¿Un chivo expiatorio?

(Columna de Walter Curia)

Scioli va a ser votado por una importante porción del electorado, pero no es el candidato de nadie

Ya se escucha decir que ella lo eligió porque era un pedido de los gobernadores y de la mayoría de los dirigentes. En un desenlace que nadie imaginaba cuando fue elegido por la Presidenta, hace sólo cinco meses, enfrenta el riesgo de terminar sus días en la política como chivo expiatorio del kirchnerismo.

Daniel Scioli fue un recurso al que se apeló una y otra vez durante todos estos largos años en el poder. Ha sido de enorme eficacia. Cumplió un papel de equilibro en la temprana fórmula con Néstor Kirchner, en 2003, y también con su salto inesperado a la provincia de Buenos Aires en 2007, cuando ya había consolidado su proyecto individual en la Capital. A propósito del 2007, Horacio Verbitsky recordó hace dos domingos en Página 12 qué llevó al ex Presidente a hacer esa martingala. El periodista recuperó una frase de Kirchner de aquellos años que hoy muestra su carácter predictivo. “Si Macri cruza de la ciudad a la provincia este proyecto se termina”, dijo entonces Kirchner, según Verbitsky.

Scioli también fue una pieza disponible en 2009, cuando prestó su nombre para la lista de diputados testimoniales en el recordado tropiezo kirchnerista en la provincia. Dos años más tarde, el gobernador garantizó el principal distrito del país con 55% de los votos en las elecciones que le dieron el triunfo histórico a CFK, ya viuda. Consagrado candidato a presidente, al fin en el lugar largamente deseado, vuelve a ser un hombre irremplazable para el kirchnerismo, ahora ante la posibilidad de la derrota.

Una derrota podría ser atribuida sin grandes contratiempos al propio Scioli. Si el último acto de servicio de Kirchner fue su muerte, el de Scioli bien podría ser la derrota. La interpretación podría ser lineal: acompañado por las listas kirchneristas en todo el país, el gobernador ganó la primera vuelta. Aunque por poco, y en la elección más pobre del peronismo en situación de poder, llegó primero. Esta vez estará solo, frente a Macri. ¿Cuánto tiempo le demandará, por ejemplo, a un hombre como Aníbal Fernández adjudicarle a Scioli una derrota en el balotaje? ¿Acaso no lo ha hecho con la suya?

El gran problema que enfrenta Scioli –no el único– es su desnaturalización. Scioli va a ser votado por una importante porción del electorado, pero no es el candidato de nadie. No fue nunca un dirigente asimilable para el kirchnerismo rabioso. Mencionar ejemplos aburriría, pero está claro que su perfil conciliador, su discurso integrador y hasta sus inclinaciones estéticas nada tienen que ver con lo que representa ese kirchnerismo. Desde el advenimiento del pánico, Scioli ha dejado de ser también el candidato de los que deseaban un giro suave, una transición que curara la rabia y garantizara alguna cuota de continuidad. Esa audiencia a la que Scioli le prometió mostrarse “más Scioli que nunca” también se ha visto defraudada en este tramo de la campaña. Ambos sectores acaso lo voten el domingo 22, ¿por qué no? Sin embargo, no será su candidato.

Además, el tono de la campaña que ha encarado el oficialismo no es a favor de Scioli sino contra Macri. La enumeración de catástrofes que sobrevendrían con Macri encierra una paradoja: sostener que achicará el gasto, reducirá subsidios, negociará la deuda en default y devaluará la moneda no sólo se asemeja, salvo en el uso de los tiempos, a la agenda económica de Scioli. Refleja, además, los desequilibrios en la economía que deja la gestión de Axel Kicillof.

Algunos satélites le han quitado incluso a Scioli todo protagonismo, como en un insospechado spot de la Fundación Gestar, vinculada al Partido Justicialista. Allí el modelo de Scioli es Sergio Massa y la agenda propositiva con la que –puesto en valor– el tigrense apenas alcanzó el tercer lugar en las primarias.

Acaso la peor noticia que podría esperar Macri es que en el ambiente sobrevuela, apresurada, la sensación de que Scioli perderá la elección. También flotaba un triunfo de Scioli semanas antes de la primera vuelta. Pero en los últimos días se han visto a militantes lucir remeras con la leyenda “CFK–Luche y Vuelve”, una consigna que recupera del olvido los años de exilio del general Perón. El domingo 22 podría ser una prenda útil no importa quién festeje.

Cualquiera sea el resultado, gane o pierda, ningún otro dirigente habrá prestado los servicios que prestó a la causa del matrimonio Kirchner. ¿Se merece Scioli esta campaña?

Historia contrafáctica o simple ucronía, acaso Scioli podría haber sido un candidato distinto del que es. De haber planteado una simple disidencia interna, podría haber sido una pieza clave para el equilibrio del sistema político en la etapa de la radicalización y los desbordes, durante el momento más opresivo del kirchnerismo. ¿Qué destino habrían tenido en el Congreso proyectos como el que legitimó el memorándum con Irán, el que disponía la elección por voto directo en el Consejo de la Magistratura y el de las subrogancias en los juzgados, si el gobernador Scioli se hubiera manifestado? ¿Qué habría pasado si rompía en septiembre de 2010, como le aseguró alguna vez a Eduardo Duhalde? ¿O si terminaba aliado con Massa en 2013, como estuvo a horas de ocurrir?

Esa tarea habría demandado a Scioli no coraje, como se le reprochó con algún grado de cinismo entre los peronistas. Habría supuesto poner en riesgo su proyecto individual. Sin poder territorial, sin una corriente orgánica que lo expresara hacia el interior del FpV, romper con el kirchnerismo habría sido lanzarse al desierto. El sciolismo, si existe, es hasta ahora un Gabinete de ministros, una administración. Nunca alcanzó una sustantivación más allá de eso.

Tal vez un desafío de esa naturaleza simplemente no estaba al alcance de un dirigente como Scioli. Sobre el pasado, acaso comparta responsabilidades con la oposición, que en 2011 no fue capaz de acordar una candidatura única que, aunque derrotada, achicara la brecha con la presidenta electa. Macri renunció a encarnar ese lugar.

El desenlace se reveló más complejo que aguantar y sonreír. Si Scioli finalmente triunfa, la pregunta ya no será si va a poder gobernar con el kirchnerismo. La pregunta es si va a poder gobernar sin él.

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