Comunicación política en la era digital

(Publicado en la edición nº36)

Las transformaciones que generan la tecnología y la comunicación son irreversibles.

La comunicación política va adquiriendo un fuerte influjo tecnológico que, independientemente de ser o no una herramienta central, va produciendo cambios sustantivos en las prácticas de la política. No toda comunicación es política, pero toda política representa un fenómeno comunicacional.

Como la comunicación, vía el impacto tecnológico, está mutando aceleradamente, muta aceleradamente la política. En la región, los marcos de actuación todavía están construidos mayoritariamente sobre ejes concretos de una política tradicional. No obstante ello, lo tecnológico no debe verse como excluyente de los medios
tradicionales, sino más bien convergente y complementario.

En la última campaña presidencial norteamericana, sólo el 4% de la inversión total fue en medios digitales. Aunque pareciera que todo se reduce a redes sociales
digitales, no es así. La tecnología a través de las nuevas redes sociales, lejos de bajar los costos, los sube, porque no se reducen otros costos y se agregan nuevos en clave de convergencia.

Más que una transición está dándose una reconfiguración ampliada de alternativas en donde el viejo paradigma comunicacional de pocos informando a muchos, pase a una nueva concepción de muchos informando a muchos. Parecería que la comunicación política digital alentaría a generar cauces de información bidireccionales, para activar y motivar a la ciudadanía a participar de la vida pública, potenciando mecanismos de escucha para que puedan desaparecer las concepciones lineales o descendentes de la comunicación. Pero sólo eso: parecería y en pura escala potencial.

Dicha tendencia es un proceso que no tiene direccionamientos únicos y aparecen hechos que relativizan la proclamada mayor democraticidad de las redes. Uno de ellos es la negatividad que las redes tienen vía la transmisión acelerada de rumores o desvirtuaciones que afectan la reputación de personas actores de lo político: políticos, periodistas y ciudadanos.

La red es un activador de contagio, pero también un activador de campañas negativas. Y no hace falta tener Twitter para que la red –colectivamente hablando– construya la reputación de las personas públicas. La red habla, habla y habla, sin necesidad de que cada actor público le responda. Por eso es que las redes estimulan, amplifican, pero también estresan a la política. Mucho más cuando se dan fenómenos de “flaming”, como la interacción insultante entre los usuarios de Internet, que conduce a posturas polarizadas y radicalizadas como un acto de vandalismo en usuarios individuales, en organizaciones sectoriales y en representantes de partidos políticos que administran usuarios falsos, comentan con nombres inexistentes o saturan decenas de casilleros con idénticos comentarios.

Algunas políticas de los medios para reglar la participación son la moderación con reglas de juego de censura para quien incumple, el registro previo del usuario, las reglas de uso y la posible denuncia de sus pares. Se sostiene que los debates de usuarios algo aportan: suelen ampliar la perspectiva del periodista, controlar la inexactitud de lo escrito en determinadas circunstancias y equilibrar los sesgos editoriales cuando son muy abusivos. Pero moderar todo es una verdadera
sobrecarga tanto como una nueva función editorial para los medios, además de un nuevo rol de censura en la que pueden incurrir los medios, puesto que no moderar
en temas delicados puede ser una línea editorial encubierta, tanto como moderar sólo
determinados temas puede provocar una censura muy explícita y dañar la reputación del medio.

Dos consecuencias sociales se derivan de estos neodebates online. Una, constructivista, que afecta a los jóvenes nativos digitales, dado que los sistemas pedagógicos se están construyendo en una cultura digital con inmersión plena en la web. El alumno, ¿podrá discernir que el debate de los periódicos digitales es lo más alejado del sistema de convivencia democrática?

Otra consecuencia es el vacío legal para quien resulta agraviado por un medio que no controla lo que se publica pero posibilita la difamación. Otro fenómeno muy interesante de las transformaciones digitales es que, como la comunicación ya no está tan mediada por la prensa, el político siente que no debe ir a buscar a los medios porque los medios vienen a él, y ello reconfigura además la noción del periodismo como mediador entre política y ciudadanía.

Aparece un modo de comunicación directa, organizada, orquestada, que bien podría encuadrarse como acción directa, descendente, desde el político hacia el ciudadano.
Esa comunicación es directa y sin intermediarios. También es profundamente asimétrica en varios sentidos. Sea porque quien habla decide arbitrariamente con quien interlocutar, sea porque quien habla –el político– tiene una red de seguidores que organiza una viralidad que tanto expande un mensaje, como protege en clave de reputación al emisor.

Los seguidores se convierten en verdaderos gladiadores digitales que batallan contra cualquier reacción en sentido opuesto u opositor que surja tras la acción comunicativa de un líder. Nótese que una acción que se imaginaba como propia de los partidos políticos tradicionales, centrada en la movilización y el activismo, se ha convertido actualmente –desde lo digital– en un fenómeno masivo, espontáneo, pero que responde a la acción “imperativa” inherente a la práctica ideológica de los discursos políticos.

Los nuevos medios digitales están transformando el modo de comunicación de mucha gente. De la ciudadanía en general, de los políticos y también de los periodistas, especialmente aquellos que trabajan en la cobertura de lo político. El impacto de las redes en la actividad periodística, pero especialmente de Twitter, hace pensar que es un duro oficio el ser periodista.

El periodista no sólo interpela al sector político, sino que se ve expuesto e interpelado
por él. El juego de otorgar reputación, otrora asimétricamente del lado del periodismo, ahora se reparte entre la propia red de seguidores del periodista, tanto como de los de un político altamente posicionado dentro de la red. El periodista interpela y es interpelado con la misma complacencia o furia simétrica a su estilo.

Muchos podrán permanecer reacios al uso o análisis de estas transformaciones. Lo
cierto es que son irrefrenables. La comunicación política no adquiere su sustancia si
no es a través de su adjetivo, lo político. Y lo político tiene tanto de bueno como de malo. Así avanza la transformación más significativa de la política, de la mano de la comunicación.

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