Un triunfo societista

Cambiemos marca la convergencia de los espacios liberales y reformistas,  que han sido claves en todos los triunfos radicales

Más allá de las fuerzas políticas intervinientes, más allá del rol decisivo de los actores territoriales, y más allá incluso de la duplicidad de intendentes y afines tratando de salvar su propia ropa, el triunfo de María Eugenia Vidal fue un fenómeno societista antes que político o partidario. En un punto, ese triunfo tuvo más que ver, por composición social y por contenido, con el “que se vayan todos” bimileniarista que con un voto positivo y programático.

La gran virtud de la estrategia electoral de Cambiemos fue colocarse en la antípoda estética del oficialismo –lo cual representó no solo una política diferente sino que adelantó como muestra “otra manera de vivir” si ese espacio político llegaba al poder–.

Por supuesto que la estrategia funcionó tan sorpresiva como eficientemente cuando del otro lado se puso a lo más representativo de precisamente lo que el electorado no kichnerista abominaba. Cualquier otro candidato que no hubiera sido Aníbal Fernández seguramente habría tenido mejor papel frente a Vidal, ya que no hubiera generado esa mística del desalojo kirchnerista que motivó la figura del actual Jefe de Gabinete.

Obviamente, esa esencia societista del fenómeno Vidal sin los profesionales de la política no hubiera tenido la misma efectividad. Siguiendo la metáfora del mercado, tan cara a los asesores de campaña de los vencedores, el éxito en la venta de un producto también depende de sus bocas de comercialización. De allí que la coalición sui generis entre el PRO y la UCR funcionó en el ensamblaje de sus ventajas comparativas.

Asimismo, hay otros factores que ponderan y limitan el contenido societista del triunfo cisnenegrísticode Vidal: en primer lugar, la gobernabilidad bonaerense demandará un diseño realista del Gabinete con funcionarios que tengan experiencia en el trato con los poderes de facto de la provincia. De exagerarse en la realpolitik, y siendo Cambiemos una coalición electoral de sectores medios, modernizadores y societistas, este podría ser a futuro una causa de migración de electores propios. Por otra parte, siempre existe la tentación de cambiar una coalición electoral de alto mantenimiento por una de más bajo mantenimiento, por ejemplo, de una liberal reformista a una liberal conservadora, que reemplaza sectores medios por bajos no estructurados. En segundo lugar, el electorado de Cambiemos guarda continuidades importantes con los que le dieron el triunfo a Raúl Alfonsín en 1983 y también, aunque con algunas variaciones, a la Alianza en 1999.

En un punto, la diáspora del electorado radical es neutralizada por ese vector centrípeto societista que lo define políticamente, y es todo lo contrario a un mensaje apolítico. Con más precisión se puede decir que se trata de una postura antiestablishment político, lo cual significa un regreso a las fuentes de las rebeliones radicales en su origen, ellas también societistas contra el “régimen falaz y descreído” de la maquinaria del PAN de Avellaneda y Roca.

En un ejercicio hipersimplificador, se podría considerar que el espacio electoral argentino está cruzado por dos opciones de preferencias institucionales: una, la que está en contra o a favor de los feudos y las hegemonías políticas y, otra, la que está a favor o en contra del respeto por los derechos de propiedad. Combinadas, esas cuatro opciones nos brinda un mapa tanto de espacios políticoideológicos como la posibilidad de convergencias entre ellos.

Los liberales clásicamente tienen como su primera preferencia el respeto por los derechos de propiedad, y su segunda preferencia es el cambio político. Los conservadores, en cambio, ponen al status quo político como su primera preferencia y el respeto por los derechos de propiedad en segundo orden.

Los reformistas (siendo el radicalismo la fuerza históricamente más representativa) tienen como primer preferencia el cambio político (Hipólito Yrigoyen tiene el récord de intervenciones federales para terminar con los feudos conservadores provinciales) y el respeto por los derechos de propiedad como segunda preferencia. A diferencia de los populistas que tienen el mantenimiento del statu quo político como primera preferencia y la alteración de los derechos de propiedad como segunda.

Obviamente, la coincidencia de primeras preferencias marca la posibilidad de convergencias políticas fuertes pero también la coincidencia entre primeras preferencias de unos y de otros. En cambio, la convergencia entre espacios con las primeras preferencias en las antípodas es muy difícil. Los reformistas son muy difíciles de juntar con los conservadores y los liberales con los progresistas, como vienen definidos aquí. E

n términos de coincidencias, la coalición liberal conservadora fue la esencia del roquismo, y clave en la república posible alberdiana, que le daba protagonismo inicial a los elementos caudillescos, con la esperanza de que el progreso los fuera sustituyendo por el componente liberal y así arribar a la “República verdadera”. Reformismo y parte del liberalismo constituyeron la experiencia radical. El peronismo aunó el espacio populista con el espacio conservador (de esto da cuenta ese hito de la ciencia política que es “El voto peronista”, de Manuel Mora y Araujo).

Cambiemos marca nuevamente la convergencia de los espacios liberales y reformistas, cosa que ha sido clave en todos los triunfos radicales anteriores. Aunque el candidato presidencial con muchas chances de sentarse en el Sillón de Rivadavia esta vez no sea un radical y la diferencia de culturas políticas entre el PRO y la UCR sean muy notorias y obliguen a redefinir la idea de una coalición bajo un régimen presidencialista.

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