La renovación democrática de 2015

Reglas previsibles, resultados inciertos: el electorado le marca la cancha a los protagonistas. Es una transformación en las tradiciones políticas nacionales.

Acaso este 2015 quedará inscripto en la historia como el año de la renovación democrática más profunda desde 1983. Por empezar, votamos este año más que nunca antes: elegimos candidatos en las PASO, gobernadores, jefe de Gobierno porteño e intendentes, renovamos la Cámara de Diputados y el Senado, designamos a representantes en el Parlamento del Mercosur y, finalmente, consagramos nuevos presidente y vice produciendo una verdadera alternancia en el poder.

La octava elección presidencial trajo varias novedades; entre ellas, el estreno del balotaje, introducido en la reforma del ’94. Una competencia que empezó favoreciendo al oficialismo, en la que parecía que todo estaba ya casi definido a favor del candidato del FpV Daniel Scioli, y terminó emparejando Mauricio Macri con la alianza Cambiemos, obligando a una segunda vuelta para definir el triunfador. Se sortearon todos los obstáculos que echaron sombras sobre este extendido proceso electoral. El Gobierno Nacional desniveló la cancha a favor de los candidatos del oficialismo pero la utilización proselitista de los medios y recursos públicos no logró entorpecer lo que resultó finalmente la elección presidencial más competitiva desde las que protagonizaron Raúl Alfonsín e Italo Luder hace treinta y dos años. Otra novedad que trajo esta elección fue el primer debate público entre los dos candidatos presidenciales que llegaron a la segunda vuelta. Este debate trazó una línea entre el pasado y el futuro –CFK dejó de ser la figura gravitante– y marcó un precedente –que los candidatos rindan examen cara a cara y frente a los ciudadanos– que queda incorporado a las prácticas democráticas normales. No hubo espacio para propuestas o definiciones precisas ni exhibición de dotes excepcionales, es cierto. Sin embargo, fue mérito de Macri y Scioli haber logrado llevar adelante una contienda frontal pero respetuosa.

Suficientes razones para considerar que el 22-N ganaron todos. El candidato que triunfó y el que fue derrotado. Quienes fueron oficialistas y quienes fueron opositores. Porque se logró dar un juego limpio, de competencia abierta en un espacio compartido. Y respetarlo hasta el final desoyendo cantos de sirena, campañas de miedo y pronósticos agoreros. Hemos visto a estrategas y analistas errarle fiero a las previsiones y pronósticos; encuestadores ampliando y justificando sus márgenes de error; candidatos que también evidenciaron no saber a ciencia cierta cómo venía la mano. Fue sorpresa el resultado de la primera vuelta –la contundente derrota del kirchnerismo– y lo fue el ajustado triunfo de Macri, en la segunda vuelta, cuando las encuestas anticipaban diferencias mayores. Con certidumbre de reglas, incertidumbre de resultados; eso es lo que distingue a una democracia ciudadana de un tipo de democracia delegativa, en la que se acomodan las reglas y leyes a medida de los propósitos del gobernante de turno. Hemos elegido para gobernar el país la segunda mitad de la segunda década del siglo XXI a un presidente que no es ni peronista ni radical, aunque llega con el apoyo orgánico del radicalismo. Es la primera vez que un mismo partido no peronista ni radical gobernará la Nación, la Ciudad y la provincia de Buenos Aires en simultáneo. Y que un partido y un político ubicable en el espectro del centroderecha o del liberalismo republicano, según se prefiera, llega al gobierno por el voto popular. Un partido nuevo al frente de una coalición que deberá combinar reorientaciones, imaginaciones, talentos y valentías; cuidar y tomar riesgos, cuándo, dónde y cómo corresponda. Queda atrás más de una década en la que la política nacional gravitó en torno de un mismo apellido y un partido dominante. El 51-48 del balotaje termina de completar el paso de un tipo de democracia mayoritaria a otra de tipo más “consociativo”, en el que el poder se encuentra más repartido y es necesario gobernar en base a coaliciones y acuerdos y consensos.

La presidenta saliente le entrega la banda y el bastón presidencial a un sucesor de otro partido de un signo ideológico opuesto y ese, paradójicamente, es uno de los grandes logros que dejará su gestión. Se trata de la tercera alternancia en el gobierno desde el ’83. La primera, de Alfonsín a Menem en 1989, estuvo rodeada de enorme incertidumbre, hiperinflación y golpismo “carapintada” aún acechando. La segunda, de Menem a De la Rúa en e1999, se produjo sobre una olla a presión –la convertibilidad, la deuda externa y social, el déficit público– a punto de estallar. Esta vez, con todo el inventario de déficit que dejará la administración que concluye, Cristina Kirchner entrega el poder en un contexto de mayor normalidad y con un apreciable respaldo popular. Y Mauricio Macri llega a la presidencia con una legitimidad indiscutida y el mayor caudal de votos desde la recuperación de la democracia.

Desechando certezas complacientes y explicaciones conformistas, será posible reconocer la naturaleza del cambio histórico que podría estar produciéndose, en los términos en los que Hannah Arendt entiende la revolución democrática, como fundación de instituciones libres y nuevas prácticas políticas. “En torno de los nudos cruciales de aquellos umbrales críticos de la modernidad, de las que Bobbio llama ‘promesas incumplidas de la democracia’ –escribió José Aricó, intelectual socialista– se abren los espacios comunes de confrontación y de intercambio entre las culturas de derecha y de izquierda. Pero para que la cultura opere como corrosiva de las posiciones preconstituidas, de los compartimientos estancos, de las exclusiones que pretenden separar con una valla infranqueable lo que debe circular, es preciso arrancar de un terreno común, de un cemento de la unidad nacional, de una condición de permanencia de la República”.

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