El retroceso mundial de la democracia liberal

Reseña de “Más Bobbio y menos Schmitt, más despacio, pero juntos”, el nuevo libro de Hugo D. Bertín sobre las nuevas formas de las reversiones democráticas

 

La tercera ola de democratización trajo más democracias imperfectas que democracias liberales plenas. No obstante, cada vez son menos frecuentes los violentos golpes de Estado que en décadas pasadas las reemplazaban.

La democracia liberal es un tipo particular de régimen político en el que anidan tres elementos. El democrático, que refiere a las elecciones abiertas sin restricciones; el liberal, entendido como el respeto de los derechos fundamentales; y el republicano, concebido como el funcionamiento del Estado de derecho constitucional y la división de los poderes. El primero representa la voluntad popular para ejercer el poder legítimo, mientras que los otros establecen los límites en su accionar respecto a los derechos individuales, y la sujeción a la constitución y a las leyes[1].

Las democracias liberales están más acosadas por los populismos que por las autocracias, más por el declive en el funcionamiento pleno de sus atributos que por rupturas violentas de los “golpes de Estado” clásicos. No se usan balas para sustituir a las democracias, sino leyes para destruir al Estado de derecho. Los líderes populistas, aun en las democracias más antiguas, tienen mayor probabilidad de debilitar la democracia que de romperla: las pueden convertir en “iliberales”, pero encuentran más límites a la hora de transformarlas en autocracias.

Las reversiones democráticas son ahora más sutiles, menos espectaculares, menos visibles, más graduales e informales.

En este sentido, cabe señalar que el estudio de los procesos de transición a la democracia tiene, en la base analítica, el modelo de democracia liberal como objetivo final. Si bien es una ventaja para poder ensayar comparaciones a nivel internacional, este marco presenta algunas limitaciones para examinar las experiencias nacionales de países que nunca fueron democráticos antes de iniciar los procesos de cambio de régimen político, como son las naciones que pertenecieron a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

En estas, el grado de avance parece menor (o el grado de retroceso mayor) porque antes del cambio no existía a nivel social, cultural e institucional los elementos vinculados con el Estado de derecho, la separación de los poderes o la vigencia del pluralismo que, en cambio, sí estuvieron presentes, aunque de manera limitada, en las transiciones en el sur de Europa o en América Latina. La presencia de vestigios autoritarios en los partidos políticos, en enclaves territoriales subnacionales o en las propias constituciones (muchas veces vigentes) condiciona el grado de avance de los procesos de transición y afecta el análisis comparado a nivel internacional bajo el paradigma de la democracia liberal.

Los ciclos de los regímenes políticos

La reversión de las democracias liberales ocurre cuando estos regímenes pierden o no llegan a conquistar alguno de sus atributos centrales: el democrático, el liberal o el republicano. Según sea la importancia de esta mengua, se transforman en populismos, en autocracias electorales o, en los casos más extremos, en autocracias a secas, según la clasificación expuesta en el capítulo 4 del libro de Hugo Bertín.

La evolución hacia la democratización en el mundo fue, en perspectiva histórica, un proceso con avances y retrocesos durante los últimos 200 años, con distintos ritmos por países y regiones.

Una de las primeras referencias del estudio de estos ciclos es el trabajo realizado por Huntington, escrito entre 1989 y 1990. El autor identificó tres olas democratizadoras en el mundo: de 1828 a 1926, de 1943 a 1962 y a partir de 1974, que convivieron con dos “contra olas” hacia las autocracias: de 1923 a 1942 y de 1943 a 1962[2].

Lührmann y Lindberg en un trabajo más reciente estudiaron los movimientos entre las democracias y las autocracias en 109 países desde el año 1900 a 2017. Encontraron tres “ondas” similares hacia la democratización: de 1900 a 1925, entre 1943 y 1960, y entre los años 1978 a 1993, junto a tres “ondas” hacia la autocratización: entre los años 1926 y 1942, entre 1961 y 1977, y el más reciente a partir de 1994 hasta el presente. En la primera y segunda oleadas de reversiones democráticas fueron preeminentes las formas «clásicas» de acceso ilegal al poder, como los golpes militares (39% de los episodios), las invasiones extranjeras (29%) y los autogolpes (32%).

Mientras que la tercera onda autocrática tuvo una fachada legal, en el 70% de los casos estudiados los presidentes accedieron al poder mediante elecciones libres sin proscripciones y luego gradualmente socavaron las normas democráticas sin abolir las instituciones democráticas. Los autores concluyen que así como fue prematuro anunciar el ‘fin de la historia’ en 1992, hoy no es el momento aún de proclamar el ‘fin de la democracia’[3].

El estado de la democracia en el mundo

Existen varias formas de evaluar el estado de las democracias en el mundo, por ejemplo, preguntándoles a los ciudadanos su parecer o examinando en cada país el grado de cumplimiento de características básicas que las definen. Ambos instrumentos son construidos desde perspectivas teóricas y elementos metodológicos que tienen implícitas concepciones ideológicas diversas, por ello es útil examinar distintos trabajos con enfoques variados que vienen siendo elaborados desde hace varios años y abarcan cada vez a más países.

