Jair Bolsonaro se repliega

Por Tomás Múgica

 

En medio de la crisis sanitaria y económica Brasil debate su futuro político de cara a las elecciones, todavía lejanas, de 2022. La creciente condena social a la gestión del gobierno de Jair Bolsonaro frente a la pandemia y el regreso de Lula a la arena electoral son los elementos más notorios de un panorama político todavía incierto.

Bolsonaro se muestra golpeado en varios frentes. El saldo de la pandemia es durísimo: casi 400.000 muertos (Brasil ocupa el lugar 13° en muertes cada 100.000 habitantes) y un número de infectados que supera los 14.000.000 de personas. El sistema sanitario se muestra desbordado, con tasas de ocupación de terapia intensiva cercanas al 90% en 23 de 27 Estados.

Como la mayor parte de los países emergentes, Brasil enfrenta problemas en la provisión de vacunas, lo cual afecta su campaña de inmunización. Según The Economist llega al 17,6% de los adultos con primera dosis, un porcentaje no muy diferente del de otros países latinoamericanos, como México (14,3%) y Argentina (20,5%). A futuro las perspectivas son algo más promisorias, especialmente luego del contrato firmado con Pfizer –con condiciones leoninas- por 100.000.000 de dosis.

La opinión pública castiga el negacionismo del Presidente respecto al Covid-19, que incluye disputas con las autoridades estaduales respecto a las restricciones para controlar la circulación del virus. Según datos de Datafolha, el 54% de los ciudadanos considera que la gestión del gobierno en el combate a la pandemia es mala o pésima. Como sucedió con Donald Trump, el costo electoral a futuro podría ser considerable.

La situación sanitaria agrava los males de una economía estancada. El 2020 cerró con una caída del 4,1% del PBI, mientras la tasa de desempleo ronda el 14%. La población más vulnerable ve incrementados sus sufrimientos por el recorte del llamado Auxílio Emergencial, la ayuda estatal extraordinaria implementada en 2020 para paliar el daño económico producido por la pandemia; a ello se suma una inflación acelerada en el rubro alimentos, que alcanzó el 17,6% en los últimos doce meses. Significativamente, el 65% de los brasileños cree que la situación económica va a empeorar en el futuro cercano (Datafolha).

En el plano internacional, la derrota de Trump dejó aislado al gobierno de Bolsonaro. Sus  disputas con Joe Biden durante la campaña electoral en torno al Amazonas y su tardío reconocimiento de la victoria del demócrata –precedida por acusaciones de fraude- lo dejaron en una situación complicada frente a la nueva administración. En un gesto significativo, Brasil no fue incluido en la gira latinoamericana de Juan González, Director Principal para el Hemisferio Occidental del Consejo de Seguridad Nacional. Al vínculo tenso con Estados Unidos se suman las disputas con China, que incluyeron repetidos intercambios críticos con el embajador de ese país, incluyendo el cuestionamiento del ahora ex Canciller Araújo a la efectividad de las vacunas chinas. Ello a pesar de que China es uno de los principales proveedores de vacunas de Brasil.

La debilidad del gobierno repercute en su esquema de alianzas y activa respuestas por parte de Bolsonaro, un presidente sin partido (renunció al PSL en 2019 y no ha podido constituir una nueva formación). En el Legislativo, la presión del Centrao -un conjunto de fuerzas pragmáticas que intercambian apoyo legislativo por cargos y presupuesto con el Ejecutivo de turno- se hace sentir. Al igual que sucedió durante la era del PT, estos partidos (como el PL, Progresistas, PSD y Republicanos; el MDB y DEM fueron parte del espacio hasta julio de 2020) juegan un rol decisivo en el Congreso y siguen siendo una de las llaves de la gobernabilidad. En una muestra de disconformidad con la performance del gobierno y de alerta frente a los cambios en la opinión pública, el Senado designó una Comisión de Investigación Parlamentaria para revisar lo realizado por el gobierno en el combate a la pandemia de Covid -19. Nueva amenaza para el Presidente.

