La inflación (una vez más)

(Columna de Alejandro Radonjic)

La inflación seguirá encabezando titulares durante varios meses y el Gobierno sostendrá que ha desplegado un arsenal de medidas para combatirla e intentará ubicar las culpas en el desborde macroeconómico de los tiempos kirchneristas.

La inflación no perdona y volvió (si es que alguna vez se fue) al centro de la escena pública. Es la principal preocupación del Gobierno y el gran público. Una encuesta reciente muestra, incluso, que desplazó a la inseguridad como principal preocupación ciudadana. Los precios minoristas están subiendo al 4% mensual y el objetivo oficial del 20-25% anual, dicen los consultores y se palpa en la calle, luce cada vez más complicado de cumplirse. La cosa, complementan, pinta más para 30% o incluso algo más.

LA INERCIA

La declaración pública de guerra del Gobierno a la inflación no ha logrado calmar la inercia nominal que arrastra la economía vernácula desde hace casi una década. “El eterno retorno de la inflación”, tituló Eduardo Fidanza su último aporte en La Nación. La película se veía venir: corregir precios relativos en un contexto de inflación elevada y emisión monetaria desbordada, decían oportunamente los que saben, nunca iba a ser fácil e inocua. Tenían razón. El atraso cambiario y tarifario, que el Gobierno busca corregir simultáneamente, conspiran contra el esfuerzo monetario que está haciendo el BCRA para desinflar la economía. Conviviremos, todo indica, con otro año más de alta inflación.

El Gobierno se confió y especuló, cuando lanzó su pronóstico, que lo peor del shock nominal posdevaluatorio había quedado atrás. No fue así. Más aún: en el corto plazo, casi todo (el dólar se está moviendo para arriba nuevamente, se vienen los ajustes tarifarios y la inercia sigue empujando hacia arriba) indica que la inflación seguirá en esos registros y no habrá alivio nominal a la vista.

LO QUE VIENE

¿Fracasó la política antiinflacionaria oficial? No tan rápido, dicen los economistas. Hay que juzgar su éxito en un par de meses y no el medio del ajuste de los precios relativos cuando es obvio que las turbulencias nominales estarán a la orden del día. Hay que esperar unos meses más, explican. Pero, aún en el escenario optimista que proyecta una paulatina desaceleración en la tasa mensual de inflación, la suba pasada, reciente y futura causará varios trastornos que merecen monitoreo.

La cuestión inflacionaria, sin duda, se ha constituido por estos días en la preocupación principal del oficialismo. Más, curiosamente, que la cuestión política que, fractura del FpV mediante, tiende a ser más favorable para el Gobierno. Aun así, el oficialismo no recula y acaba de anunciar que los ajustes a las tarifas de gas llegarán dentro de unos meses. Pretenden concentrar el ajuste de precios relativos en el primer semestre y no dilatarlos.

Motivos, y no sólo económicos, para estar preocupados por la suba de precios sobran. Con una inflación en la zona del 30%, el derrotero para la economía real no es positivo, el consumo privado (el principal motor de la demanda) seguirá en las gateras y el PIB, en vez de subir 0,5% como planteó Alfonso Prat-Gay, podría caer. Estamos, atemperan los expertos, en los meses más flojos del año: ahora conviven los nuevos precios con los sueldos viejos. La pronta llegada de los nuevos salarios y la suba en el MNI del Impuesto a las Ganancias oficiarán de aliviadores y podrían estimular el consumo en los meses venideros.

Por supuesto, también abre un flanco para que entren las críticas de una oposición (tanto la más amigable como la menos) y el Gobierno deba ponerse, incómodamente, a la defensiva por algunos meses. Por supuesto, también aumenta la recompensa política si, como se ilusionan en Balcarce 50, hacia el segundo semestre el problema tiende a diluirse y el inflation-targenting resulta exitoso.

Somos un país tolerante (en exceso, desde ya) con la inflación y una economía navegando al 30% no es social, económica ni políticamente intolerable. Vale recordar que Cristina Kirchner consiguió su reelección con una inflación de 25%.

A SEGUIR

Será, en cambio, la magnitud del ajuste sobre la economía real la clave para anticipar si la economía complicará social y políticamente al Gobierno. Las claves a mirar en este sentido son las habituales: el salario real y, sobre todo, el nivel de empleo.

El salario real tiene perspectivas inciertas en 2016 vis-á-vis el Gobierno no decide cuál será su estrategia para las paritarias. El (confuso) aumento planteado para los docentes abre la posibilidad de que el Gobierno reduzca sus esfuerzos para encarrillar las negociaciones hacia la zona del 20-25%. Si se homologan acuerdos más altos, el salario real subirá durante más meses pero la inflación, a la larga, ganará y la tarea de desinflar la economía quedará para 2017.

¿Hay que esperar grandes cambios en el nivel de empleo? Los economistas sondeados por el estadista sostienen que no esperan una suba sensible del desempleo, aunque señalan algunos sectores en donde la dinámica es muy floja y podrían haber despidos: el energético (presionado por un barril en la zona de los US$ 30 a nivel global); los afectados por una política comercial menos proteccionista; los ligados a una obra pública que será menos dinámica que otrora y, por último, aquellos más vinculados con Brasil, donde prosigue la recessão.

La inflación, máxime con la llegada de la temporada alta de paritarias, seguirá encabezando titulares durante varios meses y demandará que el oficialismo “apure” buenas nuevas en el terreno económico. El Gobierno sostendrá que ha desplegado un arsenal de medidas para combatir la suba de precios y, quizás, intente ubicar las culpas en el desborde macroeconómico de los tiempos kirchneristas. Hoy, la inflación parece ser la madre de todas las batallas.

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