Relato K, último capítulo: ¿“cuanto peor, mejor”?

La campaña negativa como último recurso electoral evidencia la faceta más reaccionaria del kirchnerismo.

No es sólo una última carta electoral para revertir las tendencias del voto que les son adversas: la “campaña negativa” del kirchnerismo frente a Macri y la alianza Cambiemos se revela como una necesidad apremiante frente a una amenaza existencial a su propia identidad como fuerza mayoritaria. Para los que se acostumbraron a confundir –o fusionar– las esferas del Estado con el Gobierno y el Gobierno con su fuerza política, puede resultar natural que un cambio de mando represente la interrupción de todas las políticas públicas que se implementaron en la última década. Con ellos se van la Asignación Universal y todos los programas sociales, la política de derechos humanos, la legislación laboral y los derechos civiles consagrados en estos años. Se acostumbraron tanto a antagonizar con el espectro de Macri que pintaron durante años que no pueden sino ver en dicho espectro al Macri real, señalando que el que se muestra hoy como candidato en los umbrales de llegar a la presidencia es un engañoso espejismo.

En el reverso de aquella famosa exclamación de Mirtha Legrand sobre la llegada del “zurdaje”, claman espantados “se viene la derecha”. Y necesitan que así sea, cuanto más nítida mejor. Es la única manera de mantenerse en “la izquierda” y soslayar tantas contradicciones que desdibujan o cuestionan dicha posición ideológica. La manera de acompañar en este tramo de definición electoral a un candidato en el que nunca creyeron, como portaestandarte de sus banderas, las del proyecto nacional y popular.

Tampoco es nuevo: está en la marca del orillo de la relación entre el kirchnerismo y Mauricio Macri desde 2003, cuando Néstor Kirchner lo eligió como adversario preferencial y ayudó a abrirle el camino al Gobierno de la CABA. Desde entonces construyeron en torno a su figura el arquetipo del antagonista con el que mejor calzaban, sobre todo porque lo creían incapaz de traspasar sus límites territoriales, sociales e ideológicos. Un joven empresario neoliberal que le hablaba a las clases medias y altas porteñas y las burguesías satisfechas, defendía los intereses de las corporaciones y del campo, representaba al capital financiero y los acreedores externos, defendía una concepción antipopular y elitista de la política, la economía y la cultura, ¿cómo podría ganar la presidencia? Tanto machacaron sobre ese espectro que terminaron distorsionando su visión sobre la realidad y el reconocimiento de lo que ocurría en su propia base de apoyo, los sectores más postergados o sumergidos a los que habían podido representar mayoritariamente durante sus tres mandatos presidenciales consecutivos, que terminaron manifestando su hartazgo con el relato.

Estos sectores oyeron a Cristina Kirchner hablarles de “empoderamiento” y actuaron en consecuencia, “en defensa propia” a través del voto, vetando la pretensión de imponerles continuidades que no contemplan las demandas insatisfechas y condiciones sociales desatendidas. Frente a la evidencia de los resultados electorales del 25 de octubre que recibieron como un baldazo de agua fría, quedaban dos reacciones: reconocer que no se supo ver la realidad y se perdió el contacto con el sentir de las mayorías, o blindar el relato y agitar los espectros. De allí surge la estrategia del temor, un mensaje que se pretende eficaz para ganar votos indecisos pero puede terminar siendo contraproducente, autoindulgente y derrotista.

El discurso progresista del kirchnerismo revela aquí su faceta más reaccionaria: “Macri puede ser presidente y para atrás se acabó la discusión, escribe Eduardo Aliverti (Página 12, 2/11). Argentina puede haber quedado al borde de una restauración conservadora, que en el muy mejor de los casos se presentará ‘dietética’ al inicio del primer tiempo y después será igual o más feroz que aquello que terminó con las clases medias gritando que entre piquete y cacerola la lucha es una sola”. La gente engañada, en este análisis, puede ir tomando nota de lo que va a ocurrir, de manera ineluctable: “Van a devaluar a lo pavote para recomponer la maximalización de la renta agropecuaria exportadora. Van a satisfacer a una burguesía que es local, no nacional. Van a bajar la demanda por vía fiscal y monetaria, van a desregular el mercado cambiario, van a producir la caída del salario real, van a destruir a las pequeñas y medianas empresas, aumentará el desempleo y el trabajo informal y al final de la película que ya vimos y sufrimos, van a reprimir y se fugarán de nuevo en helicóptero. Los científicos volverán a lavar los platos, a los pobres les mantendrán la AUH pero la cobrarán el día del arquero porque desfinanciarán al Estado como motor del consumo, los sectores medios se encantarán con ese comienzo de dólar para todos para más tarde o más temprano ir a reventar las puertas de los bancos, las empleadas domésticas tendrán que cantarle a Gardel en el reclamo de sus derechos adquiridos, los que tienen una pyme de producción quedarán en la lona por invasión de importados y los que la tienen de servicios sufrirán que no les pueden pagar la cuota o la tasa de lo que sea porque la gente se quedó sin laburo (…).”. Remata el historiador Norberto Galasso: “Si aquella ‘alianza’ subió al helicóptero a los dos años, esta de ahora lo va a hacer antes pero dejando un país todavía más destruido que aquel del 2001. Y el que no hace nada para evitarlo, se convierte en cómplice” (Tiempo, 3/11).

Los que creían que se quedarían para siempre se retiran precipitadamente confundiendo conquistas sociales con bienes patrimoniales. Si finalmente se produce la alternancia en el poder, será el momento de separar la paja del trigo y preservar el capital institucional y los recursos humanos y materiales expuestos a este flujo y reflujo de las aguas.

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