Implicancias de un inexplicable traspie presidencial

Por Enrique Zuleta Puceiro

 

La idea de la “campaña permanente”, asumida como instrumento casi exclusivo y excluyente de construcción de poder presidencial es, contra lo que suele creerse, relativamente reciente.  Data, en efecto,  de no mucho más allá de finales de los años ´60, cuando sobre todo en Estados Unidos, la gestión  de las campañas electorales paso a ser monopolizada por los expertos del marketing y la comunicación publicitaria, en un contexto definido por el predominio de los medios electrónicos y la crisis de las ideologías.

 El medio  paso a ser, como en muchos otros aspectos de la vida social, el mensaje. Desde entonces hasta hoy, las campañas se fueron prolongando en el tiempo, enlazando su mecanismo de construcción y venta de soluciones y expectativas con la negociación social de los avances y retrocesos de la gestión de gobierno. Las fronteras siempre difusas entre vender y defender a una figura política se fueron difuminando y esto explica la extrema vulnerabilidad y desgaste de la mayor parte de los presidentes de los últimos años. máxima ambición, máximo riesgo.

Los estilos de comunicación y debates electorales, inventados sobre todo para profundizar diferencias y grietas  invadieron y envenenaron los mecanismos sensibles de la deliberación publica y de los procesos transversales de construcción de la confianza pública y el capital social. Lejos de fortalecer a la política, las campañas permanentes contribuyeron a degradarla, vaciarla de contenido. Amplificaron los antagonismos y alimentaron climas de impaciencia e indignación ciudadana.  

La Argentina es, en este sentido,  un caso casi de manual. A partir sobre todo de los años ´90, la política ha devorado a casi todos sus protagonistas. Las campañas  permanentes han  generado una combinación de ansiedad y frustración casi permanente. Climas de hiper sensibilidad que pueden convertir una simple foto de cumpleaños entre un grupo de amigos en un cataclismo moral sin salida.  

Este proceso es el que puede explicar, al menos hasta cierto punto, la explosión de indignación que lleva a un punto casi terminal la confianza pública en el desempeño presidencial.

En este punto, el análisis de la figura de Alberto Fernández es casi obligado. El Presidente no es un político convencional. Es, antes que nada, un consultor político. Es decir, alguien formado, entrenado y experimentado en el arte de la confrontación y la disputa política, que no ha dudado en trasladar sus enfoques al terreno de la gestión. Los riesgos asumidos fueron superlativos. Fernández se ha movido siempre con solvencia en el terreno sinuoso de la relación entre la política, los poderes fácticos y el acoso conspirativo de los grandes medios de comunicación.  De allí el depósito de la confianza de Cristina Kirchner en el principal papel en su proyecto político, superando diferencias que parecían inconciliables. Para apreciar sus antecedentes, baste considerar su papel principalísimo en las campañas de Domingo Cavallo, Eduardo Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner y luego de sus dos principales desafiantes, Sergio Massa y Florencio Randazzo. De allí también la seguridad con que ha logrado combinar su función de consultor de campaña con la gestión de gobierno en áreas siempre críticas. Desde su actuación en el equipo de Cavallo en los ´90 hasta su papel clave en las Jefaturas de Gabinete de Nestor y Cristina Kirchner y, finalmente, su acceso sorpresivo a la función presidencial. Una de sus claves ha sido, sin duda, su capacidad personal para atravesar indemne más de tres décadas de presencia en el primer plano de los gobiernos más cuestionados de la historia contemporánea. 

¿Como explicar entonces el traspié que hoy amenaza con volatilizar el ya de por si escaso crédito político remanente al cabo de uno de los periodos más duros de nuestra historia contemporánea?

El impacto sobre la figura presidencial sorprende. Los niveles de conocimiento público de lo sucedido en Olivos son tan importantes como el nivel de rechazo popular. Alcanzan a 9 de cada 10 ciudadanos. Cuesta recordar una reacción tan negativa.  Con un agravante: en vísperas de una elección intermedia como las PASO, el Presidente corre el riesgo de convertirse en chivo expiatorio de cualquier traspié electoral, en cualquiera de los 24 distritos del país. Particularmente en aquellos principales,  en que había logrado incidir en los cabezas de lista. 

Las explicaciones abundan. Desde la basada en el déficit de  gobernabilidad hasta una crisis aún más profunda de ejemplaridad, sin dejar de lado las explicaciones que invocan esa mezcla de desconcierto e indignación que ha castigado electoralmente a los oficialismos en todos los países de la tierra.

Las referencias comparadas son inquietantes. Entre principios de los años ´80 y la actualidad, una veintena larga de presidentes latinoamericanos se vieron obligados a afrontar juicos políticos y en muchos casos experimentaron ese nuevo tipo de “golpes blandos” surgidos de la combinación explosiva entre descontento popular, crisis de expectativas de las clases medias y rupturas en las coaliciones de apoyo, como las que ha afectado a la casi totalidad de las democracias de la región. 

Lo que ha permitido sobrevivir a esa conspiración de factores adversos ha sido la formación espontanea de un “escudo protector”, representado por la resistencia de la sociedad a dar un salto en el vacío. A veces, por la consistencia de una cultura política, suspicaz ante presuntos “salvadores de la Patria; otras por la certidumbre colectiva de que, a pesar de todo, la democracia es lenta pero efectiva o por una suerte de horror al vacío institucional.  

En el caso de la Argentina actual, el escudo popular reconoce otros refuerzos. Por un lado, una cultura política prevenida contra las soluciones fáciles, curada de espanto ante sus obvias complicaciones prácticas y cada vez más consciente de que los problemas democráticos solo se superan con más y mejor democracia. 

Paralelamente, conviene reparar en la inexistencia de otros liderazgos en condiciones de ofrecer seguridades alternativas. La ausencia de conspiraciones al interior de la propia coalición completa en efecto ese escudo protector que termina controlando los daños iniciales. 

Sin  embargo, no basta para aventar temores mayores.  El ataque al Presidente sorprende por fuerte y sostenido. Recuerda al de otras situaciones históricas como la crisis del 2001. Esta vez, no viene de la política, sino de la propia opinión pública, alimentada  por sus propias insatisfacciones y, al igual que en el resto de la región por la convicción de que iguales causas seguirán produciendo iguales efectos, de no mediar un esfuerzo serio y sostenido en la búsqueda de soluciones más profundas y duraderas.

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