Más renovación que cambio

¿Cuál es el clivaje que parece diferenciar el destino del voto? La respuesta parece ser, más que el cambio de políticas, la renovación de la dirigencia.

Los resultados de las elecciones del 25-O mostraron un clima que se vino encubando a la largo del segundo mandato de la Presidenta. ¿La palabra correcta es cambio? Y si lo es, ¿de qué tipo? El par cambio-continuidad confundió a los candidatos. ¿Qué cambiar? ¿Cuánto cambiar? Los polos cambio-continuidad generaron no poco embrollo: continuidad en el cambio, cambio en la continuidad, el justo cambio o el cambio justo. La palabra cambio, ¿dijo mucho, poco o nada? En realidad, no reflejó ni refleja totalmente las sensaciones que se movilizaron durante los últimos tiempos. Es claro que se piden cambios, desde los más institucionales hasta los referidos a políticas públicas, pero también lo es que se reconocen cosas bien hechas y que deben mantenerse, además de una agenda social que no podrá ser sustancialmente alterada. Por otra parte, los cambios que prometen los dos candidatos que van al balotaje no son tan divergentes entre sí. Sea por lo que fuere, Daniel Scioli y Mauricio Macri no se alejan tanto de las distintas alternativas sobre los temas. Según lo que dicen que van a hacer, no parece cierto que se trate de dos modelos tan distintos respectos de las políticas. Existen diferencias, pero no tan marcadas como las existentes entre el kirchnerismo y el macrismo (y hasta el sciolismo). Sciolismo y macrismo realizan diagnósticos muy distintos sobre la situación económica, política y social y, sin embargo, a la hora de proponer medidas económicas y sociales, la terapia aplicable es notablemente parecida. Scioli no es un kirchnerista (puro) y Macri es un estatista moderado (no populista).

Las campañas antes de las PASO, después, y entre la primera y la segunda vuelta giraron en derredor de la cuestión del cambio y la continuidad. Y los resultados de las PASO dieron pie a la elaboración de distintas hipótesis. Desde el sciolismo se interpretó que el peronismo había llegado al 50% con los votos del propio scioli y del díscolo Sergio Massa. El clivaje era, entonces, peronismo y no peronismo. Y los peronistas siempre votan peronistas, decían los “entendidos” de ese espacio. Pero que los peronistas votan siempre por peronistas fue una trampa en la que cayeron los oficialistas sin evidencia empírica alguna. Es cierto que los peronistas votan a peronistas, pero no todos los electores que votaron a Massa eran peronistas. Un error de cálculo severo para hacer las previsiones. Sobre todo por dos cuestiones que se saben. En primer lugar, el piso del peronismo ronda el 35% del padrón. En segundo lugar, los electores pueden votar a varios candidatos peronistas, sin que ello implique que ellos mismos lo sean. En 2003 el 60% de los argentinos votó a candidatos peronistas, pero no había 60% de peronistas. Una lógica más pura habría sido considerar que los votantes de Massa no necesariamente eran peronistas, aunque lo fueran los dirigentes del espacio. En síntesis, que los votantes de Massa irían automáticamente a Scioli fue un error de análisis inexcusable.

Si la hipótesis de los supuestos votantes peronistas votando a Scioli y no peronistas votando a Macri no parece reflejar el clivaje real, ni tampoco la hipótesis del cambio o la continuidad resulta una explicación acabada, pues los dos candidatos cada vez plantean propuestas más parecidas, ¿cuál es el clivaje que parece diferenciar el destino del voto? La respuesta sería, más que el cambio de políticas, la renovación de la dirigencia. Otros dirigentes podrían marcar una diferencia que refiera a estilos, modos de gestión y políticas.