Las encuestas de opinión pública (Pew Research Center: “Pew Research Center Spring 2019 Global Attitudes Survey”; Centre for the Future of Democracy: “The Global Satisfaction with Democracy Report 2020”; Gallup: “Voice of the People, 2018”) y los indices sobre la salud de las democracias (Freedom House: “Freedom in the World 2021. Democracy under Siege”; The Economist Intelligence Unit: “Democracy Index 2020: In sickness and in health?; International IDEA: “The Global State of Democracy 2019. Addressing the Ills, Reviving the Promise”; V-DEM Institute: “Autocratization Turns Viral. Democracy Report 2021” y “Vertical, Horizontal, and Diagonal Accountability Index” 2020; World Justice Project: “WJP Rule of Law Index 2019”; Bertelsmann Stiftung: “Renewing Democracy in the Digital Age, 2021”) sugieren que las democracias están asediadas pero no derrotadas.

El deterioro en sus propiedades constitutivas es notable desde la primera década de este milenio, tanto en la vigencia del Estado de derecho, como en los procesos de rendición de cuenta y en el respeto de los derechos fundamentales. No obstante, la democracia sigue siendo preferida como la mejor forma de gobierno. Las personas han perdido confianza sobre cómo se gobierna en la democracia, pero no están desconectadas con ella. Al contrario, se observa mayor participación a través de las protestas públicas y en las redes sociales. Se vota y se reclama.

Empero, la mayor participación política es necesaria pero no es suficiente para revertir la recesión democrática; dependerá de cómo la participación política influya en la gobernanza, en la cultura política y en las libertades civiles, y cómo la clase política vuelva a conectarse con la gente, retome la convivencia política, evite el círculo vicioso de polarización y erosión de la democracia. Hay motivos para la preocupación, pero sería desmesurado dramatizar.

Las restricciones ante la pandemia del Covid-19 por motivos sanitarios fueron las mayores experimentadas por el mundo en tiempos de paz, en muchos países excedieron a esta causa y afectaron a todos los pilares de la democracia: desde las elecciones y el estado de derecho hasta la implementación de restricciones desproporcionadas a las libertades de reunión y circulación, con efectos que podrían extenderse más allá de la crisis pandémica.

En perspectiva histórica surgen varios elementos que invitan a la prudencia: hay motivos para la preocupación, aun en la democracia de Estados Unidos[4], pero sería desmesurado dramatizar[5].

Welzel advierte que hay una transformación cultural, que denomina “tectónica”, que está teniendo lugar bajo la superficie de las tormentas de las democracias contemporáneas, con impacto en la vida social y política en todo el mundo, aunque con ritmos diversos y con más visibilidad en Occidente y entre las generaciones más jóvenes. En forma lenta pero sin pausa, aunque no irreversible, los valores emancipadores, que son la base de las democracias liberales, están priorizando las libertades humanas universales, la elección individual y la igualdad de oportunidades. Estos están reemplazando a los valores autoritarios que enfatizan la indiferencia y la conformidad[6].

Epílogo

Las democracias no van a desaparecer porque en su naturaleza está el germen del cambio continuo, de la adaptación a la incertidumbre, de la posibilidad de enfrentar los problemas que a lo largo de su desarrollo histórico ya han sido superados, así como de abocarse a los desafíos del presente y del futuro[7].

“Más Bobbio y menos Schmitt” significa, en términos prescriptivos, más democracias participativas y menos democracias plebiscitarias, más mediación política y menos personalismo, más amistad política entre adversarios y menos polarización entre enemigos, más pluralismo y menos unanimidad.

“Más despacio, pero juntos” a nivel local representa la necesidad de gobernar para todos, especialmente para los sectores que siguen siendo económicamente postergados o excluidos y para aquellos que son marginados por motivos sociales, culturales, étnicos, religiosos o identitarios. No deberíamos distraernos, la democracia liberal no está funcionando bien con la concepción del Estado mínimo o débil ni con el poder invisible que excluye a la opinión pública del proceso de formación y control de las decisiones políticas. “Más despacio, pero juntos” a nivel internacional encarna el desafío de formar coaliciones políticas en torno a los valores de la democracia liberal para enfrentar a las autocracias. En el fondo lo que está en juego es una batalla por las ideas: abiertas versus cerradas.

Bobbio nos recuerda que la democracia liberal discurre a través del proceso de ensayo y error, de aprendizaje y negociación continua, de autocrítica. Acepta la alternancia en el poder. Respeta el Estado de derecho y al gobierno limitado. Cultiva la empatía, la tolerancia, el diálogo, la deliberación, la persuasión, la búsqueda del consenso. Esquiva la unanimidad, la imposición o la violencia. Es la mejor vía para aspirar al bien común. Más que instrumental, su supremacía es de orden moral[8].

 

 

 

[1] O’Donnell, Guillermo (1998): “Horizontal Accountability in New Democracies”. Journal of Democracy, 9 (3): 112-26.

[2] Huntington, Samuel (1991): Democracy’s Third Wave. Journal of Democracy, 2 (2): 12-34.

[3] Lührmann, Anna y Staffan Lindberg (2019): “A Third Wave of Autocratization is Here: What is New about It?”. Democratization, 26 (7): 1095-113.

[4] New America. 2021. Statement of Concern. The Threats to American Democracy and the Need for National Voting and Election Administration  Standards”, 1 de junio.

[5] Ikenberry, J. 2020. “The Next Liberal Order. The Age of Contagion Demands More Internationalism, Not Less”. Foreign Affairs, 99 (4): 133-24

[6] Welzel, Christian (2021): “Why the Future is Democratic”. Journal of Democracy, 32 (2): 132-44.

[7] The Economist (2020): “Autocrats see opportunity in disaster”. The Economist: 11-2, 23 de abril.

[8] Bobbio, Norberto (1991): “Las razones de la tolerancia”. En: Bobbio, Norberto: El tiempo de los derechos: 243-56. Madrid, Editorial Sistema.

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