El tiempo de la política

(Columna de Sergio Morresi)

El PRO precisa construir una alianza social más amplia que la que lo catapultó hacia el poder y, para eso, necesita que el “equipo” trascienda tanto la política como gestión como el terreno de la negociación interpartidaria y corporativa.

El discurso de asunción de Mauricio Macri fue, en cierta medida, su último acto proselitista. En los pocos minutos en los que se dirigió a la Asamblea Legislativa, el nuevo Presidente abundó sobre los mismos temas que utilizó en su campaña electoral. Pragmatismo en lugar de épica; énfasis en la cercanía con “la gente” y prudente distancia de la dirigencia tradicional; claridad en los modos (colmados de buenas intenciones) y cierta vaguedad en los objetivos finales; la difuminación de la figura del líder, humanizado a partir del reconocimiento de su falibilidad, y un fuerte hincapié en la idea de un equipo al que se le encarga la tarea de llevar adelante una transformación profunda y de tintes refundacionales. Es entonces cuando, en el equipo, hay que poner la lupa.

UN EQUIPO CON TRES EJES

En el equipo del nuevo Gobierno sobresalen hombres y mujeres provenientes del mundo empresarial. Algunos analistas han llegado a interpretar este fenómeno como un avance de las corporaciones sobre el Estado: el país atendido por sus dueños. Sin embargo, con algunas excepciones, este grupo no está compuesto por los propietarios de las empresas, sino por CEO’s, CFO’s o gerentes que no necesariamente expresan los intereses de los accionistas. Lo que estos cuadros sí representan es una forma de entender a lo público diferente a la de los políticos tradicionales. Para ellos no se trata tanto de poner al Estado al servicio de las corporaciones como de gerenciarlo con eficacia para apuntalar las iniciativas de la sociedad civil.

Otro eje relevante del “team” está formada por técnicos con sólida formación académica y un paso más o menos destacado por ONG’s, think tanks, consultoras o fundaciones. En su mayoría se trata de profesionales reconocidos en su campo, pero que tienen el hándicap de haber apoyado concepciones económicas y sociales que no arrojaron buenos resultados en el pasado. Es cierto que, en su paso por las lides políticas, algunos de ellos han aprendido a flexibilizar e incluso a abandonar algunas de las posturas que antes habían defendido. Sin embargo, tendrán que mostrar en la cancha que han dejado atrás su “noventismo” y que pueden combinar las demandas sociales con los imperativos de la experticia.

La tercera pata del andamiaje que propuso Macri es la de los políticos profesionales: los radicales, peronistas, liberales y conservadores que se sumaron a PRO y los técnicos y gerentes que aprendieron a ser políticos durante los últimos años. A ellos parece caberles la misión nada sencilla de dar solidez y sentido al emprendimiento en su conjunto.

Para buscar solidez, los políticos deben tejer acuerdos, muchos acuerdos. En este sentido, su trabajo será mantener en pie la alianza electoral Cambiemos, pero también formar nuevas coaliciones (en el ámbito legislativo, pero también con los gobernadores e incluso con algunos intendentes) que permitan el tratamiento de las propuestas del partido gobernante.

Pero los políticos tienen una tarea adicional: dar sentido al nuevo Gobierno, trazando una hoja de ruta y una narrativa que (aun buscando mantener el “estilo PRO”) clarifique el proyecto de país. Pero la potencia de ese proyecto depende en buena medida de su carácter colectivo y, por lo tanto, de la capacidad del Gobierno para dialogar con sectores de la sociedad que no acompañaron (y que incluso combatieron) la candidatura de Macri.

EL IMPERATIVO DEL DIALOGO

A la hora de pensar en una coalición de gobierno con posibilidades de éxito, algunos analistas han puesto el énfasis en la necesidad que tiene PRO de acordar con otras fuerzas políticas. Por supuesto, esta es una condición necesaria, pero podría no ser suficiente.

En efecto, el PRO precisa construir una alianza social más amplia que la que lo catapultó hacia la Presidencia de la Nación. Y para ello es probable que necesite que el conjunto del “equipo” trascienda tanto la política como gestión como el terreno de la negociación interpartidaria y corporativa.

La tarea es más ardua de lo que podría parecer a primera vista. No se trata, como han repetido algunos líderes de PRO, de reemplazar a los ineficientes por los eficientes, ni a un gobierno que habla mucho por otro capaz de escuchar. Se trata de establecer un vínculo más horizontal y robusto entre Estado y sociedad, lo que seguramente implicará cortocircuitos con sectores que apoyaron la candidatura de Macri.

Subrayar la importancia de los diálogos y la inclusión no implica ser idealista, ni dejar de lado la realpolitik. Mejor aún, es cuestión de reconocer que el nuevo Gobierno tiene delante de sí el desafío de dejar atrás el tiempo de la campaña y comenzar el de la construcción política. En esta etapa, los líderes de PRO precisan considerar (esto es, no sólo escuchar a sino dialogar con) múltiples demandas que no pueden ser compatibilizadas recurriendo apenas al arte del buen gerenciamiento. Y, al mismo tiempo, deben tomar nota de que las voces de los representantes partidarios y sectoriales no agotan el repertorio de exigencias de una ciudadanía plural y diversa que tiene intereses contradictorios e incluso irreconciliables.

Ahora que quedó atrás la campaña electoral, empieza la política. Tiempos interesantes, sin dudas.

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