Las primeras goteras

(Columna de Gonzalo Sarasqueta)

Cambiemos quiere dar señales contundentes de que no seguirá las huellas del kirchnerismo en cuestión de medios. Hará un corte abrupto en esta materia. Pocas regulaciones.

Oscar Aguad fue el encargado de encender la mecha. El flamante ministro de Comunicaciones afirmó sin pelos en la lengua: “La regulación de la Ley de Medios no va a subsistir durante nuestro Gobierno”. Y, por si quedó alguna duda flotando en el aire, añadió: “Los medios van a competir libremente en el mercado y trataremos de ayudar a los más pequeños”. Fue el primer tuteo oficial con el Grupo Clarín. Después de años de atrincheramiento, el principal conglomerado mediático del país comienza a relajarse. ¿Se abre otra etapa para la empresa de Héctor Magnetto?

Varias lecturas subterráneas. Para empezar, Cambiemos quiere dar señales contundentes de que no seguirá las huellas del kirchnerismo en cuestión de medios. Hará un corte abrupto en esta materia. Pocas regulaciones. “Nada de encorsetar al cuarto poder”. Y un papel reducido del Estado. En Balcarce 50 interpretan que la lógica binaria –Gobierno versus medios de comunicación– es perjudicial para la democracia. Erosiona la legitimidad de ambos actores. Por eso recurren al paladar del mercado para repartir los premios y los castigos correspondientes. Para ellos, vendría a ser la válvula de escape para desarticular el conflicto de alto voltaje que se desató en estos últimos años entre el FpV y la prensa.

El mensaje encriptado es la creencia de que el mercado tiende naturalmente hacia el equilibrio, perspectiva que ha pisado en falso muchas veces en la historia nacional. Y más en el plano comunicacional, donde una empresa como Clarín se transformó –a veces, simplemente, siguiendo la estela del laissez-faire; otras, con la ayuda de algún presidente con muñeca, como Néstor Kirchner– en un Big Brother que elimina cualquier posibilidad de disputar una carrera en igualdad de condiciones. Las compañías de pequeño y mediano tamaño no cuentan con el capital (material ni simbólico) para resistir la cooptación y detener el proceso acumulativo del diario fundado por Roberto Noble. Ergo: el punto de partida es diferente para cada competidor.

Yendo al plano estrictamente político,Mauricio Macri necesita extender la “luna de miel” con los medios. Al menos con los principales grupos: La Nación y Clarín. El sinceramiento de la economía –es el eufemismo que han elegido para reemplazar a ajuste–, por sí solo, posee un costo sociopolítico considerable. Sin el blindaje mediático, ese costo podría mutar en heridas difíciles de subsanar. Y más cuando se trata del momento fundacional de la gestión. En esto las expectativas de la ciudadanía son elevadas. La vara todavía está a la altura de las promesas maximalistas de la campaña electoral. Cualquier tropezón en esta instancia puede llegar a producir una suspensión sin vuelta atrás. Un desencanto crónico.

Claro que esta perspectiva colisiona con la clásica interpretación liberal de que los medios de comunicación son actores ajenos al ajedrez político. En otras palabras: neutrales. Que solo hacen de contrapeso al poder político. Sin embargo, a pesar de su prédica,Cambiemos es consciente de que uno de los pilares de su gobernabilidad será la simbiosisque logrecon estas empresas periodísticas. El proceso comenzó implícitamente durante la campaña, continúa con estos pronunciamientos y se fortalecerá mediantepolíticas públicas futuras (según las palabras de dirigentes como Aguad). Lo que destapa uno de los primeros hiatos entre discurso y hechos de la presidencia de Macri.

Como contradicción colateral, está el avasallamiento a la legalidad. La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual fue votada en el Congreso. Y no solamente por el kirchnerismo. Fuerzas ajenas al perímetro K, como el Partido Socialista, el Encuentro Popular y Social y otros partidos de centroizquierda, apoyaron la medida. Por ende, las palabras de Aguad también se llevarían por delante la independencia y la voluntad del Poder Legislativo. ¿Otra zancadilla a la República? Sí. Y también otra gotera en el relato amarillo.

A pesar de estas inconsistencias de fondo, el macrismo –por lo menos, hasta ahora– insiste en cuidar las formas. Brinda conferencias de prensa, varios de sus ministros otorgan entrevistas, sostiene que la televisión estatal será plural y garantiza que la pauta oficial será distribuida de manera equitativa. Sólo resta saber si cuando la temperatura política aumente, estas prácticas se mantendrán o concretarán, respectivamente. Porque en la meseta o rutina, los protocolos relucen; ahora, en las turbulenciaso crisis (todo gobierno las tiene), sale a la luz la verdadera línea editorial de la gestión.

Pero este no es el único interrogante. Cambiemos posee otro desafío mayúsculo. Si realmente no armará un aparato (para) estatal mediático propio –como hizo el kirchnerismo– y dejará al antojo del mercado el mapa mediático, ¿con qué dispositivos comunicacionales capearálas tempestades? Los grandes medios privados pueden ser aliados coyunturales, pero nunca estructurales. Sus intereses son disímiles a los de un gobierno. De otra naturaleza. Su fidelidad es volátil. En contextos políticos sensibles o críticos, suelen privilegiar sus activos. El 2001 o “la 125” son dos ejemplos palpables que ofrece el espejo retrovisor de la historia. ¿Habrá tomado apuntes el nuevo inquilino de la Casa Rosada?

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