Entre Macristán y Macrilandia

Habrá constantes desafíos que irán moldeando una inédita gestión presidencial que no es peronista ni radical.

La construcción de una presidencia lleva tiempo. El tiempo que le llevó a Menem pasar de la “revolución productiva” y el “salariazo” a la convertibilidad, las privatizaciones y la “economía popular de mercado”. El tiempo que le llevó a Raúl Alfonsín lanzar el Plan Austral y doblegar los levantamientos de los carapintadas. Y el tiempo que le llevó a Néstor Kirchner pasar del 22% a la mayoría de dos años después. Una presidencia se modela en el tiempo en el “mano a mano” con los problemas inesperados e imponderables y en el modo en que sortearán las encrucijadas previstas e imprevistas. Se nota en cómo los presidentes se van desprendiendo del personaje que interpretaron hasta el momento de llegar a la presidencia. Algunos, como Fernando De la Rúa, no llegan a hacerlo y se quedan en el camino. Otros, como Eduardo Duhalde, hacen de la necesidad virtud y se transforman en pocos días en los estadistas que nunca imaginaron ser. Una presidencia, dicho de manera orteguiana, es un presidente y sus circunstancias.

La peculiaridad de Mauricio Macri es que no llegó con alforjas cargadas de historia y plataformas, ni tradiciones partidarias, cuerpos orgánicos a los que responder, invocar, consultar o ignorar: llegó “ligero” de ese equipaje y puede entonces moverse con más soltura; mayor capacidad de adaptación a situaciones cambiantes, menos rasgos de los cuales desprenderse y más posibilidades de adquirir otros. Un presidente más “resiliente” que resistente.

Otra es la visión de los hermeneutas convencidos de que en la Argentina 2016 se ha producido un cambio de régimen y se ha instalado un proyecto político y un bloque de poder definido y consistente: para unos, la derecha encaramada en el poder, el país “atendido por sus propios dueños”, el “gobierno de los ricos”; para otros, “la primera oportunidad de instaurar un capitalismo en serio”. Como si John William Cooke y Alvaro Alsogaray estuvieran vivos y observaran en Macri una reencarnación del Arturo Frondizi de comienzos de los años ’60. Que Frondizi haya sido el único presidente citado por Macri en su discurso de asunción y que un Frigerio sea figura clave de este gobierno le pone otra pincelada a esta identificación.

“Estamos transitando un cambio único en la historia nacional”, se señala con entusiasmo en un editorial de La Nación (31/1). “Nunca antes hemos vivido en contexto semejante, pues el modelo autárquico adoptado por los militares a partir de 1943 fue reciclado y continuado por todos los gobiernos posteriores (…) Solo mediante un capitalismo serio, con el genio fuera de la botella, podrán cristalizarse los sueños colectivos….” (La Nación, 31/1). “Estamos en un cambio de régimen bajo la apariencia formal de una alternancia en el gobierno”, advierte un columnista de Página 12 (“Desequilibrios históricos”. 26/1). Es el “empate hegemónico entre el Liberalismo Reaccionario y el Nacionalismo Popular”, señala sin dudarlo otro columnista, convocando a formar un Frente Nacional para enfrentar a la “restauración oligárquica y “gorila”.

Unos denuncian “el gobierno de los CEO’s”, y subrayan que se ha inaugurado “la etapa más negra de la democracia” (Sandra Russo, en Página 12, 20/2) y colocado lo público en manos de quienes solo conocen de gestión empresarial y por tanto carecerían de la visión global requerida para esos cargos. Otros destacan las aptitudes de los nuevos altos funcionarios subrayando que todos ellos “han tenido carreras exitosas cuyas experiencias desean volcar al provecho colectivo, sabiendo que se exponen al riesgo de la crítica feroz, a la pérdida de privacidad y a las zancadillas de oponentes mucho más fogueados en las lides del poder” y que “ninguno de ellos necesita de sus nuevos cargos para consolidar una situación patrimonial, pues sus credenciales profesionales les permitirían de inmediato, en el país o en el exterior, alcanzar posiciones retribuidas con sueldos internacionales” (del editorial de LN citado más arriba).

Estas visiones binarias necesitan que se distinga bien tajante la línea que demarca los campos antagónicos, la siempre presente “divisoria de aguas”, como solían definir el capitán ingeniero Alsogaray o el compañero Cooke, entre el liberalismo y el populismo “socializante”; o entre el campo popular y “la antipatria” según el prisma de unos y otros, en esgrima especular. Les preocupan la confusión, la ambigüedad, los matices y, más aún, los espacios comunes en los que comienza a existir cohabitación, conversación, transacciones y compromisos.

¿Cuál es el “verdadero” Macri? ¿El que prefiere gobernar por decreto o el que acuerda con gobernadores y sindicalistas? ¿Cuál es la “verdadera” oposición? ¿La que dialoga y negocia con el Gobierno o la que confronta y llama a la resistencia? De eso se trata esta transición, también, al fin y al cabo; la que nos conducirá hacia un sistema político de naturaleza bipolar, más abierto y flexible, o hacia una nueva polarización que reproducirá los antagonismos clásicos bajo nuevos formatos. El Macri que llegó al balotaje en medio de globos amarillos no era el mismo que ganó las elecciones en noviembre pasado destacando el papel de la coalición multicolor que lo llevó al triunfo. Y el que hoy vemos, al cabo de los primeros meses de gobierno, no es el mismo que asumió el 10 de diciembre cargado de interrogantes. Veremos en el transcurso de las próximas semanas nuevas pruebas de fuego que seguirán forjando y moldeando esta inédita gestión presidencial no peronista ni radical. Ni el “Macristán” gobernado por un príncipe autoritario e insensible ni la “Macrilandia” en la que todos seremos más felices, liberados de los atavismos populistas y del subdesarrollo. Un presidente que deberá exhibir sus dotes de acróbata y equilibrista para sortear los obstáculos y desafíos que signarán su presidencia.

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