La reforma y el conurbano

Hay que alterar los incentivos que motivan a los migrantes a instalarse en el conurbano bonaerense.

Gobierno que asume, Gobierno que propone una reforma política que termine con todos los males y vicios de la política argentina. La reforma es un tema que siempre “estimula y sienta bien”, como decía el slogan de Ginebra Bols que recordarán los longevos. Claro está, en las bambalinas del poder, se pretende que los loables objetivos democráticos no perjudiquen la performance en las urnas del oficialismo sino, más bien, que la maximicen. Y ahí, la reforma política encalla en los bancos de arena opositores, que también juegan, al ser requeridas constitucionalmente para esos temas mayorías especiales.

Aun así, la historia de las reformas políticas está plagada de intentos fallidos, saltos al vacío y boomerangs institucionales. Y las más de las veces, cuando fueron exitosas, lo han sido por motivos bien diversos de los mentados durante su diseño. Vaya el caso de las PASO, elaboradas por Néstor Kirchner para generar un embudo para todo el peronismo, ante el peligro de que la oposición se le aglutinara delante. Pero ante su muerte, y el aumento de la popularidad de Cristina Fernández, la oposición no tuvo ningún incentivo a coaligarse para perder de todas formas y cada una fue separada con lo suyo, y la Presidenta se transformó electoralmente en “Blancanieve y los 7 enanitos” (o, mejor quizás, en Cruella de Ville y los 101 dálmatas, para seguir en temática Disney).

Solo con un oficialismo tensionado internamente, con un candidato oficialista que para evitar el veto presidencial siguió polarizando, el tercero en discordia, Sergio Massa, no quedó engullido y pudo forzar una segunda vuelta, aunque entre Daniel Scioli y Mauricio Macri (semejante cúmulo de instancias circunstanciales llevan a que surjan interrogantes sobre la repetición de otro ballotage en elecciones presidenciales venideras).

Hasta el momento, la reforma política que se encuentra en agenda apunta a cambiar el mecanismo de votación para simplificarle la vida al votante con el “sufragio por impresora”, siguiendo el ejemplo de la Ciudad de Buenos Aires. Sistema que no es en realidad un “voto electrónico” total porque el registro sigue siendo la papeleta y no los datos almacenados en un chip, disco duro o en una cloud externa segura.

La solución recuerda a ese intendente que repartía entre los discapacitados sillas de ruedas con neumáticos “todo terreno”, para que pudieran circular por las “deterioradas veredas y calles” de la ciudad, cuando en realidad lo que debería haber hecho era arreglarlas. El problema de fondo no es la boleta electoral, sino la debilidad de las estructuras partidarias que impactan negativamente, uno, sobre la provisión de fiscales y, dos y casi más importante, al alentar la fragmentación interna con proliferación de infinitas listas con candidaturas intrascendentes -caso Tucumán-. Allí, donde hubo pocas listas, el sistema funcionó aceptablemente. P

ero, claro, impone dotar a la política de un grado de organización a contramano de las tendencias individualistas y virtuales que hoy imperan, y especialmente van contra la idea tan actual que ejercer la ciudadanía debe ser una fiesta y no algo que implique algún costo considerado insoportable –como hacer una cola–. Seguramente, el próximo tema de una próxima reforma, si no se cola en esta, es el de instaurar el voto electrónico que permitirá que los resultados se conozcan casi inmediatamente después del cierre de los comicios. Ultimamente, las sospechas de alteración fradulenta de resultados se han incrementado escuchándose incluso en esta elección presidencial, pese a que el vencedor quedó a tan poco margen (o sea, la situación perfecta para que el oficialismo metiera, si pudiera, los “deditos” en las urnas). Uno puede imaginarse la multiplicación geométrica de leyendas urbanas si se impone el tecnocrático voto electrónico. Solo basta con mirar los blogs estadounidenses en aquellos lugares donde se vota con ese mecanismo para tener un panorama de lo que pueden ser las teorías conspirativas que dispare esa costosísima forma de votar.

De todos modos, el voto electrónico (en su variante parcial o total) no alterará el funcionamiento del sistema político actual y, más bien, promete reforzarlo. Por cierto, a veces hace más por cambiar la lógica del sistema ciertas medidas que esquivan la pomposidad de una reforma institucional, pero que le entran de lleno al cuadril de la política.

Caso, la decisión -fatal- de Kirchner de by-passear al gobernador (primero, Felipe Solá y, después, Daniel Scioli) y enviar partidas directamente a los intendentes del conurbano, duplicando en espejo lo que era ya la nociva Liga de Gobernadores, creándose en espejo la Liga de Intendentes bonaerenses. Tal decisión (sumada a la centralidad electoral que la Constitución del ‘94 le otorgó al distrito con el consecuente aumento entre la rivalidad del Presidente y el gobernador bonaerense) no hizo más que reforzar las tendencias de crecimiento de eso que podríamos llamar el Lado B de la sociedad argentina (el mundo de la informalidad comercial, el trabajo en negro, la evasión, el lavado de dinero, el clientelismo, las barras bravas, el narcotráfico, la maldita policía y varios etcéteras) con muchos de los “empoderados” torvos intendentes manejando directamente esas redes paraestatales y autofinanciadas, convirtiéndose en paradójicos agentes de un Estado Inverso, que en vez de proveer “bienes públicos”, distribuyen a diestro y siniestro “males públicos”. Una reforma que pretenda cambiar la ló- gica del sistema político argentino debería concentrar sus esfuerzos en alterar la rentabilidad (especialmente la del conflicto y el clientelismo) que motivan a los migrantes a instalarse en el conurbano, utilizando incentivos institucionales y electorales, inversión en infraestructura y empleo público en generar tendencias demográficas centrífugas al área metropolitana.

Es una cuestión de importancia decisiva, que merece la atención especial del Gobierno como la que motivó en su momento la problemática del Gran París (que quedó a cargo de una autoridad nacional). El triple play del que “disfruta” el Gobierno (Nación, CABA y provincia de Buenos Aires) y el desalojo electoral de varios de los intendentes más criticados abre una oportunidad histórica para avanzar en la materia. Situación atemperada por la necesidad de gobernar la coyuntura como lo demostró la tragicomedia de la triple fuga y las promesas a los intendentes de disponer de una parte del endeudamiento provincial a piaccere a cambio de la aprobación del Presupuesto

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