Si esta hipótesis es correcta, el error de Scioli fue mayúsculo. La única opción para su triunfo tendría que haber sido diferenciarse lo más posible de la dirigencia oficialista nacional, más que identificarse intensamente con sus políticas. Macri puede aceptar que se mantendrán algunas políticas sin que eso lo dañe. Pero a Scioli no le basta con decir que hará algunos cambios dentro de la continuidad. Si es una cuestión de renovación de dirigencia, su suerte estaría echada. En cada acto que refrenda la permanencia de la dirigencia kirchnerista, con sus prácticas, usos y costumbres, estaría profundizando el clivaje. En esta hipótesis, la llamada campaña del miedo no sólo es inoperante sino contraproducente para Scioli. ¿Por qué no pensar también que los electores piden renovación de los dirigentes cuando piensan que algunas políticas esenciales no podrán ser modificadas por otros gestores distintos?

¿Hay tiempo para que Scioli se muestre como una renovación de la dirigencia? Una oportunidad será el debate presidencial. Los dos candidatos estarán frente a frente y en un juego más flexible que el anterior debate. La excusa de la necesidad de una ley para debatir tuvo patas cortas. Probablemente el debate no alcanzará para dar vuelta una elección, pero puede influir en los casos en que exista una estrecha diferencia entre candidatos. Pero el principal problema para un Scioli que ha advertido el cambio de clima es la jefa del FpV y su plana mayor. El oficialismo está realizando una retirada impropia. Cuando una gestión finaliza debe tratar de colaborar con la administración entrante, no innovar en cuestiones que pueden condicionar el curso futuro de las políticas y ser prudente con las designaciones que deben ser las absolutamente necesarias. Pero parece que nada de esto está en la hoja de ruta del kirchnerismo en retirada. La designación de los dos funcionarios camporistas para la Auditoría General de la Nación (AGN) en una sesión escandalosa no fue un tema menor, como tampoco lo fueron los desplazamientos de jueces o el envío de nuevos pliegos al Senado. La designación desenfrenada en distintas reparticiones nacionales y provinciales, las declaraciones de funcionarios como Alejandra Gils Carbó, Alejandro Vanoli o Martín Sabbatella tampoco ayudan. Y los discursos recargados de Cristina siguen encendiendo pasiones en militantes y fuertes opositores, pero no seducen en lo más mínimo a la franja a la cual Scioli debería captar. ¿Quiere Cristina que Scioli sea Presidente? A esta altura, es difícil saberlo, si alguien más allá de Cristina lo sabe. Lo que parece probable es que, sea quien fuere el que triunfe en las elecciones del 22 de noviembre, la Argentina estrenará un nuevo opositor: el kirchnerismo auténtico. El kirchnerismo fue siempre gobierno, ¿cómo sería en papel opositor? La fórmula del kirchnerismo auténtico sería el kirchnerismo duro actual, menos los que se irían con Scioli o Macri –de acuerdo a quien ganare- y quienes sean conquistados por una nueva mística: la del retorno al poder. Cristina tendrá una misión, una nueva épica. Mucho más atractivo que acompañar al Gobierno de un peronista blando –como ven a Scioli- o cooperar con el diabólico ícono del neoliberalismo –como ven a Macri– será comenzar una nueva lucha e iniciar una nueva hazaña: la reconquista. Si Cristina no se jubila de la política –como ha dado a entender–, el 11 de diciembre empezará un nuevo capítulo en el kirchnerismo, pero también en el peronismo. Ella no se sentirá como mariscal de la derrota, sino como el faro de la reconstrucción. En el peronismo habrá otras voces y comenzará, nuevamente, un tiempo de turbulencias por el liderazgo.

Está claro que la alternancia es un concepto difícil en el universo político cultural del kirchnerismo. Cuestión extraña pues democracia es alternancia, ¿sino para qué están las elecciones? En este marco, no resulta extraño que falte una ley, mucho más importante que la de los debates presidenciales. La Argentina carece de una ley de transiciones presidenciales –como poseen otros países– que ayuda para que el paso de la gestión saliente a la entrante sea ordenada y previsible. En algunas cuestiones el raquitismo institucional argentino es ostensible. Si el que triunfa el 22 es Macri, el mensaje será claro: la renovación de la dirigencia es la piedra angular del presente. Renovación que va más allá del cambio de políticas e implica renovación de estilos, prácticas, modos de relacionamiento y concepciones sobre el poder.

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