Condenado al populismo

Macri no quiere ser un líder populista, pero está obligado a serlo.

Una semana de Gobierno es muy poco material para el análisis. Hay, es cierto, algunos elementos sorprendentes que lo merecen. Uno de ellos, que es examinado en otras páginas de esta edición de el estadista, es la misteriosa fórmula de gobernabilidad de Mauricio Macri. Una fórmula explícitamente omitida. El Presidente está desoyendo los consejos de la Historia, y de los manuales de ciencia política, y eso puede ser una gran innovación o un despropósito. Démosle el crédito de la primera posibilidad. Ya rompió leyes de la política argentina, y así y todo llegó a la Presidencia. Como Néstor Kirchner. Macri encabeza un Gobierno débil. También lo hizo, al principio, Kirchner. Y los dos comenzaron por rechazar el camino del manual: ninguno formó, pese a ello, una presidencia de coalición. O un gobierno “de unidad nacional”, como se les llamaba alguna vez.

Macri convocó a solo tres radicales a su gabinete de veintiún miembros, con el agregado de que son radicales no demasiado representativos del partido a nivel nacional. Oscar Aguad y Julio Martínez son dirigentes conocidos en sus distritos, pero poco fuera de ellos, y Ricardo Buryaile es más un dirigente agropecuario que uno partidario. Ernesto Sanz, Julio Cobos o Gerardo Morales hubieran tenido otro significado; en el caso del primero, las razones personales no le permitieron ir a la transmisión de mando de Macri en Casa Rosada, pero por suerte sí pudo estar en la asunción de María Eugenia Vidal, y saludarla, y en la Asamblea Legislativa del día 10.

Macri no hace referencia alguna a su debilidad, que es empíricamente comprobable. Kirchner, el presidente del 22%, hacía constantes sinceramientos de su desventaja, y eran igualmente ostensibles sus esfuerzos por sobreponerse a ella. Macri finge ser un presidente fuerte. Y eso busca justificarse, o compensarse, con un nuevo discurso legitimador. Es la hora del cambio de paradigma. Macri no necesita, como los antiguos dirigentes de la vieja política, de mayorías parlamentarias, ligas de gobernadores, o la movilización de las calles. « Ustedes, los politólogos, tienden a creer que todo depende del poder y la gobernabilidad», me han llegado a decir. Fui un dinosaurio hijo de Maquiavelo. Ahora, «en el cambio de paradigma», me agregaron, «la política es el acuerdo, la gestión y las instituciones».

Es claro que el discurso del nuevo paradigma, tomado en forma literal, es insostenible. Pero tiene sentido si lo interpretamos como el nacimiento de un nuevo populismo. Algo que Macri va a necesitar, y con urgencia. Sus poderes partidistas son muy débiles, y sin posibilidad de crecer hacia adentro –algo que sí tenía Kirchner, por peronista–. Y sus poderes constitucionales no son infinitos: las críticas internas que recibió por haber nombrado por decreto a dos jueces de la Corte Suprema muestran que no va a poder seguir haciéndolo siempre. Pactando con gobernadores, legisladores y burocracias va a poder mantenerse en el poder, y administrar el país, pero no podrá ser un presidente de grandes cambios. Y él llegó para hacer cambios en la orientación de las políticas públicas. La única forma de salir del encierro es el apoyo de la opinión pública. A Jaime Durán Barba le pidieron que posponga su vuelo de regreso: lo necesitan aquí, y más que nunca.

Macri está condenado al populismo. Saquémosle al término sus connotaciones clasistas, y pensémoslo solo como la relación directa, de apoyo mutuo, entre la opinión pública y el Presidente, que le permite a éste último introducir reformas importantes. Gabriela Michetti algo anticipó: un periodista le preguntó cómo pensaban pasar sus proyectos de ley con el Senado en contra, y ella respondió, sin dudarlo: «Los proyectos no serán nuestros, son de la ciudadanía». Cambiemos será el cambio permanente. Su significante flotó: del «cambiar a Cristina Kirchner por Mauricio Macri», a «cambiar a la vieja política» del poder, la gobernabilidad, los politólogos. El nuevo paradigma no la necesita.

El desafío para Durán Barba es mayúsculo. Porque Macri no quiere ser un líder populista, pero está obligado a serlo. El ajuste que se viene no lo ayuda a ser popular. Y él tampoco. El día de la asunción presidencial, tuvo balcón, micrófono, público, y en lugar de hablarles, bailó. Le pasó el micrófono a la vicepresidenta, y ella lo usó para cantar una cumbia de Gilda. ¿Quién piensa hacer el trabajo, inevitable, de movilizar a las mayorías?

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