La virginidad y los intelectuales públicos

La coalición entre el partido más viejo y el más nuevo del país aplastó mitos y superó expectativas

Cuando la Convención de Gualeguaychú decidió que la UCR se aliase con el PRO, la fórmula era obvia: estructura radical más candidato PRO. Win-win: la extensión territorial boina blanca necesitaba un paraguas nacional y la candidatura presidencial de Mauricio Macri demandaba fierros. Ocho meses después, ¡cuánto ha cambiado! A partir de diciembre, el PRO tendrá territorio y la UCR votos. Ninguno tanto, pero ya no tan poco. La coalición entre el partido más viejo y el más nuevo del país aplastó mitos y superó expectativas. Pocos la vieron venir.

Intelectuales como Isidoro Cheresky y Mario Firmenich baten el parche con que los partidos ya no cuentan. Se argumenta que no construyen organización política, que no generan representatividad y que perdieron identidad ideológica. Dante Caputo llegó a afirmar que el peronismo no es un partido sino una ocasión para acceder al gobierno, como si los partidos fueran otra cosa. Con este tipo de afirmaciones nunca ganarán los Premios WillyOD de ciencia política.

Es cierto que la identificación con los partidos se ha debilitado en el electorado. Pero los partidos son mucho más que un sentimiento. Afiliados y votantes constituyen sólo una dimensión del fenómeno. Hay tres más: el comité, el Congreso y el gobierno. Ahí es donde las máquinas se hacen fuertes. Y de ahí salen a movilizar el voto, incluso – o sobre todo – de aquéllos que detestan a los partidos.

Los comités, fundaciones y unidades básicas son el menos sólido de los tres eslabones. Aun así, las instituciones internas desarrollan funciones clave. Dos ejemplos. En el caso del radicalismo, fue la vetusta Convención Nacional la que definió una política de alianzas que pateó el tablero político. En el caso del PRO, su gestión pública y sus campañas no se explican sin la Fundación Pensar, que viene reclutando y coordinando equipos desde hace años. No fueron liderazgos de popularidad sino militancia, estrategia y organización interna las que convirtieron a Cambiemos en un fenómeno capaz de ganar las elecciones. Caso contrario, habría ganado el famoso Miguel del Sel en Santa Fe y no la ignota María Eugenia Vidal en Buenos Aires.

La dimensión parlamentaria es aún más visible. En parte, el poder de bloqueo del peronismo se debe a su mayoría permanente en el Senado. Pero la Cámara de Diputados también cuenta. Hace unos días, Caputo hacía gala de su enorme experiencia: “Aprendí en mis años de política que, contra lo que comúnmente se supone, las alianzas deben construirse cuando se comienza, cuando está aún intacta la legitimidad dada por la elección”. El ex canciller alude al Gobierno de Alfonsín, que supuestamente no intentó una alianza con el peronismo en 1983 sino recién en 1987. Pobre análisis. En primer lugar, el gesto inicial de Alfonsín fue ofrecerle a Italo Luder la presidencia de la Corte Suprema. Claro que eso no equivalía a una alianza, pero enviaba una señal de convivencia. Fue el peronismo, mayoritario en el Senado y las gobernaciones, el que rechazó ésa y otras ofertas. En segundo lugar, cuando Alfonsín estiró su mano al sindicalismo renovador en 1987 no lo hizo por una epifanía intelectual sino porque había perdido la mayoría en Diputados. Las lecciones a extraer son bien diferentes de las que presume Caputo. Por un lado, para sellar una alianza hacen falta dos. Por el otro, las condiciones para concretarla dependen de la relación de fuerzas en el Congreso. Voluntarismo es lo que sobra; experiencia es entender el peso institucional de los partidos.

La última dimensión es la ejecutiva. ¿Es o no relevante que una eventual presidencia de Macri cuente con la gobernación bonaerense en manos de Vidal y la porteña en manos de Horacio Rodríguez Larreta? Hay dos hipótesis alternativas. Una sugiere que ese hecho es irrelevante porque se trata de tres líderes de popularidad, sensibles sólo a la opinión pública y no a los mandatos o solidaridades partidarias. La otra afirma que la estabilidad y eficacia de los tres gobiernos serán facilitadas por la coordinación intrapartidaria. Para mantener equidistancia académica, evitaremos tomar partido entre la hipótesis seria y la salame.

Mientras tanto, la UCR superó sus objetivos de mínima. Triplicó gobernaciones, duplicó vicegobernaciones, aumentó 25% sus intendencias y mantiene nueve capitales de provincia. Los nuevos gobiernos le permitirán reclutar equipos y renovar cuadros. Y lo hizo bajo la conducción de Sanz, a quien se puede acusar de cualquier cosa menos de ser un líder de popularidad.

El filósofo Albino describió la virginidad física y la moral, pero olvidó la intelectual. Aqueja a aquéllos que alardean de un cerebro sin usar.

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