Esperanza versus miedo

La estrategia naranja funcionó para recuperar votos, pero no le permitió atraer esos puntitos antikirchneristas que necesitaba y Scioli se quedó ad portas –cosa que ni él creyó posible al reconocer la derrota tan tempranamente–.

Finalmente, la “estrategia de la esperanza” (ex “cadena del desánimo”) venció por puntos a la “estrategia del miedo”. El margen final fue estrechísimo y despertó todo tipo de suspicacias, especialmente entre los que se especializan en detectarlas. Al no tener la información que pudiera confirmarlas o desmentirlas (cualidad que está en la misma definición de los que es una suspicacia, hay otras cuestiones más lógicas y pedestres en el triunfo de Cambiemos o en la derrota del FpV en las elecciones del domingo 22).

La diferencia fue exigua. En términos concretos, menos de 3 puntos, lo que en un balotaje significa menos de punto y medio ya que, al ser una lógica de suma cero, lo que gana uno lo pierde el otro. No sólo las encuestas previas y las bocas de urna daban una diferencia mayor (de alrededor de diez puntos) sino que los datos oficiales por mucho tiempo, incluso al momento de reconocer Daniel Scioli la victoria de Cambiemos, reflejaban una distancia que se fue achicando a medida que avanzó el recuento de votos.

De nuevo, y sin intención de exculpar a los encuestadores –que tienen que revisar muestreos, metodologías de interrogación y su relación con el poder– diez puntos en un balotaje son, en realidad, cinco (por las razones aducidas ut supra), o sea, en un muestreo standard algo que cae dentro del margen de error.

De todos modos, el acercamiento de ambos era previsible dada la mecánica resultante del choque de las dos estrategias. Cambiemos tuvo siempre su bastión en el antikirchnerismo rampante que duplicó en los últimos tiempos en intención de voto al kirchnerismo rampante. La estrategia del sciolismo hasta la primera vuelta se basaba en la confianza que no le iba a ser difícil superar los 40 puntos, y que la división de la oposición le impediría a Mauricio Macri descontar los 10 puntos para llegar, por obra y gracia del Pacto de Olivos, a la Presidencia.

Pero la victoria de Aníbal Fernández en las PASO lo complicó todo. Scioli no pudo y no supo (si quiso) que Julián Domínguez venciera al natural de Quilmes y, una vez candidato a gobernador, la única esperanza que le quedó al aspirante a la Presidencia por el FpV fue que no hubiera corte de boleta, y que su figura se impusiera por sobre la del –cuanto menos polémico– jefe de Gabinete. No estuvo solo, sino que la mayoría de los analistas –incluido el que escribe esta nota– pensaron/mos que finalmente Aníbal sería el ganador. Pero afortunadamente la vida te da sorpresas, lo cual, según Adam Pzerworski, es la esencia de la democracia, y María E. Vidal se impuso, restando preciosos votos al FpV y, de este modo, forzando la segunda vuelta, con Scioli corriéndola de atrás.

Adicionalmente –y si algo en que desde esta prestigiosa publicación que me tiene como columnista– habíamos advertido, Córdoba funcionaría como la “madrina de todas las batallas”: con la provincia sin ser el tractor de votos peronistas de siempre, y la esperanza del FpV cifrada en los feudos tropicales y australes, la elección clave se daba en la provincia mediterránea. Cambiemos descontaba el apoyo radical, ¿pero en una segunda vuelta los peronistas privilegiarían su identidad madre, o su antikirchnerismo rabioso? Venció el sentimiento antikirchnerista, y La Docta fue la que inclinó el fiel de la balanza hacia el triunfo de Macri, paradójicamente, a favor de la coalición más porteña desde que Bartolomé Mitre llegó al poder gracias a la Batalla de Pavón.

Es que la estrategia del miedo de Scioli resultó tan ineludible como contradictoria. Ineludible, porque si salía por fin a ser “más Scioli que nunca”, aparte de ganarse el odio cristinista, luego del batacazo de Vidal, iba a ser una campaña a favor de Macri: si decís que hay que cambiar, que mejor que votar a quien asegura el cambio. La “estrategia del miedo” podía ser desagradable pero no era estúpida ni mucho menos: si en la disputa kirchnerismo versus antikirchnerismo este último ganaba 60 a 30, en la disputa ajuste versus distribución casi nadie, salvo los gladiadores de FIEL, estaban a favor del ajuste.

Pero claro, estar en contra del ajuste era lo mismo que defender el “modelo” y, así, en lugar de Scioli ser cada vez más Scioli, terminó siendo cada vez más Cristina, perdiendo por el lado antikirchnerista lo que ganaba por prometer seguir la fiesta. La estrategia funcionó para recuperar votos, pero no le permitió atraer esos puntitos antikirchneristas que necesitaba y Scioli se quedó ad portas –cosa que ni el creyó posible al reconocer la derrota tan tempranamente–.

Perdió el miedo y ganó la esperanza (o, al menos, el miedo al miedo), pero los kirchneristas puros pueden aducir que esos no fueron votos a Scioli, siquiera al peronismo, sino votos al discurso de Cristina. Semejante performance también le pone el freno de mano a las ínfulas renovadoras: Sergio Massa necesitaba un peronismo derrotado mal y no casi ganador después de doce años en el poder. Pero claro, el poder real de los herederos de Perón residirá en los gobernadores sempiternos, en la columna vertebral sindical (hoy bastante invertebrada) y en Senado, con esos padres de la Patria recargados, dado su posición de veto y la ausencia de un jefe. La disputa por quien será el jefe en ese partido tan empinado es lo que se viene.

Sin embargo, incluso la suerte del peronismo será responsabilidad en gran medida de cómo le vaya a Cambiemos en el poder, especialmente en su primer año de residencia en la Casa Rosada y aledaños. Pero esa historia comenzará concretamente el mes que viene cuando Macri asuma como el Presidente de los argentinos.

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