Un gabinete, otra lógica

(Columna de Néstor Leone)

El nuevo elenco de Gobierno combina dirigentes políticos con cuadros empresariales. Algunas implicancias posibles.

Las designaciones, en singular y en cuanto a los perfiles elegidos, no sorprendieron tanto. Parecían a tono con la impronta previa del PRO.Aun la que había sugerido en los fragores de campaña. Sorprendió más, sí, la distribución de espacios y, en ella, la sobrerrepresentación de cuadros empresariales en el diseño de ese nuevo elenco de Gobierno. Gerentes, CEO’s y hasta propietarios de grandes empresas entremezclados conreferentes de ONG’s y de organismos internacionales. De nuevo: no porque se esperase un esquema en el que estos actores no tuvieran su anclaje sino, más bien, por el peso relativo mayor que adquirieron, incluso en relación adirigentes del propio espacio, políticos de las fuerzas aliadas y alguna que otra sorpresa extrapartidaria.

Este cambio de elenco, a su vez, vino provisto de una justificación técnica respecto de la probidad de estos actores para ocupar esoscargos a partir de sus buenos desempeños en la esfera privada. Como expresión del diálogo abierto con estos sectores. Como cesión de autonomía política reivindicada bajo la común inclusión en un equipo de trabajo. De ahí que Juan José Aranguren, otrora visible presidente de la petroleraShell, ocupe con cierta naturalidad el Ministerio de Energía y Minería y tenga dentro su órbita a la parcialmente estatizada YPF. O que Isela Costantini salte de General Motors a Aerolíneas Argentinascon la venia deunexpertise considerado necesario y edificante. Ejemplos, paradigmáticos a su modo, pero que no agotan la cuestión.

Esta impronta, como se dijo, es constitutiva del PRO como fuerza (y de Mauricio Macri como referencia política). Está en su diagnóstico inicial, en su motor político. Ante el “fracaso” de la corporación partidaria (por incompetencia o corrupción, se alegaba), una serie de expertos, técnicos y voluntarios debían “meterse en política” para sanearla, para incorporar las virtudes propias del mundo privado. Como algo ajeno en lo sustancial. Exterior, y de dimensión moralizante. Así, organizaciones no gubernamentales, usinas de pensamientoyfundaciones empresariasproveyeron buena parte de sus dirigentes. Aunque muchos otros también llegaran de aquellos partidos y de esa “vieja” política que se trataba de impugnar.El libro “Mundo PRO”, de Gabriel Vommaro, Sergio Morresi y Alejandro Bellotti, en ese sentido, resulta una buena radiografía de ese proceso.

SABER Y PODER

El término tecnocracia se disparó entonces como parte del debate. Como un revival de versiones pasadas. Y en tanto no era difícil advertir la gravitación creciente de ese saber considerado “experto” en la esfera de las decisiones políticas. La provisión de cuadros de relevancia provenientes de la Fundación Pensar, argamasa de los orígenes del PRO, y los aportes del Grupo Sophia, fundado por Horacio Rodríguez Larreta y que tiene en María Eugenia Vidal a su fruto más destacado, permitieron hacer redivivala mención. Y encontrar ciertasreminiscencias en el rol que jugaron algunos think tanks liberales (CEMA, FIEL y Fundación Mediterránea, por caso) en la Argentina de los ’90 se convirtió en un juego posible. Malicioso, en algunos casos. Pertinente en otros.

Cierta superposición de este nuevo elenco de Gobierno con representantes de segmentos de la élite empresarial, no obstante, marca diferencias. No tanto porque el menemismo no haya mostrado consustanciación entre política y bloque de poder. Ni mucho menos. Pero sí en tanto, en este caso, las mediaciones parecen menores. El salto hacia la función pública de ese nuevo funcionariado (los casos más relevantes o que ocupan cargos que sí lo son, por lo menos) se produce no tanto desde esas usinas de pensamiento, sino desde las empresas mismas. Varias de ellas, las más concentradas del mercado local. Y no tanto en nombre de un cúmulo de saberes determinados (o de un diagnóstico preciso), sino más bien de ese buen nombre ganado en el ámbito privado.

Incluso aquellos atravesados por el tamiz de la política parecenproducto de esta impronta. El caso de Ricardo Buryaile, hasta no hace tanto vicepresidente de Confederaciones Rurales Argentinas y miembro de la Mesa de Enlace, por ejemplo, designado ministro de Agroindustria, es un ejemplo de esto. Es cierto, ya en 2009 integró las listas de la Unión Cívica Radical en el marco del Acuerdo Cívico y Social, y pudo renovar su banca en 2013. Pero no es difícil ver lo suyo como correa de transmisión de los intereses concretos de unos de los sectores más dinámicos de la economía argentina. Precisamente, aquel que fue uno de los más decididos opositores durante el ciclo político anterior.

PROYECTOS Y RIESGOS

El kirchnerismo, una vez más, aparece como contracara. Y esto, más allá de cualquier consideración sobre formas, horizonte de sentidos o eficacia en las medidasimplementadas. Ensanchar los grados de autonomía relativa de la acción política fue una de sus marcas de agua. Y el motor de su decisionismo. Con buenas o malas artes. Con una burocracia estatal acorde o no. Con sintonía más gruesa que la fina necesaria. Pero no negociable. Lógica política de ejercicio del poder ésta que el Gobierno de Macri viene a reemplazar, con nuevos actores y otra relación entre el Estado y la sociedad, entre lo privado y lo público.

La perspectiva invasiva que estos sectores designados vieron siempre en el Estado y cierta ajenidad consuetudinaria que adviertenen lo público acercan interrogantes, que el liderazgo necesario de Macri tendrá que conjurar. Más aún si su Gobierno se piensa como un proyecto de poder con intenciones de reordenar el sistema político y ofrecer el modelo de modernización prometido (excluyente o no, regresivo o no, se verá), más allá de las políticas de shock iniciales o las transferencias de ingresos intersectoriales.El proceso de acumulación políticaprevio (sin tantos pasos en falsos y con ciertos márgenes propios) advierte sobre reduccionismos. Cierta línea de continuidad, sin tantas mediaciones, entre intereses empresarios, composición compartimentada del gabinete y primeras decisiones de Gobierno señala caminos entrecruzados.

“Si la élite económica no acompañara el programa del nuevo Gobierno, podría convertirse, paradójicamente, en su principal desestabilizador”. Quien esto advierte es el sociólogo Eduardo Fidanza, en un interesante artículo en La Nación del sábado 12. Laudatorio desde el título mismo (“Ante un proyecto ambicioso y transgresor”) de la figura de Macri y de su propuesta de cambio. Ligado a esta autonomía relativa que está en juego. A la coalición política que necesita ampliar. Y, sí, a las aptitudes de liderazgos políticos que el Presidente tendrá que mostrar. Sin sobreactuaciones innecesarias.

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