Narrativa y comunicación política: notas sobre el cordobesismo

Por Federico Zapata

 

¿Qué transforma una narrativa en una herramienta potente de comunicación e influencia política? Empecemos por lo general. Una narrativa, para ser potente, debe cumplir -al menos- los siguientes requisitos: (1) poseer una sociología o un territorio (representar); (2) implicar un ejercicio colectivo de construcción de poder (organizar); (3) ordenar un pasado en función de un futuro (proyectar); (4) tener un principio de realidad (interpelar), y (5) ser atractiva (movilizar).

Analicemos estas hipótesis, que funcionan como un conglomerado solo divisible en términos analíticos, a la luz de un caso cuyo interés radica, precisamente, en su capacidad para generar una respuesta táctica a la AMBArización de la política nacional, sin por ello resignar el horizonte estratégico nacional: el “cordobesismo”. En otros términos, este análisis discute con la mirada que interpreta al “ismo” de la provincia mediterránea como un fenómeno de desacople de la política nacional.

 

La sociología o el territorio (representar)

¿Cuáles son los límites sociológicos del “cordobesismo”? ¿Dónde empieza y dónde termina? La mirada dominante, ha planteado tradicionalmente que la narrativa instalada en 2011 por el entonces electo (por tercera vez) gobernador José Manuel De la Sota (DLS), no es otra cosa que una táctica de galvanización del territorio provincial. La metáfora “alambrar Córdoba”. El razonamiento implica que, pos crisis del 2001, la política nacional comienza a transitar un proceso de AMBArización, que tiene como reacción a escala subnacional, el nacimiento de proyectos localistas. En otros términos, la política nacional pierde su horizonte federal y, como reacción, la política subnacional se organiza sobre sí misma. La contracara del Estado Nacional-AMBA son los Estados Provinciales-MPN.

Esta mirada, que describe correctamente un proceso en marcha, tiende sin embargo a desentenderse del dispositivo central de toda narrativa: el “modelo”. Efectivamente, si la fórmula instaurada por el “renovador” cordobés ha tenido relevancia nacional, es precisamente porque su territorio o su sociología no estuvo exclusivamente diseñada en términos endogámicos.

En algún sentido, el proyecto DLS fue siempre un proyecto nacional, ecuménico. No se trataba solo de “alambrar Córdoba”, sino también de construir el “modelo Córdoba”. La sociología del cordobesismo no es otra cosa que la Argentina postconflicto con el campo. Al calor de esa ebullición, DLS entendió que se abría la caja de resonancia de una franja social que se ordenaría por fuera de la polaridad llamada “grieta” y que no encontraba canales de expresión en la política AMBArizada: la Argentina federal.

En otras palabras, DLS interpretó que la grieta podía servir para ganar elecciones, pero no serviría para gobernar y modernizar. Solo la conformación de una nueva coalición exportadora, capitalista y federal lograría, en su cosmovisión, reordenar el tablero político nacional. Mientras el peronismo nacional perdía gradualmente un principio productivo, DLS montó una vía “peronista” al capitalismo. Por supuesto, sabía que Córdoba no era perfecta, que no era una panacea, pero era, en términos relativos, su ventaja competitiva.

 

La construcción colectiva o la élite (organizar)

En la era de los microemprendimientos políticos, el peronismo cordobés se pensó siempre como un proyecto colectivo: la construcción de una élite. En el pináculo de esa operación se ubicó el duopolio De La Sota-Schiaretti. De La Sota, el político. Schiaretti, el gestor. Pero esa fórmula de alternancia exitosa, se edificó sobre una compleja construcción colectiva y territorial: la renovación del peronismo cordobés en la década del ‘80.

La élite cordobesista comenzaría a desandar, tensiones mediante, un sendero de constitución cuya morfología final sería alcanzada en 1998, con la elección a gobernador de José Manuel De la Sota y la conformación de un poderoso entramado territorial, cuya característica distintiva era el reclutamiento de cuadros representativos de sus territorios. Es decir, no se trató de una construcción vertical, que penetró los territorios con delegados del poder central. Se trató de una construcción horizontal, que implicó el reclutamiento de referentes locales de la sociedad civil, incluso externos a la estructura del partido.

El primer anillo de ese liderazgo colectivo-territorial estaba confirmado por José Manuel “el gallego” De la Sota, Juan “el gringo” Schiaretti, Oscar González (Traslasierra), Carlos Caserio (Punilla), Olga Ruitort (Ciudad de Córdoba) y Humberto Roggero (Río Cuarto).

El duopolio DLS-Schiaretti le permitió al dispositivo colectivo agrandar la “sombra del futuro”, bajo un sistema pragmático de alternancia, y, por lo tanto, sostener una estructura organizativa aceitada, que se fue nutriendo paulatinamente de nuevos cuadros políticos. Una generación intermedia que incluyó referentes como Eduardo Accastello (ministro de la Producción de la Provincia) y Daniel Passerini (Vice Intendente de la Ciudad de Córdoba), y una generación sub-50 que incluyó una nueva camada de dirigentes como Martín Llaryora (Intendente de la Ciudad de Córdoba), Manuel Calvo (Vice Gobernador de la Provincia), Martín Gill (Secretario de Obras Públicas de la Nación), y, porque a veces, parafraseando al poeta Hamlet Lima Quintana, en los hijos se puede volver, Natalia De la Sota (Legisladora).

