El lado amarillo de la alianza UCR-PRO

El macrismo no está exento de desafíos tras el acuerdo con el radicalismo.

Mucho se dijo de las consecuencias que traerá la decisión tomada por la Convención de la Unión Cívica Radical (UCR) sobre el partido centenario. Sin dudas, el partido histórico se enfrenta a varios retos. No obstante, el macrismo tampoco está exento de desafíos.

En los últimos años, el ejercicio de la política fue imprimiendo un cambio en el discurso del PRO. La estrategia de presentarse como lo nuevo y distinto a los partidos tradicionales, con un renovado estilo de presentación y una afluencia de dirigentes sin experiencia previa en política, fue volviéndose permeable a acuerdos con algunas figuras radicales –especialmente los que son competitivos en sus distritos-, aunque no entre los dos partidos. Pero con la decisión de la Convención radical el sábado se selló finalmente lo que parecía inevitable: una alianza con el partido centenario de manera orgánica.

Todo aquél que quiera ser gobierno precisa despliegue territorial, gobernadores, intendentes y legisladores nacionales para garantizar gobernabilidad. Por eso el discurso que era válido para posicionarse en la carrera presidencial dejó de serlo a la hora de pensar en gobernar. Así se movió el PRO, del “no tenemos nada que ver con los que gobernaron los últimos 30 años” a aceptar a algunos dirigentes –como Ernesto Sanz y Oscar Aguad- y finalmente, a una alianza orgánica.

Con el acuerdo, Mauricio Macri consiguió saldar su mayor déficit: la falta de una estructura a nivel nacional, con dirigentes competitivos y presencia en todos los distritos del país, que la UCR le puede aportar. Sin embargo, el acuerdo supone también algunos desafíos.

El primero será definir la conformación de las listas de legisladores, lugares en un eventual Gobierno y discutir un programa común con el radicalismo. Eso implicará descartar propuestas propias, sumar otras ajenas y llegar a un consenso, algo que no había tenido que hacer hasta ahora un partido que nació desde cero y en torno a la figura de su líder. Deberá también prepararse a resignar lugares y correrse a un segundo plano en aquellos distritos donde el radicalismo ya tiene candidatos competitivos.

Otro desafío será rediseñar su discurso para conservar su imagen jovial de “nueva política” pese haber sellado una alianza con uno de los dos partidos históricos de la Argentina, ante los cuales se mostraba como la contracara. Y frente a las PASO, tendrá que diferenciarse de Sanz, aunque procurando mantener espacios de confluencia para recibir en octubre los votos que vayan para el radical en agosto, en el caso de que Macri sea el vencedor de las primarias.

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