Gulliver del otro lado del río

Hay buenas razones para que el peronismo se mantenga unificado y para que su liderazgo actual no sea reemplazado en lo inmediato

Ganó Mauricio Macri, perdió Daniel Scioli, se termina el Gobierno de Cristina Kirchner y el peronismo sigue en pie. De los tres peronismos en la oposición, recordando a los de 1983 y 1999, este será el más poderoso. Serán del FpV-PJ dos de cada de tres gobernadores –habrá que hacer, en marzo, la aritmética fina de esta pertenencia–, la mayoría de los senadores y la primera minoría de los diputados. Y un enorme lote de intendentes. Ganó la primera vuelta presidencial con 37%, perdió el balotaje por menos de 3 puntos, y entrega el país con muchos problemas a resolver, pero funcionando y sin crisis graves. La Presidenta termina su mandato con un nivel de popularidad aceptable, sobre todo si consideramos el “efecto amortización” de los doce años transcurridos. El conjunto es contundente: no estamos ante un peronismo derrotado.

Lo anterior nos obliga a revisar algunas hipótesis aventuradas sobre el inmediato futuro del peronismo. Las que habían proliferado antes del 22 de noviembre, y aún hoy siguen circulando. La imagen de un peronismo vencido daba lugar a un escenario de balcanización, en el cual su liderazgo se diluía, y sus componentes fragmentarios tomaban direcciones contrapuestas. Con la idea subyacente, otra vez, de que el peronismo no es otra cosa que un ensamblaje gubernamental, y que carece de unidad si está lejos del poder.

Aun aceptando esta premisa, que tiene mucho de preconcepto y poco de investigación, lo que deja el proceso electoral va en contra de la lógica de la balcanización. Por el contrario, hay buenas razones para que el peronismo se mantenga unificado y para que su liderazgo actual no sea reemplazado en lo inmediato. Los argumentos son, al menos, tres:

1. Hay mucho poder para administrar. Es más fácil desguasar algo que está de remate. Este peronismo poderoso tiene muchos recursos de poder legislativo y federal, y un apoyo popular aún considerable, que demandan gestión política. Cada una de las partes (los bloques, las gobernaciones, el sindicalismo) tiene mucho para negociar con el nuevo Gobierno, y lo hará mejor si forma parte de un todo coordinado. Lo mismo cabe para una gran negociación de gobernabilidad. Naturalmente, habrá espacio e incentivo para acuerdos bilaterales puntuales, y algunos hasta pueden ser permanentes, pero para la mayoría, quedarse adentro puede ser lo más seguro y confortable.

2. No emergió un liderazgo natural. La pérdida de la Presidencia y la provincia de Buenos Aires, y el hecho de que las otras provincias grandes de la franja central hoy sean parte de la geografía de Cambiemos, deja a la confederación peronista sin un big brother natural. Los gobernadores peronistas de los próximos cuatro años pertenecen a provincias chicas y medianas: Entre Ríos, Salta, Chaco, San Juan, etcétera. Y muchos de ellos, como Sergio Uñac, de San Juan o Gustavo Bordet, de Entre Ríos, tienen proyección futura pero un presente dedicado a sus provincias. Esa carencia dilata las discusiones por el liderazgo: en lo inmediato, los delfines están en pie de igualdad.

3. El tándem Massa-De la Sota no está en condiciones, hoy, de reclamar el liderazgo del conjunto. Se viene conjeturando la posibilidad de que el Frente Renovador renueve, precisamente, el peronismo. La propia denominación del partido fundado por el diputado Sergio Massa y engrosado por el ex gobernador De la Sota (sí, un diputado y un gobernador electo) nos remite a esa analogía histórica: el peronismo, después de perder, desplaza a los mariscales de la derrota y renace de sus cenizas. Pero la Historia no se repite mecánicamente, y el caso tampoco parece comparable. El massismo se funda sobre la base de una crítica lapidaria del FpV, renuncia a la pelea desde adentro, y apela a un electorado nuevo. Córdoba, asimismo, aparece como el distrito que permitió la victoria de Macri, dada la amplísima ventaja que obtuvo allí la fórmula de Cambiemos. No hay fuentes simbólicas o ideológicas de legitimidad. Y tampoco tienen territorio o poder institucional, a diferencia de los renovadores de los ’80 -entre los que también estaba De la Sota: sólo un bloque de unos treinta diputados, y una provincia rebelde–. Y ambos, bloque y provincia, terminarán más cerca del Gobierno que de la oposición. El bloque massista será necesario para que Macri logre poner la Cámara Baja a funcionar, y la provincia necesita una buena relación con la Nación para cobrar las deudas reclamadas.

Lo que sí puede coordinar el tándem Massa-De la Sota es su crecimiento en los márgenes del peronismo federal que fue antikirchnerista durante los últimos años. Armar otra cosa, en lugar de ir por el terruño. En algunas de estas provincias –son dos o tres, de arranque– puede haber voluntad para crear un bloque alternativo al peronismo oficial, siguiendo la línea trigrense-cordobesa, con acceso privilegiado a la Casa Rosada. La identidad de este bloque sería la defensa del interés provincial ante todo. La gran victoria de Macri sería lograr que ese bloque se amplíe y atraviese las fronteras. La imagen del gigante dividido, entre un peronismo remanente y otro secesionista que sustenta la gobernabilidad de Cambiemos, sería un triunfo simbólico sobre el PJ y una herida narcisista para la UCR. En cambio, el gran logro del liderazgo peronista para 2016, una mesa de conducción colegiada que incluye a la Presidenta y al resto de los gobernadores, sería reducir ese movimiento al máximo, postergando para 2017 la discusión sobre autoridades partidarias, y administrando con prudencia la gran cuota de poder que hoy ostenta.

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