Con la trágica muerte de DLS y la imposibilidad de reelección de Schiaretti, el duopolio histórico del cordobesismo llega a su fin en 2023 y le plantea a las viejas y nuevas generaciones, el desafío de diseñar un nuevo esquema de inteligencia colectiva. ¿Podrán las nuevas generaciones sostener un proyecto colectivo?

 

El pasado y el futuro (proyectar)

El cordobesismo se edificó sobre raíces históricas sólidas, el ideario que el historiador César Tcach sintetiza en el mito de la “excepcionalidad”: la Córdoba Ciudad-Estado (la “isla democrática”). Para simplificar, en la década del ‘30 (la década infame), Córdoba, a contramano de la experiencia nacional, sostuvo sus instituciones democráticas y republicanas, construyendo la idea de que la provincia estaba destinada a ser la “Roma de América del Sur”. Una reserva moral en la “decadencia” cultural argentina.

Esa idea sigue siendo central en la identidad provincial. Precisamente, el peronismo cordobés se montó sobre ella para edificar una narrativa contrahegemónica postconflicto con el campo: la Córdoba de la producción, frente a la Argentina del estancamiento; la Córdoba del trabajo, frente a la Argentina del asistencialismo; la Córdoba que se abre al mundo, frente a la Argentina que se cierra. Y también, claro, y por el peso de esa dimensión cuasi-romana, la Córdoba que reivindica la identidad católica, frente a la Argentina que elige la “crisis de valores”.

 

En principio de realidad (interpelar)

Una narrativa precisa siempre estar anclada en un principio de realidad. En otras palabras, y en contra de un nominalismo extremo, no alcanza con enunciar para producir una realidad. La comunicación no sustituye a la gestión, se nutre de la gestión y de su materialidad. En todo caso, la potencia. En este sentido, el cordobesismo como narración se instituyó sobre la experiencia que implicó la “intrusión” de una tecnocracia desarrollista de mercado en la matriz Estado-Sociedad de la “docta”. Es decir, un Estado ágil, enraizado (Peter Evans dixit) con la realidad productiva provincial. Un Estado que no pretendió sustituir capitalistas, ya sea por la vía de intervenir en el proceso económico (Estado Empresarial), o por la vía de favorecer “capitalistas amigos” en torno a la promoción pública. En todo caso, un Estado como condición de posibilidad de un enérgico y dinámico capitalismo subnacional.

Sobre esa plataforma colaborativa, y en el plazo de veinte años, el peronismo cordobés acompañó desde la acción gubernamental una profunda transformación y modernización de la economía mediterránea: la emergencia de uno de los polos de software más dinámicos del país, el despegue de la cadena de valor del maní, el boom del maíz y la soja, la consolidación del clúster de maquinaria agrícola, el turismo de naturaleza y el turismo popular, la agroindustria, la bioeconomía, y nuevas expresiones culturales que van desde la música a la escritura.

El atractivo o el soft power (movilizar)

Joseph Nye creó un concepto que buscaba explicar, en el plano de las relaciones internacionales, la construcción de poder no coercitivo y/o no coactivo. Acuñó para ello el término “poder blando”: la capacidad de liderar a partir del atractivo que despierta un cuerpo de ideas, valores y una serie de realizaciones materiales asociadas a la prosperidad y la apertura al mundo. Toda narrativa política subnacional-contrahegemónica, que aspire a ser nacional-hegemónica, supone un ejercicio de construcción de “poder blando”. Y como he querido demostrar, la generación renovadora del peronismo cordobés tuvo siempre como objetivo estratégico, muy marcadamente a partir de 2008, la construcción de un proyecto nacional de modernización.

Ese es el marco sobre el que debe interpretarse el compromiso del peronismo provincial con el proceso renovador en la interna de 1988 (Cafiero-De la Sota vs. Menem-Duhalde). También en ese marco deben interpretarse los sucesivos intentos de DLS por desembarcar en la arena nacional. El fallido intento de 2003, frustrado por Duhalde. En 2015, compitiendo en las PASO al interior de la coalición UNA contra Sergio Massa. Y desde esa fecha, su incansable trabajo para formular una alternativa política superadora de cara a las elecciones de 2019, proceso truncado con su trágica muerte el 15 de septiembre de 2018.

También, y en un sentido más amplio, ese el marco sobre el que debe leerse el “modelo” Córdoba. El cordobesismo como un movimiento hacia adentro pero también y, sobre todo, hacia afuera. La reciente populación de sellos subnacionales inspirados en el branding cordobés (“Hacemos por Córdoba”), es un testimonio contundente de la vitalidad de esta vía al desarrollo nacional, que deberá definir, hacia 2023, una nueva estrategia organizativa local y en paralelo, su destino nacional.

“…A la Nación le digo: cuenten con Córdoba para trabajar, para unir y no para dividir; cuenten con Córdoba para la construcción de un federalismo en serio, para resolver problemas y no para crearlos; para mirar hacia el futuro y no sólo hacia el pasado (…) Queremos una Argentina unida con provincias más fuertes y autónomas. Nace una nueva época para la nación con las ideas que se están haciendo desde Córdoba (…) las felicitaciones no son para mí, sino para todos los cordobeses que son el faro del progreso nacional (…) Hoy nace el cordobesismo…”

 

-José Manuel De La Sota, 8 de agosto de 2011

 

 

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