Los recientes cambios en el gabinete, producidos a fines de marzo, buscan conservar los apoyos legislativos y blindar a Bolsonaro de una suerte similar a la de Dilma Rouseff. Dos salidas para calmar descontentos: Ernesto Araújo, el ministro de Relaciones Exteriores ideólogo de la cruzada occidentalista y admirador de Trump, cuestionado por el Congreso por su rol en la gestión del combate a la pandemia, especialmente en cuanto a la adquisición de vacunas y equipamiento médico. Y el ministro de Salud, el general Eduardo Pazuello, también criticado por su manejo de la política sanitaria. Por el lado de las incorporaciones, el ingreso de Flávia Arruda (PL) como Secretaria de Gobierno forma parte de la construcción de alianzas del Ejecutivo con el Centrao.

Otro aliado con el cual Bolsonaro atraviesa un momento difícil es la cúpula de las Fuerzas Armadas. Los militares son un actor fundamental dentro del gobierno: se estima que unos 6.000 militares activos y en reserva ocupan cargos en la administración, incluyendo a varios ministros y al Vicepresidente, Hamilton Mourao. Sin embargo, se observa una tensión creciente entre una demanda de mayor respaldo político por parte de Bolsonaro y una resistencia profesionalista de los líderes militares, que buscan preservar a las FF.AA. de los males acarreados por una politización extrema, además de desaprobar la postura del presidente respecto a la pandemia y su pedido –denegado- al Congreso para que le otorgue poderes especiales. El despido del Ministro de Defensa Fernando Azevedo y su reemplazo por Walter Braga Netto, previamente Jefe de la Casa Civil, seguido de las renuncias de los comandantes de las tres armas, puede ser leído en esa clave: el Presidente buscando el sostén de los militares más leales.

El mayor capital político de Bolsonaro, sin embargo, sigue estando en sus votantes. El Presidente conserva una base de apoyo considerable: el 30% de los ciudadanos evalúa favorablemente su gestión (contra un 44% que la rechaza); y un 50% considera que no debería abrirse un proceso de impeachment (frente a un 46% que sí lo hace) en su contra. El sur del país y los evangélicos son dos bastiones bolsonaristas. Son cifras que, sin transformarlo en un mandatario popular, impiden descartarlo de la carrera electoral 2022 y le alcanzan para mantenerse en el poder.

El regreso de Lula

Mientras tanto, Lula ha recuperado sus derechos políticos y se perfila como el candidato a presidente con mayores posibilidades. Recientemente, el Supremo Tribunal Federal, por una mayoría amplia, entendió que Sergio Moro había sido parcial en su actuación en la causa del triplex de Guarujá, por el cual se condenó al ex presidente. También ratificó la anulación de las condenas en primera instancia. De esta manera, el ex presidente quedó habilitado para ser candidato a presidente en 2022.

Lula es popular. Según un estudio de IPEC, su intención de voto alcanza el 50%, con picos de apoyo en el nordeste y entre los más pobres. Se trata, de todos modos, de una candidatura que polariza a la sociedad brasileña. Lula ya no es el líder capaz de suscitar un consenso tan amplio como el que generó en su segunda presidencia y su nivel de rechazo social es considerable: 44% según el mismo estudio.

Ante ese escenario, y según el propio Lula, no está descartada la aparición de otro candidato. Lo que resulta claro es que, como también lo señala el ex presidente, se necesita un proceso de diálogo con fuerzas del centro y de la izquierda. Una nueva administración del PT requiere la conformación de una coalición de poder amplia, lo cual a su vez probablemente demande un proceso de autocrítica de los petistas, especialmente en relación a los hechos de corrupción durante sus gobiernos.

El resto de la oposición, dispersa, busca un candidato del espacio de centro-derecha más moderado que Bolsonaro. Uno de ellos es el gobernador de San Pablo, el tucano (miembro del PSDB-Partido de la Socialdemocracia Brasileña) Joao Doria, apoyado en algunos logros en materia de combate a la pandemia, como la fabricación de la vacuna china Coronavac por parte del laboratorio estatal Butantan. Otros nombres en carrera son el ex juez y ex Ministro de Justicia Sergio Moro y Luciano Huck, conductor de televisión en la Rede Globo.

Agobiada por la pandemia, la pobreza creciente y la polarización política, la sociedad brasileña se aproxima a un nuevo ciclo electoral. Los opositores de derecha –que no abandonan su odio a Lula y al petismo – e izquierda –con ex mandatario en modo centrista- buscan conformar coaliciones amplias para construir una alternativa a Bolsonaro. Mientras tanto, el Presidente se repliega para resistir en lo que queda de su mandato y mantener abierto su futuro.

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