones que ocurrieron durante las PASO.

Primero, en la provincia de Buenos Aires, los candidatos de Cambiemos a presidente, gobernador e intendente (es decir, lista completa) ganaron en 55 municipios y los del FpV en 20. Como se observa en la tabla, esas localidades se alinearon claramente con una u otra opción y, como era se esperaba, en el primer caso hay una predominancia de municipios del interior bonaerense y, en el segundo, del conurbano. La alianza UNA, por el contrario, sólo obtuvo los tres niveles en el municipio de Tigre. No obstante, los restantes municipios son los que proveen información más interesante sobre la dinámica electoral. Tal como se desprende de la tabla, en 27 de esos municipios bonaerenses ganaron Mauricio Macri y Vidal pero no los intendentes de Cambiemos, y en 2 de ellos triunfó Macri pero perdieron tanto Vidal como sus candidatos a jefe comunal. En 28 municipios Vidal se alzó con la gobernación pero Daniel Scioli salió victorioso en la presidencial, y en la mayoría de esos casos Cambiemos también perdió la intendencia.

En conclusión, la famosa lista sábana no logró evitar una diferenciación en el voto de tal importancia que pudiese provocar resultados divergentes en los distintos niveles de gobierno dentro de la provincia. El votante bonaerense supo distinguir entre candidatos más allá de las diferencias entre proyectos políticos. Esto sugiere un votante exigente que reacciona ante candidaturas que no le convencen. Aníbal Fernandez le restó votos al FpV. Sea que los votantes reaccionaron frente a su estilo político o a las acusaciones de estar vinculado al narcotráfico, lo cierto es que el FpV pagó un costo por elegir a un candidato a gobernador que, si bien se impuso en la interna, no pudo ganar en la elección general. Este efecto es particularmente fuerte fuera del conurbano. Sin embargo, la alta concentración de población que presenta la región del Gran Buenos Aires abre el camino a otra estrategia que también erosionó la candidatura de Aníbal Fernández: el voto en blanco.

Segundo, en casi todos los municipios el voto en blanco a gobernador superó al voto en blanco a presidente. Más aún, en 18 municipios –mayormente del conurbano– esa diferencia fue de más de 10.000 votos. Por ejemplo, en La Matanza–tierras de Fernando Espinoza– se registró una diferencia de más de 41.000 votos en blanco para gobernador que para presidente. Esta diferencia en la cantidad de votos en blanco entre una categoría y otra se manifestó en mayor medida en municipalidades donde ganó Scioli, lo que sugiere un impacto directo sobre la candidatura de Aníbal Fernández y permite explicar la acusación de “fuego amigo” que hizo el jefe de Gabinete tras la elección. En algunos casos particulares, esta diferencia de votos fue incluso más grande que el margen que le concedió la victoria sorpresiva a Vidal: Avellaneda (donde la diferencia en el voto en blanco entre ambos niveles fue de casi 9.000 votos), Escobar (más de 9.000 votos de diferencia), Pilar (casi 12.000 votos), Quilmes (17.500 votos aproximadamente) y San Miguel (alrededor de 11.000 votos).

Sea este un voto militante –herido por la interna de agosto e incapaz de apoyar a Fernández– o un voto que responde a los intereses de caudillos locales, el mismo es interesante en su dimensión estratégica. No sabemos si estos votantes tienen preferencias tan intensas al punto de que deciden no votar por candidatos de su propio espacio político pero tampoco apoyan a otro candidato (incluso habiendo otro peronista en la carrera) o si acaso son electores que traen la boleta cortada sin candidatos a gobernador. En ambos casos, es un comportamiento electoral que refleja la capacidad de los votantes para expresar preferencias diversas, pese a la lista sábana, y que sugiere decisiones que van más allá de las lealtades partidarias. La erosión de las lealtades partidarias ha sido parte clave de análisis politológicos basados especialmente en la creciente fragmentación legislativa del sistema de partidos en Argentina. Nos parece importante, en este contexto, remarcar su correlato en la emergencia de votantes a quienes las instituciones del sistema electoral no condicionan como se ha supuesto históricamente.

El último indicador del impacto “Aníbal” en la elección bonaerense es nuestro análisis del voto en aquellos municipios que sufrieron inundaron durante las PASO de agosto. La gestión de Scioli como gobernador fue criticada por falta de obras de infraestructura para prevenir una calamidad natural que se ha tornado tan recurrente en su distrito que no puede haberlo sorprendido. Como si esto fuera poco, al día siguiente de las PASO, con muchos municipios aún inundados, Scioli viajó a Italia mientras que Fernández asumía un rol activo coordinando la ayuda a los damnificados. El escándalo obligó a Scioli a volver a Argentina, pero no afectó los resultados electorales de la provincia que él gobierna. Si comparamos la diferencia promedio de los votos obtenidos por Scioli en las PASO y en las generales, en los 50 municipios que registraron inundaciones y los 85 que no sufrieron la catástrofe no encontramos variación significativa: Scioli obtuvo en promedio alrededor de 1.300 votos más en ambos grupos. Si hacemos la comparación con los 14 municipios que además tuvieron evacuados, Scioi también recibe un promedio de alrededor de 1.300 votos más entre las dos elecciones. En contraste, Aníbal pierde en promedio 1.000 votos entre ambos actos electorales en los tres tipos de municipio. En conclusión, los votantes no castigaron a Scioli por su pobre desempeño frente a las inundaciones de hace dos meses, pero mostraron su malestar con su candidato a sucederlo en la gobernación.

En cuanto al voto estratégico y el futuro Gobierno, tanto en la provincia de Buenos Aires como en la Nación, queda claro que los votantes han demostrado un grado de sofisticación que deberá ser considerado por sus gobernantes. Vidal no es dueña de los votos y, además, con una Legislatura que no controla, deberá medir muy bien sus pasos en la gestión para mantener su apoyo electoral. Su desempeño en materia de gestión pública, no su discurso ideológico, será la clave para ver si lo logra. A nivel nacional, el ganador, a su vez, deberá responder a las demandas de votantes con un alto grado de sofisticación estratégica que volverá a ser determinante en las elecciones legislativas de 2017. La centralidad del votante en definir los términos del funcionamiento democrático demuestra, una vez más, la consolidación de la democracia argentina.

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